¡ Si, Mi General!

Capítulo 19: Contrato

Elegir bien una pregunta resultó ser mucho más difícil que haber elegido mal cualquier cosa en la vida.

Eso fue lo que descubrieron los cinco aquella madrugada, sentados alrededor del cajón de las papas, con una vela que se consumía por momentos y una carta de papel crema extendida sobre la madera como una prueba judicial. Habían pasado veinte minutos desde que Meriem pidió ayuda, y en ese tiempo se habían propuesto trece preguntas, de las cuales doce eran inútiles y una era de Peña.

—Podría preguntarle por qué la cabra tuvo permiso para morderle la charretera —dijo el sargento.

—No es el momento —respondió Dalia.

—Es una pregunta legítima. Es un tema de seguridad.

—Es un tema de oro de ley.

—Eso también.

Kaspian, apoyado contra un saco con los brazos cruzados, seguía en silencio. Llevaba un buen rato mirando la carta sin tocarla, con esa expresión de general que contempla un mapa en el que alguien ha movido las banderas. Olmos, sentado en un cajón junto a la vela, se pasaba la mano por la cabeza rapada con aire de profunda meditación.

—Lo primero —dijo al fin el cocinero— es saber qué queremos averiguar. Porque una pregunta no sirve para preguntar. Sirve para descubrir.

—Eso no tiene sentido —dijo Peña.

—Lo tiene si uno lo piensa despacio.

—Yo prefiero no pensar despacio. Me da sueño.

—Escuchad. —Meriem se frotó las sienes con las dos manos—. Hay dos posibilidades. O la carta la escribió mi padre, obligado, y puso papá a propósito para avisarme. O la escribió otra persona que imita su letra pero no conoce sus costumbres. En los dos casos, Ibarra está detrás. Pero lo que necesito saber es si mi padre sigue vivo y si está de verdad donde Ibarra dice.

—Dónde dice él que está —puntualizó Kaspian.

—Exacto. Porque todavía no ha dicho nada.

—No ha dicho nada porque quiere que le preguntes.

—Entonces le preguntaré.

—Pero no puedes preguntar cualquier cosa. Si preguntas dónde está tu padre, te dará una respuesta preparada.

—Y si pregunto cómo está, dirá que bien.

—Y si pregunto si puedo hablar con él, dirá que sí, pero más tarde.

—Cualquier pregunta directa tiene una respuesta lista —resumió Olmos—. Necesitamos una que no la tenga.

Se hizo un silencio. La vela chisporroteó. Dalia, que se había puesto a girar la sartén entre las manos con un gesto pensativo, levantó la cabeza de golpe.

—Una que solo pueda contestar el verdadero.

—¿Qué quieres decir?

—Una pregunta personal. De esas que solo se saben si has vivido en la casa. Algo pequeño, algo tonto, que no salga en ningún informe. —Se encogió de hombros—. Cuando alguien te llama por teléfono diciendo que es tu primo y no estás segura, le preguntas cómo se llamaba el perro de tu abuela. Si es tu primo, lo sabe. Si es un estafador, no.

—¿Y si el estafador investiga?

—No hay informe en el mundo que guarde el nombre del perro de tu abuela.

Meriem se quedó mirándola. Después empezó a reírse, primero bajito, luego con más fuerza, hasta que tuvo que taparse la boca con las dos manos para no despertar a todo el campamento.

—Qué lista eres.

—Me crié entre gallinas.

—Lo sé. Ya lo has dicho.

—Es que es verdad.

—Un animal —dijo Meriem, secándose una lágrima—. Tengo que preguntarle algo de un animal. Hubo un gato cuando yo tenía siete años. Un siamés. Mi madre lo trajo de un viaje a Bangkok. Mi padre odiaba los gatos y lo aceptó con una condición.

—¿Cuál?

—Que se lo dejara bautizar a él.

—¿Y cómo lo llamó?

—Contrato.

Hubo un instante de silencio absoluto. Después Peña soltó un resoplido que no logró contener y se tapó la boca con las dos manos. Dalia se dobló sobre sí misma. Olmos, serio como un monje, murmuró que era el nombre más lógico que había oído en su vida. Hasta Kaspian, que llevaba toda la noche con la mandíbula rígida, dejó escapar una exhalación cortada que podría haber sido el principio de una carcajada.

—Contrato —repitió.

—Contrato Alcázar. Tenía el pedigrí completo.

—¿Y qué fue de él?

—Se escapó a los dos años. Mi padre aseguró que había rescindido unilateralmente.

—Dios mío.

—Fue la única vez en mi vida que lo vi hacer una broma.

—¿Y la contó?

—Una sola vez. En una cena de negocios. Nadie se rio, porque nadie la entendió. —Meriem sonrió con tristeza—. Solo yo la recuerdo. Y mi madre, supongo. Y Andrés, que entonces era un bebé y no se acordará.

—Entonces —dijo Olmos, despacio— si el hombre que escribió esa carta es de verdad tu padre, sabrá el nombre del gato. Y si es otro, no.

—Pero Ibarra puede decírselo a quien sea que llame —objetó Peña.

—No si no lo sabe.

—¿Y cómo vamos a estar seguros de que no lo sabe?

—Por su cara —dijo Kaspian.

Todos se volvieron hacia él. El general se había incorporado, con una mano apoyada en el cajón y la mirada fija en la vela.

—Ibarra es un hombre que lo controla todo, menos una cosa. Cuando algo le sorprende, tarda un segundo y medio en componer el gesto. Lo he visto tres veces en seis años. Si usted le pregunta por el gato y él no lo sabe, lo notaremos.

—¿Y si lo sabe?

—Entonces tendremos otro problema.

—Qué consuelo.

—Soy un general. Es mi especialidad.

Pasaron media hora ensayando. Fue idea de Dalia, que sostenía que cualquier plan sin ensayo estaba condenado al fracaso, y que insistió en repartir los papeles con una autoridad de directora de escena. Meriem sería ella misma. Kaspian, él mismo. Y el sargento Peña, por unanimidad, sería el coronel Ibarra.

—No puedo —protestó, muy pálido.

—Claro que puedes.

—No tengo su elegancia.

—Nadie la tiene. Haz lo que puedas.

Peña se levantó, se alisó el uniforme, se subió los pantalones, carraspeó, juntó las manos a la espalda y, con una voz de terciopelo empalagoso que no se parecía en nada a la de Ibarra pero resultaba, por razones inexplicables, igual de inquietante, dijo:




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.