Meriem no durmió ni cuatro horas. Cada vez que cerraba los ojos veía el bronce, el cristal polvoriento, la letra pequeña y seria del nombre que había leído mil veces en el reverso de una fotografía. Capitán Elías Navarro. Y detrás de él, en la penumbra de la sala, la mirada del general, tan quieta y tan oscura que todavía la sentía clavada en la nuca.
Cuando el silbato de las cuatro y media volvió a partirle el cráneo, se levantó sin quejarse. Dalia, que la miraba desde la litera de enfrente con las botas en la mano, enarcó una ceja.
—Qué rápido aprendes.
—No aprendí nada. Es que ya no siento las piernas y no tengo energía para sufrir en voz alta.
—Esa es la forma más sana de empezar.
Salieron a la formación en medio de un frío que cortaba la piel. Esta vez Meriem llegó en tres minutos y cinco segundos, con la camisa bien abotonada, las botas atadas y el pelo recogido en una coleta que, sin ser elegante, al menos no ofendía a nadie. El general Kaspian ya estaba al frente, tan impecable como siempre, con el mismo rostro cerrado de la víspera. Si le había afectado lo ocurrido en la Sala de Honor, no se notaba. Pasó la vista por la fila, se detuvo medio segundo en ella y siguió de largo sin decir una sola palabra.
Eso la inquietó más que cualquier castigo.
—Hoy tenemos pista de obstáculos —anunció él, con una voz tan neutra que parecía leer el parte del tiempo—. Cuatro kilómetros por terreno mixto. Muro de tres metros, red de cuerdas, trinchera de barro, túnel y cruce de viga. Se hará en parejas. Cada pareja tiene que terminar unida. Si uno cae, el otro espera. Si uno abandona, ambos repiten.
Un gemido colectivo recorrió las filas. Meriem sintió una gota de sudor frío en la espalda.
—Las parejas las asigno yo —continuó Kaspian, y sacó una hoja de papel doblada de su bolsillo. Empezó a leer nombres en voz alta, uno tras otro, con una indiferencia que a nadie engañaba. Todos sabían que cada emparejamiento estaba calculado.
—Peña con Ortiz. Dalia Quiroga con Méndez. Alcázar...
Hizo una pausa. Meriem contuvo el aliento.
—Alcázar con Brandt.
Un murmullo recorrió la formación. Meriem miró a su alrededor, buscando a quién se refería. Del extremo derecho de la fila avanzó un soldado altísimo, de espaldas anchas, cabello rubio y una sonrisa fácil que parecía fuera de lugar en aquel campamento sin alegría.
Era el mismo que la había adelantado el día anterior, el que le había lanzado esa mirada compasiva.
—Tomás Brandt —se presentó, cuadrándose con un saludo medio burlón—. Soldado primero, para servirle, aunque creo que usted va a servirme más a mí cuando me caiga en la trinchera.
—Meriem Alcázar —respondió ella—. Y no pienso caerme en la trinchera.
—Ya veremos.
Kaspian los observó con la mandíbula tensa.
—Brandt, tiene la lengua demasiado suelta para ser hora de formación.
—Sí, mi general.
—Si no se concentra, será el único responsable de que su compañera repita el circuito.
—Descuide, mi general. Por ella haría cualquier cosa.
La frase quedó flotando en el aire fresco, ligera y estúpida, y Meriem sintió una oleada de bochorno. Algunos soldados soltaron risitas. Kaspian, sin embargo, no se rio. Algo le cambió en el rostro, un endurecimiento pequeño y casi imperceptible alrededor de los ojos.
—Veinte flexiones, Brandt.
—¿Por qué, mi general?
—Por exceso de entusiasmo.
—Pero si solo...
—Treinta.
Tomás se tiró al suelo sin volver a abrir la boca, y Meriem tuvo que apretar los labios para no soltar la carcajada.
La pista de obstáculos fue un infierno de arena, madera y cuerdas. El muro de tres metros la derrotó en el primer intento. Se quedó colgando de la tabla superior con los brazos temblando, incapaz de impulsarse, hasta que Tomás, que ya estaba arriba, la agarró de la muñeca y tiró con tal fuerza que casi la lanzó al otro lado.
—¡Cuidado! —chilló ella al caer sobre la arena.
—Perdón, perdón. Es que eres liviana como un gato.
—Un gato con cuarenta flexiones menos que tú.
—Ay, cuánta razón.
Se echó a reír, y Meriem también. A su pesar, descubrió que era imposible no reírse con él. Tomás Brandt tenía esa clase de simpatía natural que hace sentir a cualquiera menos sola. Sin darse cuenta, en medio del cansancio y del polvo, se encontró conversando con él mientras trepaban la red de cuerdas, comparando quejas, riéndose de los gritos del sargento Peña y confesando cosas tontas, como que ella nunca había visto de cerca una ampolla hasta hacía dos días.
Desde el centro de la explanada, con los brazos cruzados, Kaspian los vigilaba sin mover un músculo.
—Los dos van demasiado cómodos —dijo, apenas audible, al sargento Peña, que se había detenido a su lado a recobrar el aliento.
—¿Perdón, mi general?
—Que van demasiado cómodos. Quiero que el tramo de la trinchera sea el doble de largo.
—Mi general, la trinchera ya está construida.
—Pues cávela más.
—¿Ahora?
—Ahora, sargento.
Peña salió corriendo hacia una pala sin atreverse a preguntar nada más.
Cuando Meriem y Tomás llegaron a la trinchera, la encontraron más larga de lo que habían visto la víspera. El barro era espeso, marrón, hediondo, con una capa de agua estancada encima. Tenían que atravesarla arrastrándose bajo un alambre de púas a medio metro del suelo.
—Esto es ilegal —dijo Meriem, mirando el lodazal con el rostro desencajado.
—Esto es el ejército.
—¿Hay alguna diferencia?
—A veces, no.
Se echaron al suelo uno al lado del otro y comenzaron a reptar. El barro se les metió por las mangas, por el cuello, por la nariz. Meriem sentía que se ahogaba en una sopa fría y nauseabunda. A los diez metros ya no se acordaba de su nombre. A los veinte le entró una lágrima de rabia por el ojo izquierdo. A los treinta, justo cuando creía que no podía más, escuchó a su lado la voz de Tomás.