¡ Si, Mi General!

Capítulo 11: El sargento y la taza

Meriem tardó exactamente cuarenta segundos en vestirse, y Dalia, que había tenido tiempo de sobra para prepararse, apareció junto a la puerta del barracón con una sartén de hierro en la mano derecha y una expresión de gravedad absoluta.

—¿Qué es eso? —susurró Meriem.

—Un arma.

—Es una sartén.

—Es una sartén muy pesada. Pertenece a Olmos. Se la pedí prestada.

—¿Y te la dio?

—No sabe que se la pedí.

—Entonces la robaste.

—La tomé en préstamo estratégico.

Meriem cerró los ojos un instante, respiró hondo y decidió que no era el momento de discutir los matices legales de la sartén. Se calzó las botas sin atar, se echó la chaqueta por los hombros y salió detrás de su amiga al pasillo oscuro, donde el aire olía a polvo y a humedad vieja.

Cruzaron el campamento pegadas a las paredes, como dos ladronas aficionadas, con la linterna apagada y el corazón latiéndoles en los oídos. El cielo seguía cerrado, sin luna ni estrellas, y solo la farola amarilla del almacén de municiones, que parpadeaba a lo lejos con un zumbido de insecto, daba una luz enferma a las explanadas vacías. Un perro ladró una sola vez desde algún rincón y se calló, como si él también supiera que aquella noche convenía hablar poco.

La puerta de la Sala de Honor estaba exactamente como Dalia la había descrito. Abierta de par en par, con la madera vieja inclinada hacia dentro, y del interior no salía ninguna luz, ningún sonido, nada. Era una boca oscura y paciente.

—No me gusta —murmuró Dalia.

—A mí tampoco.

—Entramos juntas.

—Entramos juntas.

—Si ves algo raro, gritas.

—¿Y si lo que veo es tan raro que no me sale la voz?

—Entonces me agarras del brazo con fuerza.

—Trato hecho.

Dalia levantó la sartén. Meriem encendió por fin la linterna, que dio un cono de luz tembloroso, y cruzaron el umbral con pasos tan lentos que parecían de cámara lenta.

La sala estaba tal como Meriem la recordaba, la mesa larga, las banderas descoloridas, el olor a cera y a papel viejo. Pero había algo distinto en el aire, algo que no tenía nombre, una especie de silencio recién usado, como el de una habitación en la que acaba de terminar una conversación. Avanzó hasta la pared del fondo y alzó la linterna.

La placa de bronce estaba allí, bajo su cristal polvoriento, con la larga hilera de nombres grabados. Pero tal como había dicho Dalia, en la sexta línea contando desde el final había un hueco. Un rectángulo pequeño, limpio, de bronce más claro que el resto, con cuatro agujeros diminutos en las esquinas. Alguien había desatornillado la placa individual de Elías Navarro y se la había llevado, dejando intacto todo lo demás.

Meriem sintió un vacío extraño en el estómago, como si le hubieran arrancado algo a ella.

—Qué raro —dijo Dalia, a su lado, con la voz muy baja—. No hay marcas de fuerza. Ni arañazos, ni golpes. Lo quitaron con un destornillador, con calma.

—¿Cómo sabes que fue con calma?

—Porque los tornillos no están. Si hubieran tenido prisa, los habrían dejado caer. Mira el suelo.

Tenía razón. No había un solo tornillo, ni una astilla, ni una mota de polvo desordenada. Quien lo había hecho había recogido cuidadosamente cada pieza antes de marcharse.

—Alguien ordenado —murmuró Meriem.

—Alguien muy ordenado.

Se agachó y pasó la luz por el suelo de madera. La capa de polvo, que debía de llevar meses sin que nadie la tocara, mostraba huellas. Unas cuantas, apenas visibles. Un par de botas pequeñas, de suela estrecha, que se acercaban a la pared y volvían. Y otras más grandes, de tacón cuadrado, que entraban y salían en dirección a la puerta.

—Dos personas —dijo Dalia, arrodillándose a su lado.

—O la misma con dos pares de botas.

—Qué elegante.

—No me lo creo, tampoco.

—Yo tampoco.

Meriem acercó la nariz al cristal de la vitrina, sin tocarlo, y aspiró. Entre el olor a cera y a polvo había un rastro tenue, casi imperceptible, de algo más. Algo limpio y áspero que le recordó una tarde de manos vendadas y una voz amable que decía criatura. Alcohol. Jabón antiséptico.

Se incorporó de golpe y apretó los labios.

—¿Qué pasa? —preguntó Dalia.

—Nada.

—Meriem.

—Nada. Una corriente.

—No hay corriente.

—Pues entonces un escalofrío.

—Mientes fatal.

—Lo sé. Es de familia.

Dalia la miró con los ojos entornados, pero no insistió. Se limitó a apretar la sartén con las dos manos, a respirar hondo y a quedarse muy quieta, con las orejas casi levantadas, como un animal que oye algo lejano. Meriem también lo oyó un segundo después.

Pasos. Lentos, arrastrados, descalzos sobre la grava. Se acercaban por el patio, sin prisa, con un ritmo irregular y monótono, como el de quien camina con los ojos cerrados.

—Apaga la linterna —siseó Dalia.

—Ya.

—Escóndete.

—¿Dónde?

—No sé. Detrás de algo.

Había tres opciones. La mesa larga, demasiado baja y evidente. El armario de las banderas, que olía a naftalina y estaba cerrado con llave. Y el rincón del fondo, donde dos estandartes enormes de seda raída colgaban del techo hasta rozar el suelo. Las dos corrieron hacia allí como ratones, se metieron entre los pliegues de tela, se apretaron la una contra la otra y contuvieron el aliento.

Los pasos entraron en la sala.

Meriem, que miraba por un hueco entre dos pliegues, vio asomar una silueta baja, ancha de hombros, vestida únicamente con una camiseta blanca y unos calzoncillos de patitos amarillos. Tenía los ojos cerrados. Los brazos extendidos al frente. Y entre las dos manos, sujetada con una ternura casi sagrada, llevaba una taza blanca, esmaltada, con unas letras rojas en el costado.

Sargento del Año.

Dalia, a su lado, se tapó la boca con ambas manos y un temblor sacudió sus hombros. Meriem le clavó un codo en las costillas, y las dos permanecieron inmóviles, con los ojos desorbitados y las mejillas hinchadas por el esfuerzo de no reírse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.