¿ Será Amor?

CAPÍTULO 18: EL BAILE

Nunca había sido una chica que soñara con los bailes de final de curso.

Mientras otras chicas imaginaban vestidos preciosos, peinados perfectos y una noche inolvidable junto a la persona que les gustaba, yo solía pensar en todas las maneras posibles de evitar aquel tipo de eventos.

No me gustaban las multitudes, las miradas ni aquella sensación de tener que demostrar que eras alguien para merecer estar allí.

Pero aquella vez era diferente.

Aquella vez, Elliot estaría conmigo.

Era viernes por la tarde y yo estaba sentada en mi cama, rodeada de ropa, mirando mi armario como si en su interior se escondiera la respuesta a todos los problemas del mundo.

—Esto es ridículo —murmuré, dejando caer un vestido sobre la cama.

Mi móvil vibró.

Elliot: ¿Estás preparada para esta noche?

Yo: No.

Elliot: ¿No vas a venir?

Yo: No he dicho eso.

Elliot: Entonces todavía tengo esperanza.

No pude evitar sonreír.

Yo: ¿Y si hago el ridículo?

Elliot: Entonces lo haré contigo.

Me quedé mirando la pantalla con una sonrisa tonta. ¿Cómo conseguía que hasta mis preocupaciones más absurdas parecieran menos importantes?

Llamaron a mi puerta.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? —preguntó Maya, entrando sin esperar mi respuesta.

Miró la ropa encima por mi cama y después me miró a mí.

—Por favor, dime que no llevas una hora intentando decidir qué ponerte.

—Llevo una hora intentando decidir si quiero ir.

Maya puso los ojos en blanco.

—Ayla, es el baile de final de curso. Vas a ir, vas a ponerte guapísima y vas a pasártelo bien. Y si alguien te mira mal, que mire. No vamos a vivir escondiéndonos toda la vida.

Bajé la mirada.

—No quiero que sea una noche incómoda.

Su expresión cambió. Se sentó a mi lado y me apartó un mechón de pelo de la cara.

—Lo sé. Pero tampoco quiero que sigas renunciando a las cosas bonitas por miedo a que algo salga mal.

Aquellas palabras se quedaron conmigo.

Quizá tenía razón. Quizá había pasado demasiado tiempo imaginando todo lo que podía salir mal, olvidándome de que también existía la posibilidad de que las cosas salieran bien.

Respiré hondo y volví a mirar mi armario.

—De acuerdo. Voy a ir.

Maya dio una palmada.

—¡Esa es mi chica!

Después de mucho buscar, escogí un vestido negro que se ajustaba suavemente a mi figura y dejaba mis hombros al descubierto. No era exagerado ni demasiado llamativo. Era elegante, sencillo y, sobre todo, me hacía sentir cómoda conmigo misma.

Maya me ayudó con el pelo y el maquillaje. Mientras me miraba en el espejo, apenas reconocía a la chica que tenía delante.

No porque pareciera otra persona, sino porque había algo diferente en mis ojos.

Ya no veía solamente inseguridad.

También veía ilusión.

—Estás preciosa —dijo Maya detrás de mí.

—Gracias.

—Y no me vengas con que no es verdad, porque esta noche no pienso discutir contigo por eso.

Me reí y la abracé.

Cuando llegó la hora de salir, recibí un mensaje de Elliot.

Elliot: Estoy abajo.

Sentí un cosquilleo en el estómago.

Bajé las escaleras despacio, intentando controlar los nervios. Cuando abrí la puerta, allí estaba él, vestido con unos pantalones oscuros, una camisa blanca y una chaqueta negra. Tenía el pelo ligeramente despeinado, como si se hubiera pasado la mano por él demasiadas veces.

Al verme, se quedó en silencio.

Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.

—¿Qué pasa? —pregunté, sintiéndome de repente demasiado consciente de mi vestido.

Elliot parpadeó y sonrió.

—Nada. Es que estaba intentando encontrar algo bonito que decirte y se me ha olvidado todo.

Noté cómo me ardían las mejillas.

—Eres un exagerado.

—Puede ser. Pero estás preciosa, Ayla.

Me ofreció la mano.

La acepté.

Y mientras caminábamos hacia el coche, comprendí algo que jamás habría imaginado unos meses atrás: aquella noche no me preocupaba ser la chica más bonita del lugar, ni llamar la atención, ni conseguir que alguien se fijara en mí.

Solo quería disfrutar de aquella noche.

Y hacerlo con él.

El salón estaba decorado con pequeñas luces doradas, flores blancas y guirnaldas que caían desde el techo. La música sonaba por todas partes y las conversaciones se mezclaban con las risas de los estudiantes.

Al entrar, sentí que mi cuerpo se tensaba.

Había demasiada gente.

Demasiadas miradas.

Demasiadas posibilidades de que algo saliera mal.

Elliot debió de notarlo porque apretó suavemente mi mano.

—¿Estás bien?

Asentí, aunque no estaba del todo convencida.

—Solo necesito acostumbrarme.

—No tenemos prisa.

Me gustaba que nunca intentara obligarme a sentir algo que todavía no sentía. No me pedía que dejara de tener miedo de repente. Simplemente se quedaba conmigo mientras aprendía a enfrentarlo.

Maya apareció poco después, radiante, y me abrazó con entusiasmo. James vinó con ella.Pasamos un rato hablando, riendo y saludando a algunos compañeros. Poco a poco, mis nervios fueron desapareciendo.

Hasta que vi a Chloe.

Estaba al otro lado del salón, acompañada por varias personas y las topmodels. Llevaba un vestido elegante y el cabello perfectamente arreglado. Durante un instante, volví a sentir aquella punzada familiar en el pecho.

Recordé las veces que me había hecho sentir pequeña, las palabras que había pronunciado y todas las ocasiones en las que yo había deseado ser diferente para encajar.

Chloe levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron.

No sonrió.

Yo tampoco.

Pero esta vez no aparté la mirada.

No necesitaba demostrarle nada. Tampoco necesitaba que se arrepintiera para poder disfrutar de mi noche.

Simplemente seguí caminando.

Elliot me miró de reojo.

—¿Todo bien?




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