Meriem durmió dos horas, y no fueron buenas.
Volvió al barracón a las dos de la madrugada, con el papel doblado dentro de la bota y el corazón tan acelerado que le pareció imposible que no despertara a medio dormitorio. Se metió en la litera sin desvestirse, se tapó hasta la nariz y se quedó mirando el techo de metal con los ojos muy abiertos, mientras dentro de su cabeza se desarrollaba una asamblea ruidosa y completamente inútil.
Una voz, la prudente, le decía que no fuera. Que alguien que deja notas anónimas en un tendedero a medianoche no puede tener buenas intenciones, y que lo sensato era enterrar el papel, olvidar el asunto y dedicarse a sobrevivir al arroz.
Otra voz, la terca, que era la que había firmado los papeles de ingreso tres días antes de contárselo a nadie, replicaba que justamente por eso tenía que ir. Que había recorrido medio país para encontrar a un muerto, y que no iba a detenerse ahora por un tanque de agua.
Y una tercera voz, pequeña y pérfida, que hablaba con el tono de su madre, le recordaba que las señoritas de bien no andan trepando torres de madrugada con calcetines rellenos de arroz.
—Cállense las tres —murmuró Meriem contra la manta.
—Yo no dije nada —susurró Dalia desde abajo, con voz de sueño.
—No hablaba contigo.
—Qué tranquilizador.
A las cuatro y diez se levantó. Se puso las botas a oscuras, se echó por encima la chaqueta del uniforme y salió del barracón de puntillas, esquivando el tercer escalón, que crujía, y la esquina de la litera de la cabo Ferrer, que dormía con un ojo medio abierto, o eso aseguraban todas. Afuera, el frío le mordió las mejillas. El cielo estaba negro y sin una sola estrella, el campamento dormía en un silencio denso, y solo se oía el viento arrastrando papeles por la explanada.
El tanque de agua se alzaba en el extremo norte del campamento, junto a los depósitos de combustible. Era una torre de hierro oxidado, de unos doce metros de alto, sostenida por cuatro patas gruesas y coronada por un cilindro enorme que goteaba por las juntas. Una escalera metálica, estrecha y chirriante, subía por uno de los costados hasta una plataforma desde la que se dominaba todo el recinto.
Meriem se detuvo al pie de la escalera y miró hacia arriba con desconfianza.
—No me dijo que había que subir —murmuró, como si el autor del mensaje pudiera oírla—. Dijo tanque. Pudo haber dicho debajo del tanque, junto al tanque, cerca del tanque. Pero no. Hay que subir. Qué considerado.
Nadie respondió. El viento silbó entre las patas de hierro.
Puso un pie en el primer peldaño. Chirrió. Puso el otro. Chirrió más. A la altura del quinto escalón se dio cuenta de que le sudaban las palmas, y a la del octavo, de que cometió un error táctico al no mirar nunca hacia abajo antes de empezar a subir, porque ahora no se atrevía.
—No mires abajo —se dijo en voz baja—. No mires abajo. Eres una Alcázar. Los Alcázar no se marean.
Era mentira. Su abuelo, según la leyenda familiar, se había desmayado en lo alto de una noria de Viena en 1962, y su padre había vomitado en un teleférico de los Alpes. Pero Meriem decidió que aquel no era el momento de hacer genealogía.
Llegó a la plataforma jadeando. Era un rectángulo de rejilla metálica rodeado por una baranda baja, con el cilindro del tanque ocupando casi todo el espacio. Una escotilla redonda, medio abierta, dejaba escapar un hilo de vapor y un olor a agua estancada. No había nadie.
—¿Hola? —susurró.
Silencio. Un goteo lento. El crujido de la torre al balancearse con el viento.
—Recibí su nota. Estoy aquí. Como pidió. Antes de la diana.
—Llegas tarde.
La voz salió de detrás del tanque. Era una voz de mujer, baja, ronca, deliberadamente aplastada, de las que se fabrican hablando con la barbilla pegada al pecho para que nadie pueda reconocerlas. Meriem se quedó helada, con una mano en la baranda.
—Son las cuatro y veinticinco.
—Dije antes de la diana. No dije a las cuatro y veinticinco.
—No dijo ninguna hora.
—Entonces es culpa mía. Acércate. Pero no demasiado.
Meriem dio un paso, y otro, hasta quedar a unos tres metros del cilindro. Alcanzó a distinguir una silueta recortada contra la oscuridad, con una capucha oscura y una postura rígida, de espaldas a la luna. No pudo ver el rostro. Solo una mano apoyada en el metal, una mano pálida y fina, con las uñas cortas y un pequeño anillo de plata en el meñique.
—¿Quién es usted?
—Una amiga.
—Las amigas no dejan notas en tendederos.
—Las amigas sensatas, sí. Las otras dejan flores.
—Qué conveniente.
—Es una cuestión de supervivencia, niña. Y de método.
Meriem se cruzó de brazos, más para ocultar el temblor de las manos que por desafío.
—Dijo que Peña habla dormido y que usted sabe quién lo escucha.
—Así es.
—¿Y quién lo escucha?
—Tú. Yo. Y alguien más.
—¿Quién es alguien más?
—Eso no puedo decírtelo todavía.
—Entonces para qué me ha hecho subir doce metros de escalera oxidada.
—Para que sepas que no estás sola. Y para advertirte.
—¿De qué?
La silueta se movió un poco. El anillo de plata brilló bajo la luna.
—Lo que dijo Peña esta noche es cierto. Casi todo. Pero no lo repitas. No lo comentes. No lo dejes entrever. Hay oídos en este campamento donde menos lo imaginas, y una palabra mal dicha puede costar mucho más que una sanción.
—¿Más que arroz durante tres días?
Hubo una pausa breve, y Meriem habría jurado que de detrás del tanque salió un resoplido que podía ser una risa contenida.
—Mucho más que arroz.
—Entonces dígame algo que sí pueda usar.
—Ibarra tiene un sobre. Tú lo viste.
—Lo vi.
—Tu sobre también es suyo. O era. Alguien se lo quitó esa noche del barracón, y lo devolvió a quien correspondía. Pero no eres la primera persona a la que se lo entregaron. Hubo otras.