[Prólogo]
La noche terminó. El miedo no.
Un susurro persistía en las ruinas humeantes de la aldea. Casas de madera rajadas por fuego. Huellas de barro ensangrentado. Un silencio que no era paz: era supervivencia.
En el hueco debajo de una vieja prensa de grano, dos cuerpos humanos temblaban aún sin moverse.
La mujer envolvía al niño con su brazo izquierdo, mientras con la derecha sostenía un cuchillo de cocina sin filo. Sus ojos, rojos de mantenerlos abiertos toda la noche, apenas parpadeaban. El niño, de no más de diez años, respiraba tan lento que parecía dormido… pero en realidad seguía despierto.
Cuando el primer canto de un ave rompió el aire, la mujer no reaccionó. Esperó. Luego otro. Luego el tercero. Entonces soltó el cuchillo.
—Ya no están… —susurró.
El niño levantó la cabeza apenas.
—¿Estás segura?
Ella asintió, aunque su cuerpo temblaba aún, sin saber sí era del miedo o del cansancio.
—Si estuviéramos muertos… ya lo sabríamos.
Salieron.
El mundo afuera parecía otro. Había humo en lugar de nubes, y ceniza en lugar de polvo.
El aire olía a cuero quemado, comida saqueada… miedo seco. Las casas vecinas estaban abiertas como bocas rotas. Algunas sin techo. Algunas sin paredes.
El niño no lloró. Caminó despacio por lo que quedaba del sendero central. Vio un caballo muerto. Vio un anciano cubierto con una manta. Vio una lámpara aún encendida, colgando de una soga que no debía estar ahí.
Volvió a su madre.
—No quiero ser como ellos —dijo. Sin rabia. Sin heroísmo. Solo con verdad.
—Yo sé que nunca lo serás, hijo mío —respondió ella.
—No quiero ser alguien que haga daño. Ni tampoco quiero estar cerca de los que sí lo hacen. Aunque me prometan cosas, aunque me digan que no es para tanto… yo no quiero ser parte de eso.
La madre se arrodilló. Le sostuvo la cara con ambas manos. Sus ojos seguían rojos, pero ahora por otro motivo.
—Eso te hace fuerte, mi amor. No porque odies el mal… sino por no negociarlo, y eso está muy bien.
El chico parpadeó. Ella miró al cielo.
—Te voy a contar algo que no te va a gustar. Pero es importante que lo sepas.
Se sentaron contra un árbol caído. Ella lo abrazó fuerte. Su voz cambió: más baja, más pausada.
—Hay malos. Como los bandidos. Con hambre. Sin alma.. Pero hay otros… peores. Que no vienen por tu pan, ni por tu casa, ni por tu madre. Vienen por vos.
—¿Por mí?
—Por tu voluntad. Por tus decisiones. Por eso que dijiste recién. Eso es lo que ellos quieren romper.
El chico se aferró al brazo de su madre.
—Se llaman Overlords. Hay siete. Cada uno es un extremo de algo que todos llevamos dentro. La Envidia. La Gula. La Soberbia... —los nombró como quien recita un conjuro—. Son poderosos. Pueden darte todo. Pueden hacerte sentir especial. Pero todo lo que dan, es para obtener algo a cambio. Siempre.
—¿Y si los rechazo?
—Se ríen. Tal vez porque no les importe o tal vez porque saben que algún día vas a necesitar algo, tal vez ambos.
La madre bajó la voz, como si el aire pudiese delatarlas aunque ya no quedara nadie cerca.
—...Y cuando llegue ese día, van a hablarte como si te entendieran. Van a decirte justo lo que querés oír. Te van a ofrecer fuerza, justicia, venganza, consuelo, amor… O algo que parezca serlo. No importa qué elijas... siempre será un trueque. Pero ellos no te van a decir qué se llevan a cambio.
El niño no hablaba. Solo la escuchaba. De a poco, su miedo empezaba a endurecerse en otra cosa.
—¿Qué se llevan?
—Todo lo que queda de vos después.
La mujer lo abrazó con más fuerza.
—Por eso, si alguna vez alguien te ofrece algo demasiado perfecto… recordá esto. Lo bueno tarda. Lo fácil se paga. Y lo eterno nunca es gratis.
El chico asintió. No lloraba. Pero tenía los ojos llenos de algo que recién aprendía a nacer: determinación.
La madre cerró los ojos por un instante. El viento les traía polvo, pero también luz. El día nuevo no era mejor. Pero era nuevo.
Y en algún lugar, muy lejos de esa aldea en ruinas, el equilibrio del mundo se empezó a fracturar sin ruido.
Algo empezaba a cambiar, no la tierra, ni el cielo… Las reglas mismas.
[Cap 1: La Reunión de los 7]
- - -
En el centro de un castillo antiguo, una fortaleza de adoquín suspendida sobre el mar de niebla perpetua, los muros respiraban historia. Las antorchas no emitían fuego, sino un resplandor estático de tono violeta, alimentado por magia antigua. El salón principal tenía forma de hexágono irregular, con siete tronos equidistantes tallados en piedra negra. Solo ellos podían entrar. Y ninguno necesitaba permiso
La primera en materializarse fue Helestia. Una slime con figura de una mujer joven, bella, cuyos cabellos líquidos de oro goteaban serenidad. Su piel traslúcida brillaba suavemente, y su andar era silencioso, como si caminara en suspensión. Observó, estaba sola. Sin embargo, sabía que no lo estaría por mucho tiempo.
Y así fue. Una figura cristalina, una golem, emergió de un torbellino ígneo, como si la obsidiana hubiese aprendido a moverse: Ruby Rouge.
—Siempre llegás antes —dijo Ruby, ubicándose a la izquierda de Helestia, sin mirarla directamente.
—Y vos siempre te hacés la sorprendida —respondió Helestia
Ruby soltó una especie de risa breve, más como una vibración en el pecho que como sonido real.
—¿Sabés qué me asusta más que esta reunión? Que me conozcas tan bien.
—La costumbre. Y el tiempo.
Se quedaron en silencio. Pero no era incómodo entre ellas
—¿Creés que el motivo de esta reunión tiene sentido real esta vez? —preguntó Ruby, ajustando el tono como si ajustara una joya suelta..
—Concept no convoca sin motivo —respondió Helestia—. Y si el motivo no lo tiene ahora, lo tendrá pronto.
Editado: 30.06.2025