¡ Si, Mi General!

Capítulo 12: Bombones y fundiciones

Durante un largo minuto, nadie dijo nada en el despacho del sargento Peña.

La placa seguía en las manos de Meriem, fría y pesada, con aquel nombre grabado en relieve y la línea diminuta en el reverso que acababa de convertir una mañana de comedia en algo mucho más incómodo. Dalia se había apoyado contra la puerta, con la sartén colgando a un costado y la mirada fija en el suelo. Peña, de pie junto al escritorio, se había quedado blanco, sin gorra, con el pelo aplastado y la taza de Sargento del Año todavía humeando a su espalda como un testigo olvidado.

Fuera, el campamento seguía su ritmo de siempre. Se oían botas, un silbato lejano, el chirrido de un carro de leña. Una voz de mujer gritaba algo sobre una escoba. Era un ruido tan normal, tan ajeno a lo que ocurría en aquella habitación, que a Meriem le dio un escalofrío.

—Hay que esconderla —dijo por fin.

—¿Esconder qué? —preguntó Peña, con un hilo de voz.

—La placa.

—Pero es una prueba.

—Justamente por eso.

—Debería entregarla al general.

—El general no está.

—Entonces al Estado Mayor.

—El Estado Mayor es de donde viene el coronel Ibarra.

El sargento abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla.

—Ah —dijo.

—Exacto.

—No había pensado en eso.

—Por eso lo estoy pensando yo.

Dalia se despegó de la puerta y dio dos pasos hacia el centro del despacho, con los brazos cruzados y esa expresión práctica que adoptaba cada vez que alguien se ponía dramático.

—Si alguien quiso que Peña cargara con la culpa, es porque cree que Peña la guardará en su oficina o la entregará por pánico. Si desaparece, el que la dejó en la taza se pondrá nervioso. Y los nerviosos cometen errores.

—Qué lista eres —murmuró Meriem.

—Me crié entre gallinas. Aprendes rápido quién picotea a quién.

—¿Y dónde la escondemos? —preguntó Peña, retorciéndose las manos—. No puede ser en mi caja fuerte, porque la llave la tiene... la tiene...

Se detuvo.

—¿Quién? —preguntó Meriem.

—El general. Tiene una copia de la caja fuerte. Y yo no estoy seguro de que no entre cuando yo no estoy.

—Entonces ahí no.

—Ni en mi cuarto —añadió él, con una cara de espanto creciente—. Si me paseo dormido, podría llevármela a cualquier parte. A la cocina. Al corral. A la letrina.

—No digas más.

—Una vez me desperté con un cubo en la cabeza.

—Sargento.

—Perdón.

Se hizo un silencio práctico. Meriem miró a su alrededor, buscando en el despacho algún rincón que no fuera obvio, y su vista fue a parar, por casualidad, a un objeto que reposaba sobre el estante bajo la ventana. Una caja de cartón, cuadrada, con una cinta dorada medio deshecha.

La caja de bombones belgas de su madre.

Se la había dejado allí esa mañana, a petición del propio Peña, que había pedido guardarla para que ella no se la comiera de una sentada. Era una caja bonita, de tapa rígida y papel de seda color crema, con un doble fondo de cartón oscuro bajo la bandeja de dulces.

—Ya sé —dijo.

—¿Qué?

—Los bombones.

Dalia levantó una ceja. Peña frunció el ceño.

—¿Los bombones?

—Nadie se atreve a tocarlos. El general dijo que quedaban en mi custodia, y todo el campamento lo sabe. Nadie va a buscar nada dentro de una caja de bombones que un general ha declarado propiedad personal de una recluta.

—Es un argumento sólido —admitió Dalia.

—Es un argumento ridículo —dijo Peña.

—Es un argumento ridículo y sólido.

—Eso no existe.

—Existe aquí.

Levantó la tapa. Los bombones brillaban en su lecho de papel, alineados en filas, con sus coberturas de chocolate oscuro y de praliné. Meriem sacó la bandeja con cuidado, depositó la placa de bronce en el fondo de cartón, tapó con papel de seda y volvió a colocar los bombones encima. Faltaban dos, que ya se había comido ella la noche anterior. Cerró la caja y la sostuvo en alto, con una expresión de solemnidad que arrancó una risa floja a Dalia.

—Aquí no hay nada que ver, señores.

—Esto es lo más raro que he hecho en mi vida —murmuró Peña.

—Y has caminado dormido con una taza.

—Ahí no tengo mérito. Me pasa sin querer.

—Pues ahora tienes un secreto de verdad.

—Dios mío.

—Un secreto de bombones.

Cuando salieron del despacho, el sol ya estaba alto y el campamento hervía. Peña, tieso como un palo, se ajustó la gorra, adelantó el mentón e intentó recobrar la compostura de oficial al mando. Pero la voz le seguía saliendo medio tono demasiado aguda, y apenas había dado cinco pasos cuando un soldado joven le salió al paso con un papel.

—Mi sargento, hay un problema en las cocinas.

—¿Qué problema?

—La cabra se ha comido el menú.

—¿El menú?

—El de esta semana. El que estaba clavado en la puerta.

—¿Y qué decía?

—No lo sabemos. Ya no existe.

—Entonces improvisen.

—¿Con qué?

—Con lo que hay.

—Solo hay arroz.

—Pues arroz.

—Llevamos cinco días de arroz.

—Es una tradición.

Meriem, que caminaba a su lado con la caja de bombones bajo el brazo, tuvo que apretar los labios. Dalia tosió dos veces, con tanta falsedad que el soldado las miró con desconfianza.

El resto de la mañana transcurrió con esa mezcla de rutina y desconcierto que se había vuelto habitual desde la partida del general. Peña dio órdenes contradictorias durante la instrucción de orden cerrado, ordenó dos veces a toda la formación que girara a la derecha y luego a la izquierda sin avisar, y estuvo a punto de declarar la guerra al campamento vecino cuando alguien le informó de que una de las gallinas de allí había cruzado la valla. Los soldados, que al principio se habían tomado aquella situación como una fiesta, empezaron poco a poco a notar que algo no estaba bien. Una sombra espesa, casi física, flotaba sobre el campamento desde el hallazgo de la placa, aunque nadie, salvo ellos tres, conocía el secreto.




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