I. ACOMODOS
De mi indiferencia surgió su oportunidad. Había segado sus intentos, pero su obcecada persistencia se empeñó en demostrar el ocaso de mis inconstantes contraataques.
Dejé que se escabullera por los agujeros. Desatento a tanto, y tan seguro de lo que veía, mirando siempre solo lo que quería presenciar. Fue poco a poco. Tanto que tarda todo en acontecer para que sea insatisfactorio y efímero; tanto que deseas algo, que cuando al fin lo tienes, haces todo para perderlo.
Tímida y apocada se fingía trémula; cuando ocurría que me sentía, se enjutaba. Vi sus avances y los soslayé. No creí que pudiera persistir tan frágil. Preferí sentarme y verla ser, así fuese lo contrario a mi querer. El desorden y el tiempo todo lo arruinan: si te haces de la vista gorda se queda y te escupe en silencio; si lo oprimes, el miedo engendra traición; si le ruegas, te pisotea y te abandona.
Cuando quise hacer algo, sentí en el fondo la tristeza de mi lucha nula. Era ya imposible. Cuando se supo libre fue tomando valor y concreción; liviana de toda intención negra, con brazos y dedos para aferrarse y alcanzar a manifestarse plenamente en su naturaleza. Sobre fierro yerto y hostil, contra mis ideas o los dogmas, agreste y loca, tendió su aliento y cubrió con vida las infidencias del mundo.
Hoy la hiedra se ha enredado a todo lo largo y ancho de la reja. La ha cubierto con sus fractales y sus flores, que alimentan a los nixtamaleros y a los colibríes que seguido me visitan cuando estoy sentado, observando sin hacer.
II. EL MERO PATRÓN
¡Qué fastidio! Tengo rato así y nomás no viene… ¡Y claro que se da cuenta! ¡Tengo sepa cuánto viéndola en lo suyo, ignorándome! Si mi mirada ya no le basta, tengo otros métodos.
Pero ya pujé, me incomodé, gruñí, bueno, ¡hasta suspiré! y nada. Ya no recuerdo ¡cuánto llevo aquí en el abandono! «Que no puede», «que está muy ocupada», «que soy el centro de todo, pero tiene pendientes». En fin, que pretextos no le faltan y a mí, ¡que me lleve la tristeza!
Me ve que hasta babeo. ¡Mira ya mis ojos suplicantes! Y ya siento, ¿eh?, cómo se me empiezan a mojar; ¡tan insensible!, y todavía canturrea la canción, ¡que es nuestra!, desde ese antes de siempre y mira, ¡ingrata!
¡No soporto más! Me vale la mesura, sus miradas angustiadas y si no me voy, es porque sabe que no puedo y a eso se atiene.
—¡Ven ya!, ¡ya!, ¡ya! ¡No aguanto más! ¡Te quiero aquí! Que no me importa qué haces, ¡que ya! Sí, estoy enojado, ¿cómo de que no? ¡Ya! ¿Qué demonios haces que no vienes? ¿Acaso no puedes ver tantas lágrimas, tanto estertor, tanto moco y baba, tantos suspiros y pucheros...? ¿No ves? ¿En verdad no, insensata?
—¡Ya, mi vida! Ya no llores. No, no, por favor no, mi chiquito, ¡ya llegué, mi cielo!... Sí, mi Rey, ¡ya sé que soy una ingrata! Ya lo sé, mi amor… Te abandono, mi Rey. Ya estoy aquí, ¡mi bebé musical! ¡Ay, sí, mi amor, ya sé! Tanto que sufres, ¿verdad? Ven, cosita divina, a mis brazos, ¡tu mami ya está aquí, mi bendición! Para darte de comer y arrullarte. ¡Te amo tanto, mi amor!, que me duele dejarte para hacer el quehacer, pero es que ya mero llega tu papi de trabajar, mi amor. Sí, así es. ¡Tan hermoso! Sí. ¡Él también tiene hambre, mi cielo!
III. ¿DÓNDE ANDARÁS?
—¡Despierta, Agustín!
