¡ Si, Mi General!

Capítulo 8: Una papa con carácter y tres llaves

Meriem abrió la boca para contestar, y en ese preciso instante, con una puntualidad digna de una obra de teatro mal ensayada, la papa fea cayó del saco.

Fue un descenso lento, casi majestuoso. La papa de la mancha negra, la que ella había castigado en un rincón por su parecido con el coronel Ibarra y que el propio general había declarado simpática, se desprendió de lo alto de la pila, rebotó una vez contra un cajón, rodó sobre el suelo de tierra con un sonido hueco y se detuvo a medio metro de las botas de Kaspian. Allí se quedó, quieta, con la mancha negra mirando al techo.

Los dos la miraron en silencio.

—Esa papa me odia —dijo el general, muy serio.

—No le odia. Le tiene respeto.

—Se tiró a mis pies.

—Se tiró a sus pies por respeto. Es distinto.

—Ya.

Kaspian se agachó, recogió la papa con dos dedos, la sostuvo frente a la luz de la linterna y la examinó con la gravedad de un joyero. Meriem, que tenía el corazón desbocado y las manos heladas, sintió que el vértigo de hacía un momento se aflojaba un poco, lo justo para volver a respirar.

—Tiene una mancha que parece un mapa —observó él.

—Parece Italia.

—Parece una bota con un agujero.

—Eso es Italia.

—No sabía que fuera tan fea.

—Es hermosa, vista de lejos.

Él soltó una especie de resoplido, breve y seco, que en cualquier otro hombre habría sido una risa. Dejó la papa con cuidado sobre el cajón, entre los dos platos de estofado, y se quedó mirándola un momento, como si dudara entre un abrazo y una sentencia. Cuando alzó los ojos, el pánico de antes había desaparecido, sustituido por algo más cansado y más peligroso, la calma de quien ha decidido guardarse un secreto.

—No me ha contestado, soldado Alcázar.

—Usted tampoco.

—Yo hice una pregunta primero.

—Y yo una afirmación. Es una cuestión de turnos.

—No estamos jugando a los turnos.

—Entonces dígame que me equivoco. Dígame que no hubo un tercer hombre.

El silencio que siguió fue largo. El viento golpeó la trampilla de la bodega y un poco de polvo cayó desde las vigas. Kaspian se enderezó, metió las manos en los bolsillos y miró el techo, y Meriem comprendió que estaba eligiendo las palabras una por una, como quien camina sobre un puente podrido.

—Hubo tres hombres que bajaron de aquella montaña —dijo al fin, con una voz sin inflexiones—. Eso es público. Consta en los informes. Dos de ellos están en este campamento. Uno es el que tiene delante. El otro es el sargento Peña.

—¿Peña?

—Lo dijo anoche, ¿no? En la lavandería. Yo no estuve en Cumbre Fría. Es lo que repite desde hace seis años. Y es la única mentira que le he visto decir en su vida.

Meriem sintió que se le caía el estómago. Había dicho aquello en voz alta, en sueños, y ella lo había oído. Pero Kaspian no podía saberlo. Nadie le había contado nada. A menos que...

—¿Cómo sabe lo de la lavandería?

—Porque esta es mi base. Se lo dije.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que tengo.

—Entonces el tercer hombre...

—Soldado. —El tono bajó una octava, y la palabra cayó como una puerta que se cierra—. No voy a hablar de eso. Ni esta noche, ni mañana. Quizá nunca. Y le pido, se lo pido de verdad, que no vuelva a pronunciar esas palabras delante de nadie. Ni delante de mí.

—¿Por qué?

—Porque la gente que las ha pronunciado antes ya no está.

—¿Está muerta?

—Está lejos.

—Es lo mismo.

—No siempre.

Se hizo otro silencio, más suave y más extraño. Meriem se miró las manos, todavía envueltas en los guantes gigantes, y notó que le temblaban un poco. No tenía miedo, o no solo miedo. Tenía algo parecido a la rabia de quien lleva demasiado tiempo golpeando una pared y empieza a sospechar que detrás de la pared hay alguien golpeando de vuelta.

—Mi general —dijo, y la voz le salió más baja de lo que quería—. Usted dijo que me protegía.

—Dije que lo intentaba.

—Pues proteger a alguien no es dejarlo a oscuras.

Los ojos grises se clavaron en los suyos. Hubo una sacudida en su mandíbula, tan leve que podía ser un parpadeo de la luz.

—A veces —respondió él— es exactamente eso.

Se dio media vuelta para irse. Subió dos escalones, se detuvo, y sin girarse habló con la voz plana de quien hace una observación casual.

—Anoche usted llegó a la formación empapada. Rocío concentrado, dijo.

—Sí, mi general.

—Curioso. Hay un solo lugar del campamento donde el rocío cae tan concentrado.

Meriem se quedó helada.

—¿Dónde?

—Debajo de la escotilla del tanque de agua. La junta lleva dos años goteando. Yo mismo intenté repararla tres veces. —Hizo una pausa—. El tanque está cerrado con llave desde hace dos años, soldado. Solo existen tres llaves. Una la tengo yo. Las otras dos no le interesan.

—¿Por qué no?

—Porque si le digo quién las tiene, empezará a sospechar de quien no debe, y se equivocará. Y si se equivoca, alguien lo notará.

—Qué considerado.

—No es consideración. Es táctica.

Subió el resto de los escalones. En el umbral de la trampilla, con el contorno oscuro recortado contra la noche, añadió una última frase sin darse la vuelta.

—No vuelva a subir a esa torre. La escalera está podrida. Se va a romper una pierna.

—No tenía intención de subir.

—Mentira.

—Es la tercera vez que me llama mentirosa esta semana.

—Y es la tercera vez que acierto.

Se marchó. Meriem se quedó sola con el estofado frío, la papa de Italia y la certeza incómoda de que, por primera vez desde que había llegado a Sierra Negra, el general había dicho algo tan cercano a la verdad que le había dolido.

Dos llaves. Dos personas más con acceso a la torre. Y un olor a alcohol y jabón antiséptico que se le había quedado grabado como una huella.

—No —se dijo, sacudiendo la cabeza—. Eso sería demasiado fácil.

Cogió la papa, la miró durante un largo rato, y la guardó en el bolsillo de la chaqueta.




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