¡ Si, Mi General!

Capítulo 1: La niña de las seis maletas

El chófer detuvo el coche frente a las puertas del Campamento Militar Sierra Negra a las cinco y cuarenta de la mañana, cuando el cielo todavía no decidía si iba a ser noche o día.

Meriem Alcázar miró por la ventanilla sin quitarse las gafas de sol.

—Dime que nos hemos equivocado de lugar, Joaquín.

—Lamento decirle que no, señorita. Es aquí.

Frente a ella se levantaba una verja de hierro oxidado, una garita con un soldado de cara larga y, al fondo, una explanada de tierra apisonada sin una sola flor, una sola fuente ni un solo mármol. Todo era gris, marrón o verde militar. Hasta el aire parecía tener órdenes.

—Es feísimo —murmuró ella.

—Es un campamento, señorita.

—Pues podrían haberle puesto un poco de esfuerzo.

Joaquín, que llevaba veintidós años trabajando para la familia Alcázar y había visto a Meriem crecer entre niñeras, pianos y vacaciones en tres continentes, se bajó con la dignidad de un mayordomo inglés y abrió la puerta trasera. Luego fue al maletero. Sacó la primera maleta. Luego la segunda. Luego la tercera. Para cuando terminó, había seis maletas de cuero color crema alineadas sobre la tierra seca, con las iniciales M.A. bordadas en dorado.

El soldado de la garita las miró. Miró a Meriem. Volvió a mirar las maletas.

—¿Viene a visitar a alguien? —preguntó.

—Vengo a quedarme.

—¿Con todo eso?

—Con lo básico —respondió ella, y se bajó del coche con un vestido de lino blanco, sandalias de tacón bajo y un bolso que costaba más que el sueldo anual de aquel muchacho.

El soldado tragó saliva, se puso muy recto y levantó el teléfono de la garita.

—Mi sargento, tenemos una situación en la entrada.

Mientras esperaba, Meriem se quitó las gafas y por fin miró el lugar sin el filtro oscuro. No dijo nada, pero algo en su estómago se encogió. No era miedo exactamente. Era la sensación de estar parada en el borde de una piscina cuyo fondo no se ve.

Tres semanas antes, la mesa del comedor de la casa Alcázar tenía veinte metros de largo y solo cuatro personas sentadas en ella. Era un domingo, y los domingos la familia cenaba junta con la cubertería de plata y el servicio vestido de negro. Don Ernesto, su padre, leía el periódico financiero con el ceño fruncido. Doña Leonora, su madre, movía la sopa sin probarla. Su hermano Andrés enviaba mensajes bajo la mesa creyendo que nadie lo notaba.

Meriem había esperado al postre para hablar. Había ensayado la frase frente al espejo durante dos noches.

—Me voy a alistar en el ejército.

El tenedor de su madre cayó contra el plato con un chasquido que retumbó en todo el salón. Andrés levantó la cabeza tan rápido que casi se rompe el cuello. Don Ernesto bajó el periódico muy despacio.

—¿Perdón?

—Que me voy a la milicia, papá. Ya firmé los papeles. Entro el día quince.

—Meriem, no tiene gracia.

—No es una broma.

Hubo un silencio largo. Fuera, el viento movía las palmeras del jardín.

—Tú no sabes hacer ni una cama —dijo por fin su madre, con voz temblorosa—. Ni siquiera sabes cómo funciona la lavadora. El mes pasado te quejaste porque el hotel de Capri tenía las sábanas de seiscientos hilos y tú las preferías de ochocientos.

—Lo sé, mamá.

—Entonces, ¿por qué?

Esa era la pregunta. Había sido la pregunta durante tres semanas. La habían hecho sus padres, sus amigas, su tía Beatriz, el abogado de la familia y hasta el jardinero, que se atrevió a preguntárselo mientras podaba los rosales. Y Meriem siempre daba la misma respuesta, sonriendo con la misma curva perfecta en los labios.

—Porque quiero.

Nadie le creyó. Pero tampoco nadie pudo detenerla, porque Meriem tenía veinticuatro años, firma propia y la terquedad de una mula con título universitario.

Volvió al presente cuando una figura apareció caminando por la explanada. Era un hombre de uniforme verde oscuro, muy alto, con los hombros anchos y esa forma de andar de quien jamás ha dudado de dónde pisa. No corría, pero cubría el terreno a una velocidad que hacía parecer lentos a los demás. Detrás de él trotaba un sargento bajito y sudoroso que intentaba no quedarse atrás.

Meriem lo observó acercarse y sintió, con irritación, que se le enderezaba la espalda sola.

El hombre se detuvo a dos metros de ella. Tendría unos treinta y cinco años, el cabello oscuro cortado al ras, la mandíbula marcada por una sombra de barba que ninguna cuchilla parecía capaz de vencer y unos ojos grises, helados, que la recorrieron de arriba abajo con una lentitud calculada. Se detuvo en las sandalias. Luego en el bolso. Luego en las seis maletas. Luego otra vez en su cara.

—¿Usted es Alcázar?

—Meriem Alcázar, sí. Encantada.

Le tendió la mano con su mejor sonrisa de gala. Él no se la estrechó. Se limitó a mirarla como se mira un error administrativo.

—Soy el general Kaspian Rivas, comandante de este campamento. Y usted, señorita Alcázar, acaba de cometer cuatro infracciones antes de las seis de la mañana.

—¿Cuatro?

—Llegó tarde. La convocatoria era a las cinco y media. Llegó en vehículo privado, cosa que está prohibida. Trajo equipaje no autorizado. Y se presentó ante un oficial superior sin saludar.

Meriem parpadeó. Miró al sargento, que apartó la vista con los ojos muy abiertos. Miró de nuevo al general.

—Tiene usted un gran talento para contar —dijo.

El sargento hizo un ruidito ahogado que podría haber sido una tos o una risa reprimida. El general ni se inmutó.

—Sargento Peña.

—¡A sus órdenes, mi general!

—Dos vueltas a la explanada por escuchar lo que no debe.

—¡Sí, mi general!

El sargento salió corriendo sin una sola protesta. Meriem lo vio alejarse con una mezcla de lástima y fascinación.

—Esa es la primera lección —dijo Kaspian, volviendo a ella—. Aquí las bromas tienen precio.

—No era una broma. Era una observación.

—Otra infracción.




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