¡ Si, Mi General!

Capítulo 6: Arroz para todo el batallón

Meriem terminó de contar las papas cuando ya había oscurecido, y lo hizo con la solemnidad de quien acaba de completar una hazaña inútil.

Cuatro mil doce. Lo anotó en la libreta con letra temblorosa, subrayó el número dos veces y se dejó caer sobre el cajón volcado, con la espalda doblada, los dedos acalambrados dentro de los guantes de cuero que le quedaban dos tallas grandes y un olor a tierra húmeda metido hasta en el pelo. Durante las últimas dos horas había descubierto cosas sobre sí misma que prefería no haber sabido. Que era capaz de hablar sola durante cuarenta minutos seguidos sin repetirse. Que tenía opiniones firmes sobre la forma de las papas. Que una de ellas, grande, torcida y con una mancha negra en un costado, le recordaba de manera inquietante al coronel Ibarra, y que la había apartado del resto con una delicadeza casi ceremonial para poder odiarla en paz.

—Tú te quedas ahí, castigada —le había dicho a la papa, colocándola sobre un saco—. Y no quiero ver que sonríes.

La papa, por supuesto, no había sonreído. Pero Meriem había salido ganando de todos modos, porque mientras bromeaba en voz alta había logrado que la cabeza dejara de darle vueltas al sobre, a la sonrisa del coronel y a la expresión del general en el patio, esa expresión que ella no sabía nombrar y que se le había quedado clavada como una espina.

Reconocimiento. Eso había sido. Kaspian había reconocido aquel sobre. Y si lo había reconocido, entonces sabía lo que contenía, o al menos sabía de dónde venía. Y si lo sabía, había estado mintiéndole con cada silencio desde el primer día.

Se frotó la cara con las manos, y el olor a cuero viejo le llegó de golpe, mezclado con un rastro tenue de jabón y metal. El mismo olor que flotaba en el aire junto a él, cuando se acercaba demasiado. Apartó las manos de la cara con un gesto brusco, como si le hubieran quemado.

—No —se dijo en voz alta—. Ni lo pienses.

—¿Que no piense en qué?

Meriem pegó un brinco que hizo temblar la pila de sacos. En lo alto de la escalera, con una linterna en una mano y una bandeja cubierta con un paño en la otra, estaba el general Kaspian Rivas, mirándola con una ceja levemente levantada.

—Mi general. No lo oí bajar.

—Ya lo sé. Es un defecto suyo.

—Es un defecto suyo caminar como un fantasma.

—Un oficial no camina como un fantasma. Camina con sigilo táctico.

—Eso es lo que dicen los fantasmas.

Kaspian no contestó. Bajó los escalones con calma, dejó la linterna sobre un barril y colocó la bandeja en el cajón más cercano. Retiró el paño con un gesto casi cuidadoso, y apareció un plato hondo de sopa humeante, un trozo de pan y una manzana roja, perfectamente redonda.

—Coma.

—¿Perdón?

—Es una orden. No ha cenado.

—¿Cómo sabe que no he cenado?

—Porque el rancho cerró hace dos horas y usted no se presentó.

—Estaba contando papas.

—Lo sé. —Se cruzó de brazos—. ¿Cuántas?

Ella le tendió la libreta. El general la tomó, la inclinó hacia la luz de la linterna y leyó el número con una expresión impenetrable.

—Cuatro mil doce.

—Exacto.

—Interesante.

—¿Por qué interesante?

—Porque el sargento Peña las contó esta mañana. Y le salieron cuatro mil doce.

Meriem se quedó con la boca abierta. Miró la libreta. Miró a Kaspian. Miró las papas que la rodeaban, con una incredulidad lenta que fue transformándose en indignación.

—Entonces las papas ya estaban contadas.

—Así es.

—Me hizo pasar toda la tarde contando algo que ya sabía.

—Sí.

—Dos horas y media, general. Con estos guantes que me bailan en las manos. Hablándole a una papa podrida.

—No es una papa podrida. Es una papa con carácter.

—¡Es una papa fea!

—Tiene personalidad.

—¿Y para qué me mandó entonces?

El general dejó la libreta sobre el cajón con una lentitud deliberada. La luz de la linterna le recortaba el perfil, la sombra de la barba, la cicatriz de la ceja. Por un instante pareció a punto de decir algo, y luego se lo pensó mejor.

—Para que estuviera aquí abajo.

—¿Aquí abajo?

—Lejos de los ojos del coronel.

—Ah.

Se hizo un silencio extraño. Meriem se miró las manos enguantadas, incapaz de sostenerle la mirada. Había algo en la forma en que él lo había dicho, sin adornos, sin sarcasmo, con la naturalidad de quien comenta el parte del tiempo, que le provocaba una especie de vértigo en el estómago.

—Coma —repitió él, más bajo.

Ella tomó la cuchara. La sopa estaba caliente, espesa, con trozos de verdura y un sabor casero que no se parecía en nada al guiso gris de los días anteriores. Se la llevó a la boca y cerró los ojos sin querer.

—Esto está muy bueno.

—La hizo la doctora Ilse.

—Pensé que usted la había hecho.

—Yo no cocino.

—¿Nada?

—Hago café. Y es horrible.

Meriem soltó una risa suave, casi sin darse cuenta, y el general desvió la vista hacia las papas, con un gesto que podría haber sido incomodidad o podría haber sido el comienzo de una sonrisa que decidió no terminar.

Comió en silencio durante unos minutos. Él se sentó en un cajón frente a ella, con los codos sobre las rodillas, sin decir nada, como un centinela cansado. La bodega olía a tierra, a sopa y a algo más que ella no quiso identificar.

—Mi general —dijo al fin, con cuidado—. ¿Puedo preguntarle algo?

—Puede intentarlo.

—¿Qué había en ese sobre?

Kaspian no se movió. Ni un músculo, ni un parpadeo. Pero el aire de la bodega pareció enfriarse de golpe.

—¿Qué sobre?

—El que le mostró el coronel en el patio.

—Usted no estaba en el patio.

—Hay una ventana.

—Hay una ventana alta que da a un muro. Ver desde ahí requiere subirse a un barril.

—Puede que me haya subido a un barril.

—Puede.

—Puede que me haya torcido el tobillo al bajar.

—Lo noto en su forma de caminar.




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