¿ Será Amor?

CAPÍTULO 19: MOMENTOS BONITOS

La noche avanzó entre canciones, fotografías y conversaciones que parecían no terminar nunca.

Maya y yo nos hicimos tantas fotos que acabamos riéndonos de nuestras propias caras. En algunas salíamos perfectamente; en otras, una de las dos tenía los ojos cerrados o estaba haciendo alguna cara absurda.

—Esta no la puedes borrar —protestó Maya, quitándome el móvil de las manos.

—¡Salgo fatal!

—Precisamente por eso. Es arte.

Me eché a reír mientras intentaba recuperar el teléfono.

Elliot se acercó en ese momento y nos miró con curiosidad.

—¿Qué está pasando aquí?

—Tu novia está intentando censurar una obra maestra —respondió Maya.

La miré con indignación.

—¡Maya!

Elliot sonrió y pasó un brazo alrededor de mi cintura.

—Déjala, Maya. Yo guardaré todas las fotos en las que salga conmigo.

—¿Incluso las malas? —pregunté.

—Especialmente las malas.

Le di un pequeño golpe en el pecho, fingiendo enfadarme, y él soltó una carcajada.

Me gustaba aquello.

Me gustaba poder reírme sin pensar en cómo me veía, bromear sin preguntarme si resultaba ridícula y disfrutar de la compañía de alguien sin sentir que tenía que ganarme su cariño a cada instante.

No era una felicidad perfecta.

Seguía teniendo inseguridades. Seguía habiendo días en los que mi cabeza me recordaba antiguas heridas. Pero estaba aprendiendo que una mala experiencia no tenía por qué decidir cómo viviría las siguientes.

Y aquella noche quería recordármelo.

Poco después, salí al exterior para tomar un poco de aire.

El ruido de la música quedó allí al cerrarse la puerta. La noche era fresca y una suave brisa me acarició la cara. Me apoyé en la barandilla y observé las luces que iluminaban el lugar.

Escuché unos pasos detrás de mí.

No necesité girarme para saber quién era.

—¿Te has escapado de mí? —preguntó Elliot.

Sonreí.

—Solo necesitaba respirar.

Se colocó a mi lado.

—¿Quieres que vuelva a dentro?

Lo miré, sorprendida.

—¿Por qué ibas a volver a dentro?

—Porque quizá necesitas estar sola.

Me quedé observándolo unos segundos.

Había conocido a personas que interpretaban el silencio como una ofensa, que necesitaban que estuviera alegre para sentirse cómodas y que no entendían que, a veces, yo simplemente necesitaba un momento para ordenar mis pensamientos.

Elliot no parecía tener ningún problema con ello.

—Puedes quedarte —le dije—. No me molesta que estés aquí.

Él sonrió y apoyó los brazos en la barandilla.

Permanecimos en silencio durante un rato.

—¿En qué piensas? —preguntó finalmente.

Bajé la mirada hacia mis manos.

—En lo diferente que es todo.

—¿El qué?

—Yo. Mi vida. Lo que siento.

Tomé aire antes de continuar.

—Hace un tiempo, una noche como esta me habría dado miedo. Habría pensado que todo el mundo estaba pendiente de mí, que no era lo bastante guapa, que no sabía comportarme o que alguien acabaría encontrando algo de mí que no le gustara.

Elliot me escuchaba con atención.

—Y ahora sigo teniendo miedo de algunas de esas cosas —admití—, pero ya no quiero dejar de hacer lo que me apetece por culpa de ellas.

Él se volvió hacia mí.

—Eso me parece precioso.

—¿El qué?

—Que estés aprendiendo a ser feliz.

Sentí que aquellas palabras me llegaban a un lugar muy profundo.

Durante mucho tiempo había esperado que alguien apareciera y me demostrara que merecía la pena. Que alguien señalara todas las cosas buenas que yo no conseguía ver en mí misma y me convenciera de que no tenía nada malo.

Pero quizá no se trataba de eso.

Quizá el verdadero cambio consistía en aprender a mirarme con un poco más de cariño, incluso cuando nadie estuviera allí para recordármelo.

—Gracias —susurré.

—¿Por qué?

—Por no hacerme sentir que tengo que ser diferente.

Me acarició suavemente la mejilla.

—No quiero a una Ayla diferente. Quiero a la que tengo delante.

Mis ojos comenzaron a humedecerse.

—No sabes cuánto necesitaba escuchar eso.

—Entonces espero que algún día dejes de necesitar que te lo diga para creértelo tú misma.

Una lágrima se deslizó por mi mejilla. Él la secó con el pulgar y yo apoyé la frente contra la suya.

No necesitaba promesas imposibles.

No necesitaba que me asegurara que jamás discutiríamos, que nunca cometería errores o que todo sería perfecto entre nosotros.

Solo necesitaba saber que podíamos hablar, escucharnos y aprender juntos.

Y aquella noche sentí que estábamos construyendo algo así.

Algo real.

Elliot acercó sus labios a los míos y me besó con dulzura. Fue un beso tranquilo, sin prisas, de esos que no necesitan demostrar nada porque ya lo dicen todo.

Cuando nos separamos, sonreí.

—Creo que deberíamos volver a dentro.

—¿Tan pronto?

—Maya seguramente estará buscándonos.

—Puedo vivir con eso.

Me reí y entrelacé mis dedos con los suyos.

Antes de entrar, me detuve y lo miré una vez más.

—Elliot.

—¿Sí?

—Quiero recordar esta noche.

Él sonrió.

—Entonces la recordaremos.

Cuando regresamos al salón, anunciaron que quedaba una última canción antes de terminar el baile.

Maya me encontró enseguida y me abrazó con fuerza.

—¿Te lo has pasado bien?

La miré y sonreí de verdad.

—Muchísimo.

Sus ojos se iluminaron.

—¡Lo sabía!

—No te pongas insoportable.

—Demasiado tarde.

Nos reímos y nos abrazamos una vez más antes de que Maya regresara junto a James.

Elliot me esperaba en medio de la pista.

La última canción comenzó a sonar.

Me acerqué a él y apoyé las manos sobre sus hombros. Esta vez no me preocupé por mis pasos ni por las personas que bailaban a nuestro alrededor.

Solo lo miré.

—¿Sabes qué es lo mejor de esta noche? —le pregunté.




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