El gato maulló a las cuatro y veintinueve.
Meriem llevaba despierta desde las tres, mirando las vigas de metal con la caja de bombones abrazada al pecho, así que fue la única persona de todo el barracón que no pegó un salto. Dalia, en cambio, saltó tanto que se golpeó la cabeza contra el somier de arriba, soltó una palabra que no se aprendía en la escuela y lanzó una bota hacia la oscuridad con una puntería lamentable.
—¡Miau! —decía el despertador, con su vocecita de lata, sacudiéndose sobre la almohada de Meriem—. ¡Miau! ¡Miau!
—¡Apágalo! —suplicó Dalia, con la voz hecha un ovillo.
—Estoy en ello.
—¿Quién te regaló esa cosa?
—Mi madre. Y el general. Es complicado.
—Qué relación tan rara tienen ustedes tres.
Meriem encontró por fin el botón bajo la cola, y el gato calló con un suspiro eléctrico. En el barracón se oyeron mantas, bostezos y un gruñido colectivo. Alguien, desde el fondo, preguntó si ya habían tocado diana, y otra voz respondió que no, que era un gato, que no preguntara.
Se vistió a oscuras, a tientas, con una eficacia que hacía una semana habría juzgado imposible. La camisa, los pantalones, las botas con los cordones apretados, la coleta tirante. Cuando terminó de atarse la segunda bota, el silbato del campamento desgarró la madrugada, justo un minuto después del maullido.
Un minuto de ventaja. Él había contado con eso.
Salió al pasillo sin hacer ruido y se quedó un momento parada en la puerta, con la mano en el marco, mirando hacia el extremo oscuro del campamento donde la enfermería dormía a oscuras. No había luz esa noche. No había nadie. Y sin embargo Meriem sintió, con una nitidez incómoda, que si apartaba la vista alguien volvería a levantar una mano pálida con un anillo de plata para saludarla desde detrás de un cristal.
Había decidido no pensar en ello. Tenía una sola pregunta y mucho que decidir.
El campo de tiro era el lugar que había elegido, y no por razones románticas, por mucho que el amanecer pintara las colinas de un naranja rosado y aflojara la bruma sobre la hierba. Lo había elegido porque era abierto, porque desde allí se veían los cuatro costados del campamento y porque a esa hora no había nadie dispuesto a espiar a nadie. Se lo había explicado a Dalia la noche anterior con una lógica impecable, y Dalia le había contestado que sí, que por supuesto, y que de paso tenía unos ojos muy bonitos para ser una estratega.
Kaspian ya estaba allí. De pie junto al banco de tiro, con las manos a la espalda y una expresión de sueño mal disimulada, parecía una estatua a la que alguien hubiera olvidado dar cuerda. Tenía a sus pies un termo de metal abollado y dos tazas de campaña, y la camisa estaba menos planchada de lo habitual.
—Llega tarde, soldado Alcázar.
—Son las cuatro y cuarenta, mi general.
—La cita era al amanecer.
—Aún no ha amanecido.
—Pero está a punto.
—Entonces llego a tiempo para el amanecer del amanecer.
El general soltó un resoplido, agachó la cabeza para disimular lo que podría haber sido una sonrisa, y se inclinó a servir café. Meriem tomó la taza que le tendió, miró el líquido negro, espeso, con una película aceitosa en la superficie, y olió con cautela.
—Esto huele a neumático.
—Se lo advertí.
—¿Cuándo?
—Hace una semana. Dije que mi café era horrible.
—Pensé que exagerabas.
—Rara vez exagero.
Probó un sorbo, e hizo una mueca que le recorrió toda la cara. El café le supo a hollín, a tierra y a decisiones equivocadas. Kaspian la observó con una atención grave, casi científica.
—¿Y bien?
—Interesante.
—Es la palabra que se usa cuando no se quiere mentir.
—Es la palabra que se usa cuando se quiere vivir.
Esta vez sí, la sonrisa se le escapó. Fue corta, torcida, apenas un temblor en la comisura izquierda, pero Meriem la vio entera, y sintió que un hilo muy fino se le tensaba en alguna parte del pecho. Se obligó a mirar el horizonte. Una raya de luz dorada empezaba a asomar entre las colinas, y los pájaros, con la puntualidad de los cobardes, comenzaron a cantar.
Se sentaron en el banco de tiro, uno a cada extremo, con el termo en medio como una frontera. Durante un rato largo ninguno habló. El viento movía la hierba alta y arrancaba al metal de las dianas un tintineo suave, casi musical.
—Tiene una pregunta —dijo él, al fin.
—Tengo tres.
—Le dije una.
—Lo sé. Por eso llevo toda la noche eligiendo.
—¿Y?
—Y no me decido.
—Tiene hasta que salga el sol.
—Es muy poco tiempo.
—Es lo que hay.
Meriem respiró hondo, apretó la taza entre las manos enguantadas y dejó que su mirada recorriera las siluetas de cartón alineadas a cincuenta metros. Había pensado en preguntarle por el tercer hombre, por supuesto. Era la pregunta más obvia, la más urgente, la que llevaba tres noches quemándole la lengua. Pero conocía ya lo bastante a Kaspian como para saber que ese nombre jamás saldría de su boca, y que si se lo pedía, el pacto se rompería con el primer silencio y no sacaría nada.
Había pensado en preguntar por su abuelo. Pero sospechaba que la respuesta, fuera cual fuera, sería larga, dolorosa y probablemente incompleta, y que necesitaba antes otras piezas para entenderla.
Y quedaba la tercera. La más pequeña. La más extraña. La que tenía el tamaño exacto de una fotografía con un rostro rasgado a bolígrafo.
—¿Quién tachó la cara de la foto?
El general no se movió. Pero algo en su postura cambió, un reacomodo mínimo de los hombros, como el de quien recibe un golpe que esperaba pero no tan pronto.
—¿Esa es su pregunta?
—Sí.
—¿Está segura? Podría preguntar cosas más útiles.
—Es la que quiero.
—¿Por qué?
—Eso sería otra pregunta.
Esta vez fue él quien resopló. Asintió despacio, se pasó la mano por la nuca y miró el termo, como si las respuestas estuvieran escondidas en el fondo del café.