Shadow

PINKU

El día que nació Shadow, el mundo se tiñó de rosa; todo a su alrededor era de ese color: las cortinas, la cama, los juguetes, incluso la pared; fue el primer color que vio. Solo su corazón era negro. Fue criada por su madre, quien era la definición femenina de la palabra. El deseo de su madre era darle la cultura de mujer en su máxima expresión; la delicadeza era una virtud. Desde el primer día, nunca la dejó sola; su manera de enseñarle a dar sus primeros pasos era con delicadeza. Conforme iba creciendo, era tal el cuidado que ninguna cicatriz tuvo y ningún recuerdo en su cuerpo guardaba. El dinero bien invertido da frutos y una crianza con delicadeza trae recompensas. Shadow aprendía con amor y pagaba con amor; el cariño a su madre se podía ver desde pequeña, antes de tener uso de conciencia. Hasta en ese momento, nunca hizo algo que su madre tuviera que corregir. El padre era el que sostenía la casa con el esfuerzo de su trabajo, y la madre daba el contrapeso en los sentimientos. A menudo salían al parque; iba creciendo y, como si fuera un robot, no tenía memoria de malos momentos. Pero, así como ella crecía, su corazón negro lo hacía al mismo tiempo. En su vida no había simbolismo, no había nada que descifrar: era literal, era una familia perfecta. Cada día era un escalón de un edificio al que algún día juntas iban a llegar hasta lo más alto de la torre de cien pisos, donde ya no hay más escalones para subir y solo queda una altura que bajar.Shadow aprendía a gatear, a caminar, a comer; su madre le compraba unos lindos vestidos y la peinaba. Shadow, desde pequeña, se mantenía sin movimiento cuando su madre le empezaba a tocar el pelo; su madre alimentaba el rosa y el rosa alimentaba la oscuridad.Se mantenía quieta, sin hacer ruido, mirando a su alrededor; lloraba solo cuando tenía hambre. Por dentro empezó la sangre: se contaminaba al pasar por el corazón; por fuera, una niña de porcelana. Su madre le contaba cuentos acostadas; su padre le contaba sus sueños de viajar y conocer el mar.Su madre le ponía la tele mientras cocinaba y Shadow se quedaba solo mirando anime —eso salió en la tele mientras la madre estaba distraída—.En la pantalla, el programa infantil habitual cambió por una animación japonesa. El monitor se llenó de trazos estilizados y escenarios urbanos teñidos por un atardecer de tonos magenta, violeta y rosa brillante. Una melodía pop en japonés, ligera y rítmica, salía de las bocinas del televisor. Shadow permanecía sentada en el suelo, fija y en silencio, atrapada por la estética de esos colores tan definidos que contrastaban con su mirada oscura.Desde la cocina, la madre se asomó limpiándose las manos con un trapo. Al ver la pantalla, lejos de molestarse por el descuido, se quedó observando los encuadres estéticos y la predominancia de los tonos rosados en el dibujo. Al notar la fijación de la niña con esa animación de Japón, la madre sonrió, encontrando el apodo ideal para combinar la dulzura que deseaba para ella con lo que veían en el televisor.Cuando lo notó, su madre le puso Pinku.A los once años, Shadow parecía una muñeca de porcelana. Su madre había logrado la meta: cero imperfecciones y todo en tonos rosa pastel. Su color favorito era el rosa y con él miraba el mundo. Vivía en un edificio de cien pisos que se elevaba hacia la cúspide.Al entrar a sexto de primaria, el contraste fue seco. Nunca sufrió burlas; era la alumna ejemplar, respetada e impecable, elegida como abanderada por obtener las mejores calificaciones.Ahí conoció a un chico darketo y a su amiga. Para Pinku, verlos despertó curiosidad. Aunque sus ojos preferían el rosa, había un color negro constante que la jalaba, una fuerza invisible que la atraía a observar. Su corazón negro, criado bajo el pastel, reconoció una sintonía extraña en ellos. La perfección comenzó a ceder ante la curiosidad por la oscuridad.Al llegar a casa ese día, abrió el clóset buscando algo negro, pero no había nada. Solo estaban las prendas impecables que su madre le elegía: combinaciones estrictas de rosa con blanco y rosa con gris.Días después, al salir con su madre a comprar la comida de la semana, pasaron junto a una tienda de ropa. Mientras su madre elegía prendas para ella, Shadow recorrió los pasillos hasta detenerse ante una playera completamente negra.Se quedó mirándola e imaginó por un instante cómo se vería puesta, sintiendo el peso de esa sombra sobre la piel. Sintió la tentación de estirar los dedos y tocar la textura del algodón, dudando si dar ese paso o mantener la distancia. Permaneció inmóvil durante dos minutos enteros, hasta que la mano de su mamá en el hombro rompió el momento. No dijo nada y la playera se quedó en el perchero; ese día no la compró.Sin embargo, día tras día, la curiosidad crecía. Se la pasaba pensando en cómo obtener algo negro y la urgencia comenzó a empujarla a acercarse al grupo de los darketos.Al principio, Lotus la miraba con recelo: le caía bien como persona, pero no la quería en su grupo por el contraste tan radical que representaba. Aun así, a Shadow le daba curiosidad saber cómo era la vida del otro lado de los colores, y a la propia Lotus también le intrigaba esa abanderada que se acercaba a su mundo.Pesó tanto la curiosidad que Lotus quiso saber cómo era la vida «color de rosa» de la que siempre escuchaba hablar. Tramó entonces la forma de entrar al mundo de Pinku: la invitaría a su casa para conseguir que Pinku hiciera lo mismo después.Al salir de la secundaria, se lo propuso. Pinku le mandó un mensaje a su madre para avisarle y, con una