¡ Si, Mi General!

Capítulo 5: Inspección sorpresa y papas contadas

Meriem no regresó al barracón. Regresó, mejor dicho, a una versión torpe y acelerada de sí misma que atravesó el campamento en medio de la noche con un fusil mal colgado, dos guantes de cuero gigantes apretados contra el pecho y la cabeza llena de preguntas que no tenía ninguna intención de hacerse en voz alta.

Entró de puntillas. El barracón dormía con ese ronroneo colectivo de treinta cuerpos agotados. Se subió a la litera sin quitarse las botas, se tapó hasta la barbilla y se quedó mirando el techo de metal, donde la luz de la farola dibujaba una raya amarilla que temblaba cada vez que el viento golpeaba la ventana.

Coronel Ibarra. El nombre le sonaba a nada. Ni a una cena de gala, ni a una fiesta de su padre, ni a un brindis de Año Nuevo. Nada. Y sin embargo ese hombre la había mirado desde la entrada del campamento como quien reconoce una cara en una fotografía vieja.

—¿Estás despierta? —susurró Dalia desde abajo.

—No.

—Mentirosa. ¿Qué pasó en la guardia?

—Nada.

—Meriem. Un coche oficial entró a las tres de la madrugada. Todo el barracón lo oyó. Peña salió corriendo en calzoncillos.

—¿En calzoncillos?

—Con unos de patitos amarillos. Lo vi con estos ojos.

Meriem se tapó la boca con la manta para ahogar una carcajada que le salió medio histérica. Los nervios, la falta de sueño y la imagen del sargento Peña corriendo entre las sombras con patitos amarillos le arrancaron un temblor de risa que tardó un minuto entero en calmarse.

—No puedo contarte nada —dijo al fin, secándose los ojos.

—Lo sé.

—Pero gracias por preguntar.

—De nada. Pero si mañana te llevan esposada, quiero saber el motivo antes de que te vayas.

—Trato hecho.

El silbato las despertó a la hora de siempre, pero esa mañana nadie dijo una palabra. El campamento entero parecía vivir bajo una tensión eléctrica. Los soldados se vestían en silencio, doblaban las mantas con una precisión extra y se alisaban el uniforme como si fueran a posar para un retrato oficial.

—Es el coronel —murmuró la cabo Ferrer, mientras ayudaba a una novata a ajustarse el cinturón—. Cuando viene el coronel Ibarra, todo se vuelve una función de teatro.

—¿Viene a menudo? —preguntó Meriem con cuidado.

—Dos veces al año. Pero nunca sin avisar. Esto es raro.

—¿Y cómo es?

La cabo se lo pensó un momento.

—Elegante. Sonríe mucho. Y a mí me da escalofríos.

Meriem iba a preguntar más, pero un soldado asomó la cabeza por la puerta.

—¡Formación general en cinco minutos! ¡Uniforme de gala!

—¿De gala? —protestó una voz a su espalda—. ¡Pero si solo tenemos un uniforme!

—Pues lo planchan.

Hubo un caos breve y glorioso. Treinta mujeres corrieron de un lado a otro con planchas calentadas al fuego, camisas arrugadas y botones sueltos. Meriem, que no había planchado una prenda en toda su vida, agarró la plancha con las dos manos vendadas, la apoyó sobre la manga con un entusiasmo fatal y logró dejar una marca triangular, perfectamente marrón, justo en el codo.

—¡Ay, no! ¡Mi uniforme!

—Tranquila —dijo Dalia, que ya estaba a su lado con un trapo húmedo—. Dame eso. Dime, ¿tú no sabías que la plancha quema?

—Lo sabía. Lo que no sabía es que quemaba tan rápido.

—Eres un peligro público, Alcázar.

—Gracias.

A las seis menos diez, el campamento entero estaba formado en la explanada. Las cuatro filas se alineaban con tal perfección que parecían trazadas con regla. Un viento helado levantaba polvo y hacía ondear las banderas. Meriem, con la marca triangular en el codo disimulada bajo un parche improvisado, se colocó en la tercera fila junto a Dalia, rezando para pasar desapercibida.

No lo logró.

Kaspian apareció caminando desde su oficina, impecable como una estatua, con el uniforme de gala azul oscuro cubierto de medallas que ella nunca le había visto. Al pasar frente a su fila, sus ojos se detuvieron en ella una fracción de segundo y luego saltaron al sargento Peña, que esperaba firme a un costado.

—Sargento.

—¡A sus órdenes, mi general!

—La soldado Alcázar pasará a la última fila.

—¿La última?

—Detrás de Brandt.

—Pero, mi general, Brandt mide uno noventa y cinco. La soldado Alcázar quedaría completamente oculta.

—Exacto.

—Ah —dijo Peña, y parpadeó dos veces—. Ah. Entendido.

Meriem, que escuchaba todo con la boca abierta, se movió a la última fila con pasos mecánicos. Tomás Brandt la recibió con una ceja levantada.

—¿Qué hiciste esta vez?

—Quemé mi uniforme.

—Hay cosas peores.

—Dijo el hombre que nunca ha planchado.

—Plancho de maravilla. Solo que prefiero que me lo planchen.

—Eso no es planchar.

—Es una forma de arte superior.

Kaspian pasó cerca, y ambos se pusieron firmes como postes. El general se detuvo un instante, miró al soldado Brandt, miró la cabeza de Meriem asomando apenas por encima de su hombro, y soltó un suspiro casi inaudible.

—Brandt.

—¿Mi general?

—No se mueva.

—No lo haré.

—Ni siquiera para respirar.

—Eso va a ser difícil, mi general.

—Haga un esfuerzo.

Tomás infló el pecho, apretó los labios y se quedó tan inmóvil que parecía una estatua de cera. Meriem, tras él, soltó un resoplido silencioso.

El coche negro entró por la verja a las seis en punto. Se detuvo con elegancia frente a la explanada, y la puerta trasera se abrió con un chasquido suave. El coronel Ibarra descendió con una lentitud estudiada, alisándose las solapas de un uniforme de gala tan perfecto que parecía acabado de estrenar. Era un hombre de unos sesenta años, de cabello plateado peinado hacia atrás, ojos azules, sonrisa cálida y una compostura que no tenía ni una sola grieta. En la muñeca llevaba un reloj de oro que brillaba bajo la luz pálida de la mañana.

—Mi querido Rivas —dijo, extendiendo los brazos con una calidez que sonó ensayada—. Cuánto tiempo.




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