¡ Si, Mi General!

Capítulo 13: La sartén de Olmos

Nadie se movió durante casi un minuto.

La frase escrita a lápiz seguía allí, bajo la luz temblorosa de la linterna, con sus letras diminutas y sus ges de colita larga, y Meriem sentía que si respiraba demasiado fuerte las palabras se borrarían solas. No firmes esto, Aurelio. Aún estamos a tiempo. Quien la había escrito conocía a su abuelo lo bastante como para tutearlo. Y lo bastante, también, como para saber que todavía había una manera de evitarlo.

—Hay que copiarlo —dijo por fin.

—¿Copiar qué? —preguntó Peña, que parecía haber envejecido diez años en veinte minutos.

—Todo. El formulario, la fecha, la lista de nombres, la firma emborronada y esta nota.

—¿Y por qué no nos llevamos el original?

—Porque si desaparece, quien lo escondió sabrá que lo hemos encontrado.

—Pero eso lo sabrá de todas formas. Han abierto la puerta.

—Ha sido la cabra —intervino Dalia, con una seriedad perfecta.

—¡Ha sido el clip!

—Los clips no balan, sargento.

Meriem se llevó una mano a la frente. Decidió que, ya que estaban allí, lo más sensato era trabajar deprisa y discutir después. Pidió papel, y Peña, tras rebuscar en un cajón con la solemnidad de quien viola un santuario, sacó tres hojas en blanco y un lápiz con la punta rota. Se sentaron los tres en el suelo, bajo la estantería, con la linterna apoyada sobre una caja de tornillos, y se repartieron la tarea.

A Dalia le tocó la lista de nombres, porque tenía una letra clara y redonda de maestra de pueblo. A Peña, la fecha y los sellos. A Meriem, la nota de lápiz y la firma. El silencio se llenó de raspar de grafito y de respiraciones contenidas, y durante un rato todo pareció casi normal, casi escolar, como una tarde de deberes en una casa con goteras.

—No me sale la A —murmuró Meriem.

—Es una A —dijo Dalia, mirando por encima de su hombro.

—Pero tiene una cola. Mira cómo sube.

—Como un ave.

—Como un ala.

—Como un águila —susurró Peña, sin levantar la vista.

Las dos se volvieron hacia él. Peña seguía inclinado sobre su hoja, con la lengua entre los dientes, dibujando un sello oficial con una precisión admirable. Se dio cuenta de que lo miraban y levantó la cabeza, con el lápiz en el aire.

—¿Qué?

—Has dicho águila.

—No he dicho nada.

—Lo acabas de decir.

—Habré hablado dormido.

—Estás despierto, sargento.

—Pues entonces hablo despierto con cara de dormido.

Meriem sacó del bolsillo la ficha de plata con el ave de alas abiertas y la puso junto al papel, bajo la luz. La curva de la A emborronada, la forma del ala, el grabado del anillo que había visto en la foto con la cara tachada. Todo parecía coincidir con una exactitud perturbadora.

—Es el mismo símbolo —dijo, casi sin voz.

—¿Qué símbolo?

—El del anillo. El de la ficha. El de la firma.

—¿Y de quién es?

—Eso es lo que no sabemos.

—Entonces es una sociedad —dijo Peña, con una lentitud extraña—. Una hermandad. Algo secreto.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque yo he visto ese ave antes.

Los tres se quedaron inmóviles. Peña tragó saliva, bajó la vista a su hoja y volvió a dibujar, muy despacio, un trazo que no necesitaba.

—¿Dónde? —preguntó Meriem.

—No me acuerdo. De noche. En un sueño, creo. O en una cocina. No sé. Hay cosas que se me cruzan.

—Sargento.

—No me presione, soldado. Estoy trabajando.

Estaba a punto de insistir cuando un ruido seco, metálico, vibró en el pasillo exterior. Un golpe sordo, seguido de un arrastrar de pasos lentos y pesados sobre la grava. La cabra, que dormitaba ante la puerta, soltó un balido corto de aviso.

—Apaga la linterna —siseó Dalia.

—Ya.

—Escondámonos.

—¿Dónde?

—Detrás de las estanterías.

Se arrastraron hacia el fondo de la sala, entre los archivadores, y se acurrucaron tras una pila de cajas de cartón. Meriem tapó la linterna con la manga. Peña, a su lado, se puso las dos manos sobre la boca, con los ojos desorbitados, como un conejo en una madriguera sitiada. Dalia agarró con fuerza la sartén, que no había soltado en toda la noche.

La puerta de la oficina se abrió con un chirrido largo.

Una silueta enorme se recortó contra la luz amarillenta del patio. Era un hombre de espaldas anchísimas, de brazos como troncos y cabeza rapada, vestido con un delantal de cocina manchado de grasa y unas botas de goma. En una mano llevaba un farol de petróleo. En la otra, un cucharón de madera, sostenido como una espada.

Olmos.

El cocinero avanzó dos pasos hacia el interior de la sala, con el farol en alto, y recorrió la oscuridad con la mirada sin decir una palabra. Los tres se pegaron a la pared, conteniendo la respiración. Meriem notó que a Dalia le temblaba el brazo de la sartén, y que Peña había empezado a sudar a mares.

—Sé que están ahí —dijo una voz profunda, pausada, casi dulce, que no parecía corresponder a aquel cuerpo.

Silencio.

—He oído la cabra. Y también el clip.

Silencio.

—Y alguien me ha robado la sartén de hierro grande. La buena. La de los huevos.

Dalia soltó un gemido apenas audible.

—Salgan —dijo Olmos—. No muerdo. Solo cocino.

Fue Peña, por pura dignidad militar, el primero en levantarse. Se alisó el uniforme, carraspeó, se colocó la gorra con manos temblorosas y avanzó un paso al frente, con el mentón en alto.

—Cocinero Olmos. Esto es una operación de inspección nocturna autorizada por el mando.

—¿Por cuál?

—Por el mío.

—¿Con clip?

—Con un clip reglamentario.

—¿Y con mi sartén?

Dalia se levantó, roja hasta las orejas, con la sartén colgando de la mano como una prueba condenatoria. Meriem salió detrás, con la linterna apagada y la sonrisa más inocente de su repertorio.

—La tomé en préstamo estratégico —dijo Dalia.

—Ya veo.

—Iba a devolverla.

—No lo dudo.

—Mañana. A primera hora.




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