El sonido fue lo peor.
Meriem nunca había oído nada parecido en toda su vida. No era una alarma ni un despertador ni la melodía suave del teléfono que usaba en su habitación de la casa Alcázar. Era un silbato metálico, agudo, brutal, que le atravesó el cerebro como un clavo caliente y la hizo incorporarse tan de golpe que se golpeó la frente contra el somier de la litera de arriba.
—¡Ay! ¿Qué pasa? ¿Hay un incendio?
—Es la diana, novata —dijo una voz ronca desde la oscuridad—. Cuatro y media. Tienes cinco minutos para estar formada afuera.
—¿Cuatro y media de qué?
—De la mañana.
—Eso no existe —protestó Meriem, aferrándose a la manta—. Esa hora no existe. Es una invención de gente cruel.
Alguien soltó una carcajada. Las luces se encendieron de golpe y treinta mujeres empezaron a moverse como un enjambre ordenado, ponerse las botas, atarse el pelo, doblar las mantas con una precisión casi quirúrgica. Meriem las miraba desde su litera con los ojos hinchados, la cara marcada por la almohada y un dolor tan profundo en las piernas que sentía que alguien las había cambiado por las de una anciana.
Una chica de rostro moreno y trenza gruesa, que dormía en la litera de enfrente, se detuvo a su lado con las botas en la mano.
—Yo soy Dalia —dijo, con un acento de campo que se le escapaba en cada sílaba—. Si no te levantas ya, te van a castigar a ti y a todo el barracón. Aquí pagamos todas por lo que hace una.
—¿Y eso es legal?
—Aquí es costumbre.
Meriem miró aquellos ojos oscuros, tranquilos, sin burla. Se dio cuenta de que era la primera persona en cuarenta y ocho horas que le hablaba sin una pizca de desprecio.
—Gracias —murmuró.
—No me las des. Date prisa.
Cuatro minutos después, con la camisa mal abotonada, un zapato desatado y el pelo recogido en una coleta torcida que habría hecho llorar a su peluquero, Meriem salió trotando a la explanada, donde la formación ya estaba completa. El aire de la madrugada era helado. El cielo seguía oscuro, con una franja gris en el horizonte. Treinta mujeres y cuarenta hombres se alineaban en filas perfectas.
El general Kaspian estaba al frente, de pie, con el uniforme impecable y las manos a la espalda, como si llevara allí desde la víspera.
—Soldado Alcázar.
—Presente, mi general.
—Cuatro minutos y cuarenta segundos.
—Dentro del límite, mi general.
—Dentro del límite de la primera mañana. Mañana serán tres minutos. Pasado mañana, dos. —Hizo una pausa—. Tiene el zapato desatado.
Meriem bajó la vista. Era cierto. Se agachó a atarlo con una dignidad forzada mientras alguien en las filas contenía una risita.
—Silencio en las filas —dijo Kaspian sin alzar la voz, y el silencio cayó como una losa—. Hoy empezamos con la prueba base de resistencia. Cinco kilómetros de carrera, tres series de flexiones, tres de abdominales, y una barra de dominadas. Quien no complete el circuito en el tiempo estipulado, repite desde el principio. Los que sí lo completen, desayunan. Los que no, también repiten, pero sin desayuno.
Un murmullo de resignación recorrió las filas. Meriem sintió que las rodillas le temblaban.
—¿Preguntas? —dijo el general.
Hubo un silencio. Ella no pudo evitarlo.
—Una, mi general.
Los ojos grises se clavaron en ella.
—Dígame.
—¿Existe alguna versión del circuito que no incluya correr, flexionarse, abdominalizarse o colgarse?
Esta vez el silencio duró dos segundos completos antes de que estallara la risa contenida de toda la formación. Dalia se tapó la cara con ambas manos. Hasta el sargento Peña, firme al costado del general, tosió fuerte para disimular.
Kaspian no se rio. No movió un solo músculo de la cara.
—Esa pregunta le costará veinte flexiones adicionales, soldado Alcázar.
—Eso es matemáticamente absurdo, mi general.
—Cuarenta.
—Pero si usted mismo dijo...
—Sesenta.
—¡Entendido, mi general!
Hubo más risas. Kaspian giró sobre los talones y dio la orden de partida.
La carrera fue una tortura. Los primeros quinientos metros Meriem los corrió con ímpetu, convencida de que su paso era respetable. A los mil ya no le quedaba aire. A los dos mil sentía que una rata le estaba mordiendo los pulmones. A los tres mil había perdido la cuenta de cuántas veces había pensado en abandonar, en tirarse al suelo, en pedir que llamaran a Joaquín y a su coche. A los cuatro mil, un soldado alto de cabello rubio la adelantó, le lanzó una mirada de lástima y siguió de largo.
Kaspian corría a su lado.
No lo había oído acercarse. Simplemente estaba allí, a su derecha, trotando sin esfuerzo con la respiración perfectamente regular, mirando al frente.
—Si se detiene, repite —dijo, sin volver la cabeza.
—No... me estoy... deteniendo.
—Camina. Eso es detenerse con otro nombre.
—Corro... despacio.
—Eso no es correr. Es agonizar con dirección.
Ella quiso contestarle algo ingenioso, pero el aire no le alcanzó. Solo pudo mirarlo de reojo, con el sudor goteándole por la frente y las mejillas encendidas. El sol empezaba a asomar y le iluminaba de lado el perfil duro, la mandíbula, la cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda y que ella no había notado hasta ese momento.
—¿Por qué hace esto? —jadeó.
—¿Esto qué?
—Correr... a mi lado. Podría ir... adelante.
Kaspian tardó un momento en contestar.
—Porque quiero ver cuándo se rinde.
—No voy... a rendirme.
—Todos dicen eso.
—Yo no... soy todos.
Esta vez sí giró la cabeza. Solo un segundo, un instante cortísimo en el que la miró de lleno, y Meriem sintió que algo se movía en su pecho. No era el esfuerzo ni el cansancio. Era otra cosa, más peligrosa y mucho más tonta.
Él apartó la vista primero.
—Cien metros —dijo, con la voz más áspera que antes—. Pase la línea o le multiplico las flexiones.