—¿Qué pasó?
—Este canijo no llegó.
—¿Cómo qué no?
—Me acabo de asomar y no está.
—¿Y entonces?
—Se me salió en un descuido; ni cuenta me di en qué momento se largó.
—Pero ¿cómo a qué hora fue?
—Anochecía y estaba regando. Luego de la nada salió la arañota esa gigante que te encanta, suspendida en su tela invisible…
—¿Y no me digas que pegaste el grito en la calle?
—¡Pues luego! ¡Sí la vi aquí, mero enfrente de mis ojos! Entré despavorida al patio.
—¿A qué?
—¡Por el Raid!, bueno, ¿qué, eres idiota? En eso hizo corriente y se azotaron las puertas por el chiflón, hasta las de arriba. Estaba alterada y como que sí lo sentí pasar, pero se me cayó el teléfono de tantas cosas que traía y ya cuando me enderecé nomás alcancé a ver el vaivén de la reja.
—Pero si ya sabes cómo es, ¡chingada madre! Acuérdate cómo llegó el desgraciado la otra vez.
—Sí, todo revolcado, ¡para el arrastre!
—¡Asco y pena!, era lo único que provocaba. Ahora, ¿a dónde se habrá metido?
—Con la otra bola de vagos pendencieros que acostumbra a buscar cuando se larga. ¡O claro, con alguna suripanta!
—¡Ándale, mensa! ¿No se habrá ido con la coscolina cusca esa de la Petus? ¡Ya te lo hallarás!, donde este mequetrefe holgazán haga de las suyas.
—¡Ya ni digas! Sí, a esa nomás le dan tantita confianza y regresa preñada… Déjame le escribo a Leonor.
—Ay, Dios. También tú, ¡de veras!, con ¡tus putas fobias! Y ese cabrón escuincle.
—¿Qué?
—Que es bien confiado y tan inútil para defenderse. Tan apapachado. ¿No te acuerdas ya de la otra ocasión, que llegó todo vapuleado?, revolcado, pero de ¡la madriza que le dieron!, y no por la loca trepadora de ocasión.
—No. ¡Cállate, cállate! Que la boca se te haga chicharrón, ¡pues si es mi niño!
—Ah, no, pos sí, a huevo, ¡tú niño!, ¿y yo qué? ¿Soy de palo? ¿No siento? ¿No me duele desconocer el paradero de mi amado?
—Ya me contestó Leo. ¡Gracias a Dios! No, que la loca esa de la Petus está refundida y roncando.
—¡Menos mal! Pero donde a este atolondrado se le ocurra enredarse con alguna otra cabrona…
—¡Ya llegó!
—¿Por qué lo dices?
—¡Tan pendejo! No que te lo metes al alma, baboso, ¿y no lo escuchas?
—¡Cierto! ¡Bendito sea Dios! Ya lo oí. ¡Vamos!
—¿Muy bonito, verdad, cabrón hijo de la chingada?
—¡Órale, mal hijo! Pero en putiza, hasta el fondo, antes de que te tunda por ingrato.
—¡Y desconsiderado! Pinche vago huevón. Y no, ¡no, no, no! Sácate de aquí, ni te me arrimes todo mansito, con tus ojotes tiernos… ¡No me lamas la mano, Cando! No mereces ni el aire que respiras. Y no chilles, que más coraje me da. ¡Órale, al patio!
—En chinga, pinche Candonga, todavía te estoy hablando por la buena, canijo. ¡Hipócrita! Ahí todo mustio el ingrato con la cola entre las patas…
—¡Chancla!
—¡Uno…!
—¡Dos!... Órale, hijo de la chingada. ¡Como si me tuvieras muy contenta!
—¡No rasgues la puerta! Muy bueno para irte de vago a revolcarte sepa dónde…
—¡O sepa mi Señor con quién! Cochino… ¡Y no me llore! Y olvídate de las croquetas, Candonga. Estás castigado por vago y desconsiderado.
—Si bien te va, con mucho favor de Dios, tendrás croquetas hasta en la noche.