El sargento Peña pasó toda la mañana convencido de que iba a morir fusilado, y la tarde entera convencido de que no, lo cual, según sus propias palabras, era mucho peor.
—Si me fusilan, se acaba —repetía, paseándose de un lado a otro por la cocina con las manos en la cabeza—. Pero si no me fusilan, tendré que vivir con esto.
—Con qué —preguntó Dalia, pelando una cebolla con la indiferencia de quien ha visto cosas peores.
—Con las termitas.
—Son inexistentes.
—Pero yo las he inventado. Y ahora hay que demostrar que existen.
—Eso es lo que se llama una mentira de mantenimiento —dijo Olmos, sentado en un taburete junto a la lumbre, tallando una cuchara de madera con un cuchillo pequeño—. Hay que alimentarla todos los días.
—Qué espanto.
—Es la mitad de la administración pública.
Se habían reunido los cuatro en la cocina a las nueve de la mañana, después del desayuno, con la puerta cerrada y un cartel colgado por fuera que decía Inventario en curso, no molestar. Era el único lugar del campamento donde nadie entraba sin permiso del cocinero, porque Olmos tenía fama de arrojar cucharones con una puntería inquietante. Sobre la mesa de madera, entre un cesto de cebollas y una pila de platos sucios, descansaba un cuaderno abierto en el que Meriem había ido anotando, con letra apretada, todas las exigencias de la situación.
—Primero —leyó—. Para que el capitán Soler crea que la oficina de archivos está infestada, tiene que haber señales visibles de fumigación.
—Humo —dijo Olmos.
—Carteles de advertencia —añadió Dalia.
—Máscaras —aportó Peña, con un hilo de voz.
—Y alguien que parezca saber lo que hace.
Los cuatro se miraron. Nadie dijo nada. Fue Olmos quien, tras un largo silencio, dejó la cuchara a medio tallar sobre la rodilla y levantó una ceja con aire pensativo.
—Yo sé hacer un humo que no se olvida.
—¿Qué humo?
—De guindilla.
—¿De guindilla?
—Se queman en una lata, con paja húmeda, unas cuantas docenas de guindillas secas. Produce una nube espesa, picante y absolutamente insoportable. Mi abuelo lo usaba para ahuyentar a los ladrones de gallinas.
—¿Funciona?
—Dos de ellos se hicieron monjes.
Dalia soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que apoyarse en la pared. Peña se llevó las manos a la cara. Meriem, que sentía una mezcla de risa histérica y ternura desesperada por aquel grupo de conspiradores improbables, escribió en el cuaderno, bajo el epígrafe humo, la palabra guindilla con un subrayado doble.
A mediodía, la Operación Termita estaba en marcha.
Fue, según el testimonio de todos los que la vivieron, la maniobra logística más disparatada en la historia de Sierra Negra. Peña, que había recuperado de golpe un entusiasmo teatral cuando comprendió que la mentira necesitaba utilería, convocó a toda la tropa en la explanada con voz solemne y les comunicó que, por razones de seguridad biológica, se iniciaba un ejercicio de contención de plagas de carácter reservado.
—Se trata de un simulacro real —dijo, con el pecho henchido—. Cada soldado tendrá una función.
—¿Qué función? —preguntó el cabo Ruiz.
—Usted, cabo, será el responsable de las señales de peligro.
—Pe-pe-pero yo tartamudeo.
—Las señales no hablan.
Dalia se encargó de los carteles. Había pintado diez, con pintura roja sobre tablas de cajas de verdura, y todos decían, en letras enormes, PELIGRO: TERMITAS. Pero a la cuarta tabla la tentación fue demasiado fuerte, y dibujó junto al texto un insecto de patas largas, antenas retorcidas y unas gafas de sol redondas, con una expresión de profunda arrogancia. Lo repitió en las cinco siguientes, con ligeras variaciones. En el último, la termita llevaba sombrero.
—No hace falta que tengan gafas —observó Peña, inspeccionando la obra.
—Les da carácter.
—Son termitas, no estrellas de cine.
—Pues serán las termitas más elegantes del ejército.
—Yo me encargo de las máscaras —dijo Meriem, rápida, antes de que la discusión degenerara.
Con ayuda de dos soldados que no sabían bien por qué estaban allí, fabricó veinte máscaras antigás con paños de cocina, tiras de goma de unos neumáticos viejos y trocitos de carbón vegetal que Olmos había guardado para las parrillas. El resultado fue tan convincente como una calabaza con orejas. Pero cuando las pusieron en fila sobre el banco, con sus ojos de tela y sus bocas anudadas, a Peña se le saltaron las lágrimas.
—Son bellísimas —murmuró.
—Son horrorosas —corrigió Dalia.
—Son horrorosamente bellas.
La cabra Remedios, que había seguido la actividad desde el principio con un interés casi administrativo, fue nombrada por unanimidad detectora oficial de plagas. Le colgaron del cuello un cartel que decía INSPECTORA y la dejaron suelta frente a la puerta de Intendencia. La cabra, que nunca había recibido un reconocimiento tan merecido, adoptó de inmediato una postura de tremenda importancia, mirando a la tropa con ojos amarillos y mascando algo con profesionalidad.
—Bee —sentenció.
—Dice que sí hay termitas —tradujo Olmos.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque es una cabra.
Hacia las cuatro de la tarde, cuando el sol empezaba a caer sobre los tejados, el campamento entero había asumido el papel con un celo conmovedor. Los soldados paseaban con las máscaras de tela sobre las caras, hablando entre ellos en susurros graves, y se cruzaban por los pasillos con saludos herméticos, como si formaran parte de una unidad de élite. El cabo Ruiz, que había tomado en serio su responsabilidad, había clavado carteles en cada esquina, y hasta había improvisado una cinta de peligro con trapos rojos de la lavandería.
Solo un soldado se mantuvo al margen.
Tomás Brandt, apoyado en una pared con los brazos cruzados, observaba el espectáculo con una ceja levantada y una sonrisa de lado, sin máscara y sin cartel. Cuando Meriem pasó cerca, cargando un cubo de paja húmeda, él le salió al paso con una inclinación de cabeza.