Meriem se quedó diez minutos clavada en el pasillo, con la carta de Andrés apretada contra el pecho, y habría seguido allí una hora entera si la voz de Dalia no la hubiera sacado del trance.
—Si te quedas ahí parada, vas a atraer a Peña.
—¿Por qué a Peña?
—Porque Peña siempre aparece cuando alguien parece sospechoso. Es como una paloma, pero con rango.
Dalia la tomó del brazo con una naturalidad imposible de rechazar y la arrastró hasta el rincón más desierto del campamento, un banco de piedra medio hundido detrás de las cocinas, donde el sol de media mañana caía sin piedad y el olor a cebolla frita lo cubría todo. Se sentó, palmeó el sitio a su lado y esperó con los brazos cruzados.
—Dime.
—No puedo.
—Entonces me lo dices a medias.
—Dalia...
—Meriem. —La miró de frente, con aquellos ojos oscuros que no se asustaban de nada—. Llevo cuatro días viendo cómo te rompes la cabeza sola. Subes torres a medianoche, hablas dormida, te escondes en lavanderías, y hoy has salido de la oficina del general con cara de haber visto a tu abuelo muerto. No te voy a pedir que me cuentes todo. Pero ya no me trago lo de que estás perfectamente.
Meriem soltó un suspiro largo y se pasó una mano por la cara. Tenía la piel pegajosa de sudor, el pelo lleno de polvo y los ojos escocidos por la falta de sueño. Pensó en la advertencia de la voz del tanque, no confíes en quien más te sonríe. Pero Dalia no sonreía. Dalia la miraba con una paciencia áspera, casi enfadada, como una hermana mayor que se niega a soltar un brazo.
—Tengo que enseñarte una cosa —dijo al fin.
—Enséñala.
Metió la mano en el bolsillo y sacó la moneda de plata ennegrecida. La dejó sobre la palma de Dalia con un gesto casi solemne. El águila de alas abiertas relució un instante bajo el sol.
Dalia la inspeccionó en silencio. La giró entre los dedos, la acercó a la nariz, la frotó contra la manga, la volvió a mirar de cerca.
—Esto no es una moneda.
—¿Cómo que no?
—Es demasiado ligera. Y mira el borde, no tiene estrías. Las monedas de verdad llevan estrías para que no las rebajen. —Pasó el pulgar por la cara del águila—. Esto es una ficha. Mi abuelo tenía una parecida, del club de tiro del pueblo. Servía para acreditar que eras socio.
—¿Una ficha de socio?
—De algún tipo de asociación. De un club, de una hermandad, de una logia, qué sé yo. Mira la fecha. Es de hace más de treinta años.
—¿De dónde la sacaste? —añadió después, bajando la voz.
—Me la dio una anciana. Doña Ágata. Dijo que un joven rubio, con acento de ciudad, la dejó sobre su mesa hace un mes mientras preguntaba por Elías Navarro.
Dalia levantó la vista despacio.
—¿Rubio?
—Alto. Muy educado.
—Meriem. En este campamento hay cuatro rubios altos. Dos son de la compañía de ingenieros y están de permiso. Otro es el cabo Ruiz, que tartamudea. Y el cuarto...
—Lo sé.
—Brandt.
Se miraron en silencio. A lo lejos, un cocinero gritaba algo sobre un cuchillo desaparecido. El olor a cebolla se espesó. Dalia le devolvió la ficha, con cuidado, como si pesara más de lo que parecía.
—No digo que sea él —murmuró—. Digo que hay muchas formas de ser rubio y de llevar acento de ciudad. Y que Tomás me cae bien. Pero también me caía bien mi primer novio, y resultó ser un ladrón de gallinas.
—¿De gallinas?
—Fue una época difícil.
Meriem soltó una carcajada contra su voluntad, una risa corta y quebrada que le sirvió para aflojar un poco el nudo del pecho. Dalia le apretó el hombro y no insistió más. Pasaron unos minutos en silencio, compartiendo el banco, el sol y una duda enorme que ninguna de las dos se atrevía a nombrar.
—Hay otra cosa —dijo Meriem por fin—. En la carta de mi hermano. Pregunta por la caja de mi abuelo.
—¿Qué caja?
—No lo sé. No tengo ni idea. Jamás oí hablar de ninguna caja.
—Pues alguien la quiere.
—Alguien que ya tiene mi sobre. Y que ha llamado dos veces a mi casa.
—Qué gente más insistente.
—Y el general... —Se detuvo, buscando las palabras—. Cuando le dije el nombre de mi abuelo se puso blanco. Salió corriendo hacia la Sala de Honor con una llave.
—¿Con qué llave?
—Una de bronce. Pequeña.
Dalia se quedó pensativa, mordiéndose el labio inferior.
—Entonces no es la del tanque —dijo—. Esa es de hierro y grande, como la de un calabozo.
—¿Cómo sabes cómo es la del tanque?
—Porque la vi una vez colgada en la oficina de la doctora Ilse.
El silencio que siguió fue extraño y largo. Meriem sintió que algo diminuto y frío se le deslizaba por la espalda. Pensó en el olor a alcohol, en el jabón antiséptico, en la mano pálida con el anillo de plata aferrada al borde del cilindro. Pensó en la doctora vendándole las manos con ternura de abuela. Pensó en cómo la anciana le había dicho que alguien podía ayudar a Kaspian si tenía paciencia.
—Seguro que tiene una explicación —dijo, con voz poco convincente.
—Seguro —convino Dalia.
Ninguna de las dos se la creyó.
La tarde fue un caos de órdenes mal dadas.
El general no apareció en la formación de las tres. Ni en la de las cuatro. Alguien aseguró haberlo visto salir de la Sala de Honor con los ojos rojos y caminar hacia las colinas, otro que se había encerrado en su oficina con llave, un tercero que había sido llamado de urgencia por el Estado Mayor. Nadie sabía nada, y el sargento Peña, que quedó al mando por defecto, asumió la responsabilidad con una dignidad trágica que derivó muy pronto en comedia.
—¡Pelotón! —gritó, plantado frente a la formación con el pecho henchido y las manos a la espalda—. ¡Firmes!
Treinta soldados se pusieron firmes con un entusiasmo burlón.
—¡Descansen!
Se relajaron.
—¡Firmes otra vez!
Volvieron a cuadrarse. Peña carraspeó, ajustó la gorra, adelantó el mentón e intentó, con un esfuerzo visible, adoptar la voz grave y pausada del general.