¡ Si, Mi General!

Capítulo 15: Lo que decía el acta

La oficina del general olía a guindilla.

No hizo falta que nadie lo comentara. Los tres entraron en fila, con las caras congestionadas y los ojos como tomates, y el aire de la sala, que solía oler a papel y a metal, se llenó de golpe de ese perfume picante y espeso que se les había pegado a la ropa, al pelo y a la garganta. Kaspian cerró la puerta tras ellos, giró la llave con dos vueltas, se quedó un segundo inmóvil con la mano en el picaporte y estornudó.

Fue un estornudo enorme, sonoro, que hizo temblar el cristal de la ventana. Después estornudó otra vez. Y una tercera.

—Salud, mi general —dijo Dalia, con un hilo de voz.

—Gracias.

—Que sean cuatro, para no dejarlo a medias.

El cuarto estornudo llegó con una puntualidad insultante. Kaspian se llevó el puño a la nariz, cerró los ojos, respiró hondo con la dignidad de quien ha decidido no reírse de sí mismo, y fue hasta el escritorio con paso firme, como si nada hubiera ocurrido. Sirvió tres vasos de agua de una jarra de metal y los dejó sobre la mesa, uno junto a otro, con una precisión de relojero.

—Beban.

—¿Es una orden? —preguntó Meriem.

—Es una recomendación médica de última hora.

—No es usted médico.

—Pero tengo mucha experiencia en cosas que pican.

Se sentaron frente al escritorio, Meriem y Dalia en dos sillas de madera, el general tras la mesa con las manos entrelazadas y el rostro todavía enrojecido. Dalia, que nunca había entrado en aquella oficina, miraba a su alrededor con la boca ligeramente abierta, el mapa enorme clavado en la pared, el archivador, la ventana con barrotes, el gato despertador que seguía en una esquina, olvidado en su caja como un animal preso.

—Es más pequeña de lo que pensaba —susurró.

—Se la cambio por una más grande cuando me ascienda —respondió Kaspian, sin alzar la vista.

—No quería ofender.

—No lo ha hecho. Quiero que se sienta cómoda.

—Estoy muy cómoda.

—Tiene la sartén en la mano.

Dalia bajó la vista. En efecto, la sartén de Olmos seguía allí, agarrada con firmeza, como un escudo. La había llevado sin darse cuenta desde la explanada. Se ruborizó, la colocó con cuidado sobre sus rodillas y no la soltó.

—Es una costumbre —explicó.

—Me imagino.

—Me da seguridad.

—También a mí me la daría.

Hubo un silencio breve, cómodo y absurdo. Después Kaspian apoyó los antebrazos sobre la mesa, se inclinó hacia delante y habló con esa voz baja y pausada que usaba cuando quería que cada palabra tuviera peso.

—Antes de que nadie diga nada, quiero fijar tres reglas.

—Tres —repitió Dalia, tragando saliva.

—Primera. Todo lo que se diga en esta habitación se queda en esta habitación. Ni a Peña, ni al cocinero, ni a sus compañeras de barracón, ni a la cabra.

—A la cabra no se lo diría —prometió Meriem.

—Es la más indiscreta de todos.

—Entendido.

—Segunda. Nadie miente. Ni por protegerme, ni por protegerse. Si hay algo que no pueden o no quieren contar, lo dicen. Pero no lo inventan.

—De acuerdo.

—Y la tercera. —Hizo una pausa, y los ojos grises se clavaron en Meriem con una intensidad que le erizó la piel—. Yo hablaré el último. Quiero oír todo lo que han encontrado antes de decir lo que sé. Porque lo que sé puede cambiar la forma en que cuenten lo que vieron, y necesito que sea tal cual fue.

—Es una táctica de interrogatorio —observó Dalia.

—Es una táctica de supervivencia.

—Me gusta.

—Lo suponía.

Meriem respiró hondo. Durante todo el trayecto desde la explanada había ensayado en su cabeza cómo empezar, y ahora, frente a aquellos ojos serios, todas las frases se le deshacían. Decidió empezar por el principio, que era el único lugar desde donde se podía empezar una cosa así.

—Hace cuatro noches alguien arrancó la placa de Elías Navarro de la Sala de Honor.

—Lo sé. Peña me lo comunicó por radio.

—No le dijo todo.

—Lo supuse.

—Esa misma placa apareció a la mañana siguiente dentro de la taza del sargento. Alguien quiso que lo culparan a él.

—Continúe.

—La escondimos. Y al darle la vuelta encontramos una fecha de fundición. Catorce de noviembre. Quince días antes de la operación.

Kaspian no se movió. Ni un músculo de su cara reaccionó, pero Meriem notó que los nudillos de sus manos entrelazadas se habían puesto blancos, y que la vena de la sien volvía a latirle con fuerza.

—Después —siguió ella—, fuimos a la oficina de archivos de Intendencia. Con la ayuda del sargento, un clip y una cabra.

—Una cabra.

—Fue decisiva.

—No lo dudo.

—Encontramos el formulario de encargo. Con una lista de ocho nombres, entre ellos el de Navarro, con la misma fecha. Y una firma tachada con tinta, de la que solo se distingue una A mayúscula con el trazo de un ave. —Respiró—. Y al dorso, escrito a lápiz, una nota.

—¿Qué decía?

—No firmes esto, Aurelio. Aún estamos a tiempo.

El general cerró los ojos. Fue un gesto breve, casi imperceptible, pero Meriem lo vio, y también lo vio Dalia, que se quedó muy quieta con la sartén sobre las rodillas, sin atreverse a respirar.

—¿La letra?

—Pequeña, inclinada. Las ges con una colita larga.

—Elías.

—Eso dijo usted, en el campo de tiro.

—Lo dije.

—Hay más.

Entonces le contó lo de Olmos. Despacio, sin omitir detalles, con las palabras exactas que el cocinero había usado en la oficina de archivos, bajo la luz de un farol, rodeados de estanterías. La cena del trece de noviembre, el hombre mayor de pelo blanco que decía llamarse Aurelio Alcázar, la discusión que había hecho temblar las ventanas, la frase terrible, No pienso firmar su nombre en mi muerte, y la respuesta que había helado la sangre del cocinero, No es tu muerte, Elías. Es la de otro. Pero hay que dejar un nombre.

Cuando terminó, la oficina quedó en silencio. Afuera, entre el humo que se disipaba lentamente, se oía a lo lejos el balido de la cabra y las toses de la tropa.




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