¡ Si, Mi General!

Capítulo 20: El rosal grande

El sobre amarillento descansaba sobre el escritorio, a medio metro de las manos de Meriem, y ella no se atrevía a tocarlo.

Era una cosa pequeña, ajada, con los bordes gastados y una mancha de café en una esquina que reconoció de inmediato. La había hecho ella misma, hacía un mes, en una gasolinera de carretera, mientras releía la nota por décima vez con un vaso de cartón en la mano. Verlo allí, sobre la madera oscura, en la oficina de un general, bajo la mirada tranquila de un coronel, le produjo una sensación vertiginosa, como si alguien hubiera sacado de su cabeza un recuerdo privado y lo hubiera expuesto en una vitrina.

-Tómelo -dijo Ibarra, con suavidad-. Es suyo.

-Usted me lo robó.

-Yo no le robé nada, querida.

-Alguien entró en mi barracón y se lo llevó.

-Alguien lo tomó. Es verdad. Pero no fui yo. -Entrelazó los dedos sobre la rodilla y la miró con una paciencia infinita-. Lo recibí de manos de quien lo tomó, que creyó con toda su alma estar haciéndole un favor.

-¿Quién?

-Eso lo descubrirá usted sola.

-Qué manía tienen todos con eso.

-Será porque funciona.

Meriem apretó los dientes. Notó, a su espalda, el calor sólido y silencioso de Kaspian, que no se había movido de su sitio junto a la ventana pero que parecía haberse acercado un paso sin dar ninguno. Respiró hondo. Alargó la mano, tomó el sobre con dos dedos y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta, junto a la carta de su supuesto padre y la ficha de plata, sin abrirlo.

-Gracias -dijo, con una frialdad que no sabía de dónde sacaba.

-No hay de qué. -Ibarra se puso en pie con una elegancia felina, se alisó el uniforme y se detuvo un instante para contemplar con tristeza su charretera mutilada-. Y ahora, si me permiten, les dejo con sus asuntos. Esta noche, a las doce, tendrá su llamada. Tres minutos. Pregunte lo que quiera. Estoy seguro de que su padre sabrá contestar.

-¿Y si no sabe?

-Sabrá. Siempre sabe.

Se dirigió a la puerta con paso sereno. Kaspian, sin una palabra, se adelantó, giró la llave y abrió. Y en ese preciso instante, con una puntualidad que parecía obra de un guionista cruel, cuatro cuerpos cayeron hacia dentro como fichas de dominó.

Peña fue el primero, con el rostro pegado a la madera y una oreja todavía en el aire. Detrás de él, Dalia, que se estrelló contra su espalda con un grito ahogado y una sartén en la mano. Encima de los dos, con las patas delanteras sobre el hombro del sargento y una expresión de profundo interés intelectual, aterrizó la cabra Remedios, mascando algo dorado.

Hubo un silencio sagrado. Ibarra, con las manos a la espalda, contempló el montón con una ceja levantada y una sonrisa que habría merecido un lugar en un museo.

-Buenos días, sargento.

-Buenos... días... mi coronel -logró articular Peña, desde el fondo del montón.

-Qué bien se les oye desde dentro.

-Es la acústica.

-Una acústica excelente. Se lo diré al arquitecto. -Se inclinó un poco hacia Dalia-. Y usted, señorita, lleve cuidado con esa sartén. Es un arma de gran poder.

-Gracias, mi coronel.

-Y a la inspectora, mi enhorabuena. Tiene usted un gusto exquisito en joyería.

-Bee -dijo Remedios, con modestia.

Pasó por encima de ellos con un paso largo y elegante, sin perder la sonrisa, y su silueta se alejó por el pasillo mientras los tres, todavía enredados en el suelo, escuchaban cómo se perdían sus botas en el eco del edificio. Cuando el último rumor se apagó, Dalia soltó un gemido, se apartó el pelo de la cara y miró a los dos que seguían en pie con una expresión de sublime inocencia.

-Pasábamos por aquí.

-Por supuesto -dijo Kaspian.

-A las diez de la mañana.

-Claro.

-Con una cabra.

-No lo dudo.

-Nos apoyamos en la puerta.

-Se nota.

Meriem, que llevaba cuarenta minutos aguantándose todo, empezó a reírse. Primero fue un temblor en los hombros. Después una especie de hipo. Después se le doblaron las rodillas, se apoyó en el escritorio y se rio con tantas ganas que le rodaron las lágrimas, mientras Peña, avergonzado, intentaba incorporarse con un pie enganchado en la correa de la sartén y la cabra le mordisqueaba la oreja con aire distraído.

-Es nervioso -explicó Dalia, entre carcajadas.

-Es una risa de liberación -sentenció Olmos, que acababa de aparecer en el umbral con un delantal limpio y una bandeja de bollos tibios-. Es medicinal.

-¿Cómo sabía que había que traer bollos?

-Los cocineros sabemos cuándo se acerca una catástrofe.

Se encerraron los seis en la oficina del general, con la puerta cerrada con dos vueltas de llave y la cabra relegada al pasillo con una zanahoria como soborno. Los bollos estaban calientes, olían a canela y a pan recién hecho, y durante un rato nadie dijo nada. Se limitaron a masticar en silencio, con los ojos fijos en el bolsillo de Meriem, como esperando que de él saliera una respuesta.

-Hay que abrirlo -dijo Dalia, al fin.

-Lo sé.

-Antes de que se te caiga solo.

-Dame un minuto.

Meriem sacó el sobre, lo apoyó sobre el cajón que hacía las veces de mesa y lo contempló sin tocarlo. Había algo inquietante en su aspecto. Estaba más abultado de lo que recordaba. La solapa, que ella había cerrado con un dedo de saliva y un trozo de cinta adhesiva, estaba ahora perfectamente sellada, con un pegamento fresco y brillante.

-Lo han abierto -dijo Kaspian.

-Y lo han cerrado de nuevo.

-Con mucho cuidado.

-Para que lo notáramos.

-Eso mismo.

Ella introdujo un dedo bajo la solapa y tiró. El pegamento cedió con un chasquido seco. Dentro, como esperaba, estaba la fotografía de Elías Navarro, joven, sonriente, con aquel uniforme de campaña y la misma mirada franca que había visto tantas veces a la luz de una linterna. Pero encima, apoyada entre el papel y el cartón, había una segunda fotografía más pequeña, de tamaño carné, que ella no había visto jamás.




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