Hay silencios que huelen a algo, y el que cayó sobre el patio de Sierra Negra a las cuatro y cuarenta de la madrugada olía a guindilla requemada, a gasolina de jeep y a una colonia cara que nadie en el campamento había olido jamás.
Meriem tenía los brazos cruzados sobre una manta doblada y un gato de plástico encajado bajo el codo. Kaspian, a su lado, se había quedado tan quieto que parecía formar parte de la explanada, como un poste, como una de aquellas siluetas de cartón del campo de tiro. A tres pasos, el coronel Ibarra sonreía con las manos a la espalda y la cabeza ligeramente ladeada, igual que un hombre que acaba de entrar en una sala donde se está celebrando una fiesta sorpresa en su honor y no quiere estropear a nadie el momento.
—Qué temprano —dijo el general, con una voz de una neutralidad admirable.
—Los que madrugan ven más cosas, mi querido Rivas. —Ibarra paseó la mirada por los carteles clavados en las paredes, las máscaras de trapo que colgaban de una cuerda, las latas ennegrecidas junto a la puerta de Intendencia—. Y por lo que veo, aquí hay mucho que ver.
—Hemos tenido una semana movida.
—Eso me han contado. —Sus ojos azules descendieron con una lentitud elegante hasta la manta de lana que Meriem sostenía contra el pecho—. ¿Duermen ustedes a la intemperie? No sabía que se hubieran endurecido tanto los métodos de instrucción.
—Inspección de bodega —respondió Kaspian.
—A las cuatro y media.
—Es la hora más tranquila.
—Contando papas, mi coronel —se apresuró a añadir Meriem, con la sonrisa más inocente de su repertorio.
—Las famosas papas. —Ibarra se rio con suavidad—. Me han hablado de ellas. Cuatro mil doce, ¿no es cierto?
Meriem sintió que se le helaba la sangre. Nadie fuera del campamento debía conocer aquella cifra. Nadie salvo Peña, Kaspian, ella y, quizá, alguien que escuchara a través de una radio o de una pared.
—Cuatro mil doce —confirmó, con la voz firme—. Una más cuando se pone a contar la cabra.
—Qué meticulosa. Igual que su abuela.
—Siempre me lo dicen.
El coronel inclinó la cabeza con un gesto de aprobación y se volvió hacia el capitán Soler, que descendía del jeep abrazado a su carpeta y limpiándose las gafas con el borde de la camisa. El pobre hombre tenía la cara de quien lleva toda la noche viajando por un camino de cabras y ha olido, en el último kilómetro, algo que no supo identificar.
—Capitán, tome nota. Han montado un protocolo de contención muy completo.
—Sí, mi coronel.
—Carteles, máscaras, señalización. Todo muy vistoso.
—Muy vistoso, sí.
—Habrá que felicitar al responsable.
En ese momento, por la esquina de las cocinas, apareció a toda velocidad el sargento Peña. Venía en camiseta, con los pantalones medio abrochados, un zapato desatado y el embudo de cocina colgándole del cuello como una condecoración absurda. Se detuvo a cinco pasos del grupo, tropezó con sus propios pies, se enderezó con un esfuerzo heroico, se cuadró y saludó con una mano que le temblaba.
—¡A sus órdenes, mi coronel!
—Sargento Peña. Tiempo sin verlo.
—¡Desde el año pasado, mi coronel!
—Veo que lleva algo en el cuello.
Peña bajó la vista. Descubrió el embudo. Abrió la boca, volvió a cerrarla, y con una dignidad trágica anunció:
—Es un megáfono.
—Naturalmente.
—Para dirigir la operación.
—Muy ingenioso.
—Hay que hacerse oír, mi coronel. Las termitas son duras de oído.
Soler se quitó las gafas para limpiarlas por tercera vez. Kaspian miró hacia el cielo con la expresión de un hombre que pide paciencia a una divinidad lejana. Meriem apretó los labios hasta que le dolieron. Y el coronel Ibarra, con una amabilidad que a ninguno de los presentes se le escapó que era peligrosa, dio una palmada suave en el hombro del sargento.
—Me gustaría ver a las termitas, sargento. Con mis propios ojos.
Hubo un instante de silencio absoluto.
—¿A las... termitas?
—Sí. A los especímenes. Si los tiene a mano.
La pregunta flotó en el aire de la madrugada como una nube cargada. Peña giró lentamente la cabeza hacia Kaspian, que no movió un músculo. Hacia Meriem, que se encogió de hombros con un gesto casi imperceptible. Hacia las cocinas, de donde en ese preciso momento, con una puntualidad que parecía obra de una providencia caprichosa, salía la enorme figura del cocinero Olmos, con su delantal manchado y un frasco de cristal en la mano.
—¡Aquí! —gritó Peña, con una voz demasiado aguda—. ¡El cocinero Olmos es el especialista!
—¿El cocinero?
—Tiene formación entomológica.
Olmos se acercó con pasos pausados, sin prisa, con la solemnidad de un sacerdote que lleva un relicario. Se detuvo frente al coronel, se limpió las manos en el delantal y le tendió el frasco con las dos palmas abiertas.
—Para servirle, mi coronel.
Ibarra tomó el frasco, lo alzó hacia la luz de los faros y lo examinó con los ojos entornados. Dentro, sobre una capa de harina, se agitaban cuarenta o cincuenta bichitos oscuros, alargados, de patas diminutas y un hocico en forma de pico. Meriem reconoció al instante lo que eran. Gorgojos de la harina, de esos que se instalan en los sacos de la despensa y que Olmos debía de tener a montones.
—Curioso —dijo Ibarra, acercándose el frasco al ojo—. Parecen gorgojos.
—Es la variedad montañesa —aseguró Olmos, con una seriedad inapelable—. Muy rara. Se confunde con el gorgojo común, pero se distingue por el hocico.
—¿Y qué tienen de particular?
—Que son mucho más peligrosos.
—¿Cuánto?
—Dos veces.
—Fascinante.
—Usted lo ha dicho.
Soler, a su lado, había dejado de limpiarse las gafas y observaba el frasco con una expresión de incredulidad cada vez más profunda. Ibarra lo devolvió con delicadeza, con la sonrisa intacta, y apoyó una mano sobre el hombro del cocinero.
—Excelente trabajo, Olmos. Siempre he dicho que usted es de los pocos hombres de esta base capaces de sorprenderme.