¡ Si, Mi General!

Capítulo 4: Lo que se esconde bajo las botas

Meriem pasó el resto de la noche sentada en el borde de la litera, con la nota arrugada en el puño y los ojos clavados en la oscuridad.

No despertó a Dalia. No gritó, no lloró, no se lanzó a interrogar a nadie. Se limitó a recoger la ropa del suelo con movimientos lentos, a guardarla de nuevo en las maletas y a tumbarse boca arriba sin cerrar los ojos. Sabía que si abría la boca, aunque fuera para respirar fuerte, las lágrimas saldrían todas juntas, y no pensaba darle ese gusto a quien hubiera entrado en el barracón a husmear entre sus cosas.

La pregunta que le martilleaba la cabeza era una sola. ¿Quién?

Repasó mentalmente a las treinta mujeres que dormían a su alrededor. Dalia, con su trenza gruesa y su generosidad sospechosamente rápida. Una chica callada de la litera del fondo que nunca hablaba con nadie. La cabo Ferrer, que dormía junto a la puerta y tenía fama de no perderse un solo movimiento. Cualquiera de ellas podía haber sido. Cualquiera. Incluso alguien que ni siquiera durmiera allí.

Y luego estaba el otro pensamiento, el que no se atrevía a mirar de frente. El general la había retenido casi una hora en su oficina. Una hora entera en la que ella había estado lejos del barracón. Una hora en la que su cama quedó sola.

Pero la nota decía que no era la única que buscaba a Elías Navarro. Si Kaspian lo buscaba también, ¿por qué esconderse tras un papel anónimo? Él no era de los que se escondían. Era más bien de los que derribaban la puerta.

Cuando el silbato sonó a las cuatro y media, Meriem ya estaba vestida, con las botas atadas y la coleta tirante, formada en la explanada con dos minutos y diez segundos de adelanto.

El general pasó revista a la fila como cada mañana, con las manos a la espalda y la cara de piedra. Al llegar frente a ella, se detuvo.

—Soldado Alcázar.

—Presente, mi general.

—Dos minutos y diez de adelanto. Le dije tres.

—Sí, mi general.

—¿Se propone impresionarme?

—Me propongo no repetir, mi general.

Él la estudió con los ojos entrecerrados. Meriem sostuvo la mirada sin parpadear, con las ojeras marcadas como moretones y una sonrisa tan tensa que dolía. Por un instante creyó ver algo diferente en los ojos grises, una duda, una pregunta que él no se atrevía a formular en voz alta. Pero el momento pasó y Kaspian siguió de largo con un gesto seco.

—Hoy practicaremos orden cerrado y limpieza de armamento —anunció—. Después, guardias rotativas. Alcázar tomará la guardia nocturna junto al almacén de municiones.

Un silencio incómodo recorrió la formación. El sargento Peña abrió la boca para decir algo, la cerró y bajó la vista.

—Mi general —se atrevió a decir Dalia, dando un paso adelante—. La guardia del almacén es solo para soldados con más de tres meses de servicio.

—Lo sé.

—Entonces...

—Y también sé que la soldado Alcázar tiene fuerza de sobra para quejarse. Que use esa energía en algo útil.

—Con todo respeto, mi general, es peligroso. Nadie en su primera semana...

—Quiroga.

—¿Sí, mi general?

—Veinte flexiones por cuestionar una orden directa.

Dalia apretó los labios y se dejó caer al suelo sin protestar. Meriem sintió una punzada de culpa. No quería que nadie pagara por ella, pero tampoco podía decir nada sin empeorar las cosas.

La mañana fue una larga sucesión de órdenes absurdas. Marchar al compás de un tambor que no existía. Desmontar y montar un fusil con los ojos vendados mientras el sargento Peña cronometraba y suspiraba cada vez que ella se equivocaba. Pulir las botas de sus compañeras con un cepillo de dientes, porque según el general, una soldado que no podía mantener limpio su calzado no merecía caminar por su campamento. Lo hizo todo con la boca cerrada y los dientes apretados, y cada vez que alzaba la vista, encontraba al general mirándola desde algún punto lejano, sin disimular.

A mediodía, durante el rancho, Tomás Brandt se sentó a su lado con una bandeja que olía a estofado dudoso y una sonrisa de oreja a oreja.

—Mírate. Parece que te hubiera atropellado un camión.

—Gracias, Brandt. Eres un encanto.

—Es mi especialidad. Oye, ¿qué tal anoche con el jefe?

Meriem se tensó.

—¿Cómo sabes que me llamó?

—Todo el campamento lo sabe. El sargento Peña es una radio con patas.

—No fue nada.

—Claro. Por eso tienes esa carita de funeral.

—Solo quería regañarme por la Sala de Honor.

La cuchara de Tomás se detuvo a medio camino de su boca.

—¿Entraste en la Sala de Honor?

—Me perdí.

—Nadie se pierde hasta la Sala de Honor, Alcázar. Está en el extremo opuesto del campamento.

—Yo sí.

Tomás la miró con una expresión nueva, más seria, más atenta que sus bromas de la pista.

—Mira, voy a decirte esto como amigo. Si el general te pilló ahí, ándate con ojo. Es el único sitio de todo el campamento al que no deja que se acerque nadie. Ni siquiera yo he entrado.

—¿Por qué?

—Porque ahí están sus muertos.

La frase cayó sobre la mesa como una piedra. Meriem sintió que el apetito se le iba de golpe.

—¿Qué pasó en Cumbre Fría? —preguntó en voz baja.

Tomás tardó en contestar. Miró a un lado y a otro, comprobando que nadie los escuchaba.

—No lo sé con exactitud. Ocurrió hace seis años, mucho antes de que yo llegara. Una operación en las montañas del norte. Un grupo de ocho oficiales, entre ellos el capitán Navarro, quedó atrapado por una nevada. Solo volvieron tres. Rivas fue uno de ellos.

—¿Y los demás?

—Murieron. Dicen que el general nunca volvió a ser el mismo. Antes era un oficial brillante, ambicioso, de los que subían rápido. Después de Cumbre Fría pidió que lo destinaran aquí, al fin del mundo. Y lleva seis años sin moverse.

Meriem sintió una opresión extraña en el pecho. Sin querer, recordó el rostro del general en la penumbra de la sala, apoyado contra el cristal frío con una tristeza tan honda que no parecía suya.




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