Shira: La joven guerrera

Capítulo Ⅳ

 

— ¿Y éste lugar que es? —dije mirando alrededor, todo era gris, húmedo, vacío, la neblina cubría el lugar, la tierra estaba enlodada y era negra.

La oscuridad no era algo que me gustaba, recordaba aquellas noches de vela cuando me ponía en frente de mi ventana anhelando que mi tío regresara diciéndome que todo fue una prueba, pasaba horas en la oscuridad.

Una última noche que estuve en vigilia, vi una sombra detrás de los árboles, como si de un humano de tratara. Al principio pensé que era mi tío, pero la silueta era más delgada, no tenía alas, miré como trató de acercarse a la casa, pero al llegar al patio algo lo detuvo, entonces cambió de forma, a una más extraña, que me llenó de miedo, parecía un espíritu maligno, gritó tan fuerte, de una forma estremecedora, me miró, sentí que su mirada se adentró en lo más profundo de mis miedos, mi cuerpo tembló al unísono de su grito, no podía hablar, entonces mi madre me encontró, cerró la ventana rápidamente, me envolvió en sus brazos, pude desahogar mi agobio, llorando.

Mi madre nunca me dijo qué era.

—Es parte de todo lo que recorrimos volando, era un pueblo, pero por la guerra fue destruido, como casi todo Girsus.—Dijo Jenay espantando mis pensamientos.

—Era bastante grande.—Le respondí.

—Sí, eran altos en comida y riquezas. Desconoces mucho de Girsus, ¿De qué mundo eres? —se puso de pie, dio varios pasos hacia adelante, resbalo con el lodo y cayó de frente al piso, no pude evitar burlarme.

—Mi madre no me dejaba salir mucho, apenas salía al pueblo, a veces. —Desde el incidente de la silueta, mi madre me sacó de la escuela y me enseñó lo que dijo que necesitaba, tenía unos ocho años.

Se dio vuelta, se sentó, me miró. Pude observar su ropa, la misma de hace varios días, llevaba una saya color gris, sus mangas llegaban a su antebrazo, la saya terminaba en sus muslos, pantalón de tela marrón, zapatos de cuero negro.

Pyrón y Yuni estaban recostados entre aquel lodo, yo estaba apoyada sobre una roca grande de la cual me resbalaba y volvía a colocarme en el mismo lugar, temblaba de frío.

— ¿Oye no crees que deberíamos entrar? Muero de frío —dije con mis brazos cruzados frotándolos sobre mi piel.

—Esperaremos que anochezca, los elfos dejan de ocultarse por la noche.

—Ya parece de noche en este lugar, ¿Crees que quiero quedarme aquí a morir de frío? —Con lentitud, Jenay saco la manta de piel de dragón que estaba en su bulto, la lanzó hacia mí, reaccionando la sostuve rápidamente.

—Abrígate con eso —volvió a sentarse en el suelo.

—De acuerdo.—Envolví la manta sobre mi cuerpo.—¿Cómo sigue tu herida?

—Sobreviviendo —Me acerqué a él y le pedí que levantara su saya. Sangraba. Cuando lo toqué gemidos salieron de sus labios.

—Tu herida, ya tienes infección y esto puede tornarse muy feo, si entramos al bosque, puedo conseguir algunas hojas medicin...

—No, debemos esperar a que los elfos salgan para poder hablar con ellos o pueden tornarse muy agresivos —me alejé unos pasos.

—¿Y tu brazo? La sangre ya sale por encima de tu camisa. ¿Cómo se supone que enfrentemos a Dirzan si sólo somos dos y uno de nosotros morirá por sí sólo? 

—Tranquila, estoy bien, creo que puedo resistir, además, pronto seremos más, te lo aseguro. Ahora, si me disculpas. Pyrón —llamó a su caballo con voz firme y se acercó con gran rapidez hacia él. Se alejaron entre la neblina y me quedé totalmente sola. Me abracé a mi yegua a esperar que volviera y el sueño se apoderó de mí.

Más tarde dejó de llover y ellos volvieron con madera, Jenay las colocó cuidadosamente en el suelo en forma circular, en un lugar menos húmedo que el resto, Pyrón exhaló fuego de su boca haciendo un rugido al mismo tiempo, el fuego llegó a la madera e hizo una fogata, Jenay echó más madera para hacer crecer el fuego.

—Sé que los elfos me matarán por esto, pero prefiero una muerte honorable que morir de frío —dijo sentado frente a la fogata, frotó las palmas de sus manos encima del fuego para calentarse, me acerqué a la fogata y me senté quedando frente a él.

—Creo que sabes demasiado de mí, háblame de ti. —Le miré fijamente y comencé a quitarme la trenza de mi cabello, quité delicadamente la cinta color negra que se encontraba en la punta y continué quitando la trenza, exprimiendo el cabello mientras lo hacía. Jenay tomó una rama y puso la punta sobre el fuego.

—Mi pueblo llamado La Perla Azul fue destruido junto con su gente y mi familia —miraba el fuego concentrado— fui el único que sobrevivió. Incendiaron todas las casas con las familias dentro de ellas, los hombres trataron de defenderse pero el ejército era demasiado fuerte, nuestros mismos dragones estaban siendo controlados por la vieja bruja Leah, destruyeron el pueblo en un solo instante, en un solo día, solo quedaron las cenizas y... Yo. —su tono era bajo y sensible, sus ojos se cristalizaron pero inhaló profundamente y evadió cualquier dolor— Mi madre me protegió con la piel de dragón, la sábana la había hecho mi abuela con sus propias manos de regalo para mi madre, y ella me protegió con eso, me dijo que no escuchara lo que decían y que no saliera hasta que no escuchara ruido alguno, solo tenía once años, escuchaba sus gemidos y gritos y sólo lloraba, mi padre me dijo que fuera fuerte, que él volvería, pero no lo hizo. Siempre me decía que hiciera el bien. —su voz se escuchaba más triste, agonizante, derramó varias lágrimas y las secó con la saya. Nos quedamos en completo silencio. —Después de usar los dragones para asesinarnos, ellos los mataron, cuando salí busqué rastros de vida, sabía que debía ser fuerte, caminé y escuché el grito de un dragón, creo que me llamaba, y al acercarme vi que entre sus alas tenía un pequeño potrillo, me confundí bastante pero al ella mirarme supe que quería que lo cuidara, lo cubrí con la manta de piel de dragón, luego ella se recostó lentamente. Sólo pude enterrarla, y a mi gente la cual no pude reconocer. Leah nos destruyó por no querer unirnos a ella.




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