Meriem tardó cuatro minutos en llegar corriendo a las cocinas, y para cuando abrió la puerta de golpe, Dalia, que pelaba zanahorias junto a la lumbre con el aire de una reina en el exilio, ya había levantado la sartén en un gesto automático.
—Soy yo.
—Por si acaso.
—La caja —jadeó Meriem, apoyándose en el marco—. Está en el jeep. Bajo la lona. Con herrajes de bronce y una cinta de cuero en las asas. Es la del abuelo.
La zanahoria que Dalia tenía en la mano se detuvo a medio pelar. En el fondo de la cocina, Olmos dejó de remover el caldero, giró lentamente la cabeza, y en su cara enorme se dibujó una expresión que no era sorpresa sino algo más antiguo, el gesto de quien confirma una sospecha que lleva años en el estómago.
—Cierra la puerta —dijo.
Meriem obedeció. Se dejó caer sobre un taburete, con las manos temblando, y les contó todo en voz baja, la lona deslizada, la esquina de madera oscura, la mirada del coronel clavada en su ventana. Cuando terminó, nadie habló durante un rato. Solo se oyó el borboteo del caldero y, fuera, el eco apagado de unas botas que pasaban de largo.
—No ha sido un descuido —dijo Dalia por fin.
—No.
—Quiere que lo sepas.
—Quiere que lo sepa todo el mundo —corrigió Olmos, retomando el cucharón—. Es su manera de saludar.
La puerta trasera de la cocina se abrió sin llamar, y los tres dieron un salto. Por el hueco se coló Kaspian, con la gorra en la mano y el rostro tan cerrado que parecía esculpido. Echó una ojeada a la sala, comprobó que no había nadie más y cerró tras de sí con el cuidado de quien arropa a un niño.
—La vi desde la oficina —dijo, antes de que nadie preguntara—. La caja. Y a usted en la ventana.
—Entonces usted también...
—Hace una hora. Mientras Soler me enseñaba su lista de irregularidades. Ibarra la dejó entreabierta a propósito, para que yo mirara por el cristal.
—¿Y qué piensa?
—Que está jugando. Que quiere vernos nerviosos. Si hubiera querido ocultar esa caja, la habría dejado en el cuartel. —Se pasó una mano por la nuca—. Lo que no sé es por qué la trae a un lugar donde sabe que la estamos esperando.
—Porque no puede abrirla —dijo Olmos, sin volverse.
Todas las miradas se dirigieron a él. El cocinero siguió removiendo, con la espalda ancha y el delantal manchado.
—Las cajas de ese tipo no se abren por la fuerza. Mi abuelo tenía una igual. Llevan cerradura doble, y si se fuerza una, se bloquea la otra. Es de las que se rompen por dentro. Si Ibarra la ha traído hasta aquí, es porque cree que la llave está en Sierra Negra.
—¿Y lo está? —preguntó Dalia.
Meriem se llevó la mano al bolsillo sin darse cuenta. Allí, junto al pañuelo con las iniciales K.R. y la llave de bronce, el frío de la ficha de plata con el águila le recorrió los dedos como una advertencia. No dijo nada. Pero Kaspian, que la observaba con una atención que ella empezaba a reconocer, entornó los ojos y asintió despacio, como si ya hubiera leído la respuesta en su gesto.
—Esta noche hay cena de oficiales —dijo, cambiando el tono con una naturalidad forzada—. Ibarra la ha pedido a las nueve. Con carta de menú, mantel y vino.
—Qué elegante —murmuró Olmos.
—Quiere que usted cocine.
—Me honra.
—Y que sirva la soldado Alcázar.
Meriem se quedó con la boca abierta.
—¿Yo?
—Dijo que le parecería encantador ver a la hija de Ernesto Alcázar con delantal. Una forma de rendir homenaje a la humildad de la milicia.
—Qué cínico.
—Es un hombre cultivado.
—Me niego.
—No se niega. Va a ir.
—Mi general...
—Piénselo. —Se acercó a ella, hasta que Meriem tuvo que levantar la cabeza para mirarlo—. Si usted está en la sala, yo también. Y si usted camina entre las mesas con una bandeja, puede ver y escuchar cosas que desde una silla no oiría. Es la mejor posición táctica del campamento.
—Con delantal.
—Es parte del disfraz.
Dalia soltó una risita, que se esforzó en disfrazar de tos. Olmos dejó el cucharón, se limpió las manos y se acercó a un estante del que bajó un bulto de tela blanca perfectamente doblado. Lo desplegó con un gesto de prestidigitador. Era un delantal enorme, impoluto, con volantes en los bordes y un lazo de seda en la espalda.
—Es el de las grandes ocasiones —explicó con solemnidad—. Lo guardaba para una boda.
—¿De quién?
—De la mía. Nunca llegó.
—Lo siento.
—No lo sienta. Con esta cocina no me habría casado con nadie.
Meriem se rindió. Tomó el delantal con dos dedos, lo sostuvo ante sí como una bandera derrotada, y suspiró.
—Peña de maître —dijo Dalia.
—¿Perdón?
—Alguien tiene que anunciar los platos. Y nadie lo hará con tanta dignidad.
—Se va a morir de la emoción —murmuró Kaspian.
—Se va a morir, sin más —dijo Olmos.
A las ocho y cincuenta y cinco, el comedor de oficiales de Sierra Negra, una sala modesta con cuatro mesas de madera y un aparador cojo, tenía un aspecto que nadie había visto jamás. Alguien había colgado banderines de papel entre las vigas. Alguien más había sacado la vajilla buena, ocho platos desparejados de tres vajillas distintas, y los había dispuesto con una simetría casi geométrica. En el centro de la mesa más larga, sobre un mantel blanco que olía a naftalina, ardían cinco velas clavadas en botellas vacías.
Peña, en el umbral de la cocina, esperaba rígido como un poste, con una levita de camarero tres tallas pequeña, una servilleta doblada sobre el brazo y el embudo, que se había negado a quitarse, colgándole del cuello como una cadena de alcalde. Había ensayado el discurso durante dos horas. Lo repetía en voz baja, moviendo los labios.
—Entrante... primer acto... arroz en su ensoñación de canela...
—Sargento —susurró Meriem, pasando a su lado con una bandeja de copas—. Respire.
—Estoy respirando.
—No. Está recitando.
—Es una técnica de relajación.