¿ Será Amor?

CAPÍTULO 20: AMOR

Habían pasado varios meses desde aquella noche.

A veces, cuando cerraba los ojos, todavía podía recordar las luces doradas del salón, la música, las risas de Maya y la manera en que Elliot me había mirado mientras bailábamos. Recordaba aquella noche como uno de esos pequeños momentos que parecen insignificantes mientras los vivimos, pero que, con el tiempo, descubrimos que guardaban algo mucho más importante.

Quizá porque aquella noche no solo había bailado con la persona que quería.

También había bailado con todos mis miedos sin dejar que ninguno de ellos me impidiera disfrutar.

La vida había seguido avanzando. Las clases de medicina continuaban siendo exigentes, los exámenes seguían quitándome horas de sueño y había días en los que el cansancio me hacía dudar de mí misma. No todo era perfecto. Todavía tenía momentos en los que me comparaba con otras personas, en los que una palabra podía hacerme daño más de lo que me habría gustado admitir o en los que mi cabeza parecía empeñada en recordarme cada uno de mis defectos.

Pero algo había cambiado.

Ya no me hablaba con tanta crueldad.

Había empezado a entender que cometer errores no me convertía en un fracaso, que sentir demasiado no me hacía débil y que no necesitaba gustarle a todo el mundo para tener derecho a ocupar mi lugar en el mundo.

Seguía siendo Ayla.

La chica que prefería una tarde tranquila con un libro antes que una habitación llena de desconocidos. La que encontraba paz escuchando música, paseando por la naturaleza o contemplando el cielo cuando el día empezaba a terminar. La que podía pasar horas pensando en una conversación y que, a veces, necesitaba silencio para comprender lo que sentía. Y ser la loca que le gustaba pasar las tardes montando a caballo.

Y, por primera vez, no quería cambiar ninguna de esas cosas para parecerme a alguien más.

Aquella mañana me desperté antes de que sonara la alarma.

Eran las seis y la luz del amanecer apenas comenzaba a entrar por las cortinas. Me quedé mirando el techo unos minutos, escuchando el silencio de la casa.

Después cogí el móvil.

Tenía un mensaje de Elliot.

«Buenos días, dormilona. Hoy te he reservado una sorpresa. Y no, no pienso decirte cuál es».

Sonreí.

Yo: No me gustan las sorpresas.

Elliot: Mentira. Te gustan las sorpresas cuando sabes que no tienes que hablar con demasiada gente.

Yo: Te odio.

Elliot: Sí, claro. A las cinco te recojo.

Dejé el móvil sobre la cama y me reí para mis adentros.

Había algo maravilloso en encontrar a alguien que aprendiera a conocerte de verdad. Alguien que supiera cuándo necesitabas hablar y cuándo preferías guardar silencio; que recordara tus pequeñas manías, tus gustos y esas cosas que tú misma considerabas insignificantes.

Elliot no había aparecido para arreglar mi vida.

Había aparecido para compartirla conmigo.

Y esa diferencia lo cambiaba todo.

A las cinco en punto, Elliot estaba esperándome.

—¿Vas a decirme a dónde vamos? —pregunté al entrar en el coche.

—No.

—¿Y si no me gusta?

—Entonces volveremos a casa y me pasaré el resto de la tarde escuchándote quejarte.

—Qué romántico.

—Me esfuerzo mucho.

Le di un pequeño golpe en el brazo y él se rio antes de arrancar.

Conducimos durante un buen rato, alejándonos poco a poco del ruido de la ciudad. Cuando reconocí la carretera, lo miré a él.

—No puede ser.

Su sonrisa lo confirmó.

Estábamos yendo hacia la costa.

Al lugar donde habíamos tenido nuestra primera cita.

Cuando aparcó, el cielo comenzaba a cogger tonos anaranjados y rosados. El viento movía suavemente mi pelo y el sonido de las olas llegaba hasta nosotros.

Elliot abrió el maletero y sacó una pequeña manta.

—He pensado que podríamos ver el atardecer.

Lo miré, sorprendida.

—¿Todo esto era la sorpresa?

—¿Esperabas que te comprara un caballo?

—No sé. Algo más espectacular.

Se llevó una mano al pecho.

—Estoy decepcionado. Yo que pensaba que el mar y mi maravillosa compañía eran suficientes.

Me reí y lo abracé.

—Son suficientes.

Nos sentamos sobre la manta, cerca de la playa, mientras el sol descendía lentamente hacia el horizonte. Durante unos minutos no dijimos nada.

No lo necesitábamos.

A veces, el silencio con otras personas me había hecho sentir incómoda, como si tuviera la obligación de llenar cada segundo con palabras para demostrar que merecía su compañía.

Con Elliot había aprendido que el silencio también podía ser una forma de estar juntos.

Apoyé la cabeza en su hombro.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Lo que quieras.

—¿Crees que las personas cambian de verdad?

Tardó unos segundos en responder.

—Creo que pueden cambiar. Pero no porque alguien les diga cómo tienen que ser. Cambian cuando empiezan a comprenderse, cuando reconocen lo que les hace daño y cuando deciden hacer las cosas de otra manera.

Me quedé pensando.

—¿Y si vuelven a equivocarse?

—Se equivocarán. Todos lo hacemos.

—Entonces, ¿cómo sabes si estás avanzando?

Elliot me cogió de la mano.

—Quizá no se trata de no volver a caer, Ayla. Quizá se trata de aprender a levantarte sin hacerte tanto daño a ti misma.

Sentí que algo se removía dentro de mí.

Durante mucho tiempo había creído que mejorar significaba dejar de tener inseguridades, dejar de llorar por cosas que otros consideraban pequeñas y conseguir que nada pudiera afectarme.

Había confundido la fortaleza con la ausencia de dolor.

Pero estaba empezando a comprender que una persona podía ser fuerte y seguir teniendo miedo. Podía ser valiente y llorar. Podía estar aprendiendo a quererse y, aun así, tener días en los que le costara reconocerse en el espejo.




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