Meriem colgó el auricular con una lentitud extraña, como si el aparato pesara mucho más de lo normal, y se quedó con la mano apoyada sobre el teléfono, mirando el disco de marcar sin verlo.
Nadie dijo nada. En la oficina solo se oía el zumbido del fluorescente y, muy lejos, el balido de la cabra Remedios, que seguía defendiendo su cartel de Inspectora con una convicción inquebrantable. Kaspian la observaba desde el otro lado del escritorio, con las manos entrelazadas y la mandíbula tensa, esperando con la paciencia de quien sabe que hay silencios que no se deben romper.
—Mi padre se ha ido —dijo ella al fin.
—Lo oí.
—Con una caja. La del abuelo.
—Eso también.
—Y me ha dejado una nota que dice que elija al fantasma.
—No oí esa parte.
—Es la más absurda.
Se levantó de la silla con un movimiento brusco. Dio dos pasos hacia la ventana, volvió, dio otros dos hacia la puerta, y se detuvo en mitad de la sala con los brazos en jarras. Tenía la cara encendida, los ojos le ardían y le temblaba el labio inferior de una manera que odiaba.
—Quiero ir a casa.
—No.
—Es mi padre.
—Lo sé.
—Ha desaparecido en plena madrugada con una caja que alguien llevaba semanas pidiendo.
—Y usted está a cuatrocientos kilómetros, sin vehículo, sin permiso y con un coronel que ha dado orden de interceptar cualquier salida no autorizada de esta base.
—¿Cómo sabe eso?
—Porque lo habría hecho yo.
Meriem soltó un resoplido furioso. Quiso replicar algo ingenioso, algo cortante, pero la voz se le quebró a mitad de la primera palabra y lo único que salió fue un sollozo corto, rabioso, que ella intentó tragarse sin éxito. Se llevó el dorso de la mano a la boca. Se dio la vuelta, de cara a la pared, y se quedó allí, con los hombros temblando.
Escuchó el crujido de la silla. Los pasos pesados rodeando el escritorio. Una pausa larga, torpe, en la que casi pudo oír cómo él buscaba qué hacer con las manos. Después, algo suave le rozó el hombro por detrás, y un trozo de tela doblada apareció delante de sus ojos.
Era un pañuelo. Un pañuelo de algodón blanco, con las iniciales K.R. bordadas en una esquina, perfectamente planchado y con un olor penetrante a guindilla.
—Lo siento —dijo Kaspian, rígido—. Todo en este campamento huele así desde esta tarde.
Meriem se rio sin querer, una risa hipada y húmeda que se mezcló con el llanto y la dejó todavía más desconcertada. Tomó el pañuelo, se sonó la nariz con una dignidad lamentable y se secó los ojos, que ahora le escocían doble.
—Es horrible.
—Se lo advertí.
—No me advirtió nada.
—Debería haberlo hecho.
—Las guindillas son un arma de destrucción masiva.
—Fue idea de Olmos.
—Lo sé. Y de Peña, y de Dalia, y mía. Fuimos todos.
—Qué equipo tan peligroso.
Se volvió despacio. Kaspian estaba muy cerca, a un paso, con las manos colgando a los costados y una expresión de desamparo tan genuina que le provocó una punzada en el pecho. Era un hombre que sabía dar órdenes a cien soldados, atravesar montañas nevadas y enfrentarse a coroneles sin pestañear, y que ahora estaba allí, delante de ella, sin saber qué hacer con una mujer que lloraba.
—No sé consolar a la gente —admitió.
—Ya lo veo.
—Me han dicho que se hace con frases.
—Algunas ayudan.
—No se me ocurre ninguna.
—No hace falta.
—Puedo ofrecerle una papa.
La carcajada se le escapó antes de que pudiera evitarla. Fue una risa auténtica, sonora, que le sacudió el cuerpo entero y le arrancó otra tanda de lágrimas, pero esta vez de las que alivian. Kaspian la miró desconcertado durante un segundo, y después, muy despacio, una sonrisa pequeña y torcida le asomó a la cara, tan cansada y tan sincera que a ella se le olvidó por un momento por qué lloraba.
—Es lo que tengo —se justificó él—. Es mi único recurso emocional.
—Una papa.
—Con carácter.
—Que se comió una cabra.
—Una pérdida lamentable.
Meriem se secó la cara por última vez, dobló el pañuelo con cuidado y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta sin pedir permiso. Kaspian no protestó. Respiró hondo, recobró la compostura con un esfuerzo visible y volvió a su sitio tras el escritorio.
—Escúcheme bien —dijo, con una voz más serena—. Su padre le pide que no confíe en un general. Lo cual, me temo, es una advertencia razonable.
—¿Usted cree?
—Yo no confiaría en mí.
—Pero me ayudó con las patatas.
—Eso no me hace honesto. Me hace sentimental.
—Es una buena cualidad.
—Es una debilidad táctica.
—Yo creo que son la misma cosa.
Kaspian negó con la cabeza, pero la sonrisa seguía allí, medio escondida.
—No le pido que confíe en mí. Le pido que me compruebe. Todo lo que le digo, verifíquelo. Todo lo que le doy, examínelo. —Abrió un cajón, sacó una llave pequeña de bronce, la misma de la Sala de Honor, y la dejó sobre la mesa—. La tercera copia, la que usted creía que tenía la doctora. La tengo yo. La otra la tiene Peña. De modo que la de la doctora, si existe, ya no abre nada.
—¿Cómo?
—Cambié la cerradura hace dos días. Antes de irme.
—¿Sospechaba algo?
—Sospecho de todo. Es mi oficio.
Meriem tomó la llave, la sopesó en la palma y la guardó junto al pañuelo. Después, con la sensación de haber firmado un tratado de paz entre dos países que ni siquiera se habían declarado la guerra, se quedó mirándolo un momento.
—¿Y el fantasma? ¿Quién cree que es?
—No lo sé.
—Pero tiene una idea.
—Tengo tres. Y las tres me incomodan.
—Dígame una.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si se la digo y me equivoco, usted irá a buscarlo con la idea equivocada. Y si acierto, será peor.
—Qué consuelo.
—Soy un general. Mi especialidad es el consuelo en pequeñas dosis.
Abrió un armario que había al fondo y sacó un objeto blando, redondo y blanco, con unas iniciales doradas bordadas en una esquina. Meriem lo reconoció al instante.