mezcla de emoción y cautela, las dos caminaron hacia la casa de Lotus, ubicada en una zona de clase media bastante tranquila.Durante el trayecto bajo el sol de la tarde, las calles tranquilas y las casas iluminadas contrastaban con las ideas que Pinku llevaba en la mente. Imaginaba un lugar sombrío y un cuarto desolado, pero la realidad fue otra: al llegar, descubrió una casa común. La habitación de Lotus tenía paredes blancas, como las de cualquiera.El golpe de realidad llegó en seco: en esa casa, la única que vestía de negro era Lotus.Al entrar al cuarto, Lotus se quitó el uniforme para ponerse ropa cómoda y dejó la puerta del armario abierta. Pinku miró el interior y el impacto fue inmediato: mientras su propio clóset era un orden estricto de rosa, blanco y gris, el de Lotus era un bloque uniforme de ropa oscura. Los ojos de Pinku miraban a Lotus, pero su atención estaba fija en las prendas, sintiendo una extraña familiaridad con esa oscuridad que había imaginado desde su mundo pastel.Recordó la playera negra de la tienda y, sin dudarlo, le dijo:—Préstame una playera negra. Nunca he tenido una y quiero verme al espejo a ver qué tal me queda ese color.Lotus accedió, extrañada, y se la entregó. Al ponérsela y mirarse al espejo, Pinku sintió que la tela oscura encajaba con lo que llevaba dentro. La prenda y lo que guardaba en su interior por fin se encontraban cara a cara.El reflejo ya no mostraba a la muñeca de porcelana impecable que su madre cuidaba con tanta devoción. La tela de algodón oscuro absorbía la luz del cuarto y le daba una silueta distinta, con contornos más definidos. Se quedó en silencio, observando cada detalle, sintiendo un leve cosquilleo en el pecho que no era miedo, sino una extraña sensación de libertad.Le gustó tanto cómo le quedaba y la sensación de pertenencia que Lotus terminó por regalársela, y Pinku se la llevó a casa.Al entrar, su madre la miró de pies a cabeza. Se detuvo un segundo en la puerta, se acercó a ella, tocó suavemente la tela de la playera para sentir la prenda y la llamó con calma:—¿Y ese nuevo look?Ella respondió con seguridad:—Es un regalo de una amiga del salón de clases.La madre observó la prenda oscura con atención antes de explicarle con tranquilidad que los colores no son malos, sino que a veces los significados que la gente les da son erróneos. A sus once años, su madre consideraba que ya había cumplido con la tarea de guiarla por el buen camino y le había entregado la vida en sus manos, sin intención de imponerle reglas rígidas sobre algo tan simple como una prenda.Así que, desde ese día, Pinku tuvo la libertad de escribir su propio capítulo.Poco después, llegó el turno de Lotus de visitar la casa de Pinku. Aquel día, al salir de clases, caminaron juntas conversando sobre el contraste entre sus mundos y la percepción de sus colores.Al llegar, la comida servida sobre la mesa las esperaba. Ya sentadas y disfrutando de los alimentos, Lotus sentía que vivía en una realidad alterada. Todo en ese espacio rozaba la perfección. La comunicación entre la madre y Pinku fluía de manera suave, con tonos de voz pausados, sonrisas medidas y un respeto absoluto que Lotus jamás había experimentado en su propio entorno. El resplandor del orden y la limpieza pulida se reflejaba en los cubiertos alineados, los vasos de cristal impecables y el mantel blanco sin una sola mancha.Mientras comía en silencio, la mirada de Lotus se desvió hacia la pared del comedor, donde colgaban varios cuadros de la familia. En las fotografías y óleos, Pinku y sus padres posaban con posturas firmes, ropas coordinadas y expresiones serenas, proyectando una unión inquebrantable. La conexión entre ellas se presentaba ante los ojos de Lotus como un sueño del cual no quería despertar, una calidez estructurada que evidenciaba las carencias de su propia vida.Pasaron luego al cuarto de Pinku; al cruzar la puerta, cambiaron de dimensión. Lotus sintió que entraba a un paraíso. Sus ojos brillaban y en su mirada había un deseo silencioso de quedarse allí. Pinku correspondió al gesto de la playera dándole una camisa rosa de su clóset. Emocionada, Lotus se la puso de inmediato, dándole un significado de profundo cariño por todo lo que había visto y experimentado ese día. Pinku la halagó al ver el cambio radical.Al salir de la habitación, la madre de Pinku vio a Lotus con la prenda pastel. Se detuvo, la observó con una sonrisa y le dijo que se veía hermosa. Acto seguido, le preguntó si le permitía peinarla exactamente como a Pinku. Lotus accedió en silencio. Mientras la madre ponía las manos en su pelo, desenredándolo y acomodándolo con extrema suavidad, la trataba con la misma ternura y cuidado que si fuera su propia hija. Lotus cerró los ojos, asimilando cada caricia; al terminar el peinado, simplemente no se quería ir de esa casa.Al fin, las dos citas estaban concluidas. Una se había encontrado de golpe con el amor y el calor familiar, mientras que la otra había tenido su primera cita con la oscuridad. Para Lotus, ese amor y calor se desvanecieron tan pronto como cruzó la puerta de salida hacia la calle, volviendo a su realidad; para Pinku, la oscuridad interna iba a seguir pintando el rosa desde adentro.Pinku guardó la playera negra con cuidado, teniéndole más aprecio que a cualquiera de las prendas rosas de su clóset. La transformación apenas comienza.​¡Gracias por leer este capítulo



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En el texto hay: misterio, drama, gotico psicologico

Editado: 24.10.2026

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