¡ Si, Mi General!

Capítulo 21: Doce metros de mala idea

Meriem salió de la enfermería sin saber exactamente cómo había cruzado la puerta.

Caminó tres pasos, se detuvo, volvió a caminar. Tenía en el bolsillo la carta de su padre y en la cabeza una especie de zumbido blanco, como el de una radio mal sintonizada. El sol se había hundido casi del todo detrás de las colinas y el campamento estaba teñido de un naranja sucio, de ese color que toman las tardes cuando están a punto de volverse noche. Alguien había encendido ya la farola del almacén de municiones, y su luz parpadeante hacía bailar las sombras de los barracones sobre la grava.

Un hombre con una caja bajo el brazo. A las cuatro de la madrugada. Un vaso de agua.

Se imaginó a su padre, a don Ernesto Alcázar, el de los trajes de tres piezas y el periódico financiero, sentado en una camilla de enfermería a la luz de una lámpara, con el pelo gris revuelto y los zapatos de piel cubiertos de polvo. No lograba que la imagen cuajara. Era como intentar visualizar a un elefante en bicicleta. Y sin embargo, cuanto más la miraba, más real le parecía, más suya, más cargada de un cansancio que nunca le había visto en casa.

-Si me tropiezo contigo otra vez, te pongo cascabel -dijo una voz grave junto a su codo.

Dio un brinco. Kaspian estaba apoyado contra la esquina de la enfermería, con los brazos cruzados y la gorra echada hacia atrás, como si llevara allí una hora. Probablemente la llevaba.

-Me ha asustado.

-Es un defecto suyo.

-Es un defecto suyo aparecer como un fantasma.

-Táctica de sigilo.

-Eso dicen los fantasmas.

Había algo distinto en su manera de mirarla. Menos parapetado, más cercano. Meriem sospechó que había estado oyendo a través de la ventana, pero no tuvo fuerzas para reprochárselo. Le tendió la carta sin decir nada. Kaspian la leyó de pie, bajo la farola, con el ceño fruncido y los labios apretados. Cuando llegó al final, la dobló con cuidado y se la devolvió.

-Tu padre estuvo aquí -dijo, tuteándola sin darse cuenta.

-A las cuatro. Y se fue a las seis.

-Con una caja.

-Con una caja.

-Que no es la que tiene Ibarra.

-Eso parece.

-Es muy inteligente.

-Es un Alcázar.

-Una familia peligrosa.

-Nos lo han dicho.

Se quedaron un momento callados. Del fondo del campamento llegaba el sonido apagado de las cocinas, el tintineo de las ollas, el murmullo de la cena. Kaspian se frotó la nuca con una mano, mirando hacia las colinas.

-Necesitamos un sitio donde hablar sin que nos oigan.

-La bodega.

-No. Ya sabemos que Ibarra conoce el número de papas.

-Eso no demuestra nada.

-Demuestra que hay oídos.

-Entonces ¿dónde?

Kaspian levantó lentamente la cabeza. Sus ojos grises recorrieron el cielo, bajaron por la silueta de los tejados y se detuvieron, con una resolución casi cómica, sobre una estructura oscura y oxidada que se erguía en el extremo norte del campamento, recortada contra el último resplandor del día.

-No -dijo Meriem.

-Sí.

-Usted mismo me advirtió que la escalera estaba podrida.

-Lo está.

-Dijo que me iba a romper una pierna.

-Lo sigo pensando.

-Entonces ¿por qué sugiere...?

-Porque es el único lugar del campamento al que nadie va a subir voluntariamente. -Una sonrisa mínima le asomó a la boca-. Y porque la doctora tiene una de las tres llaves.

El ascenso al tanque de agua fue, según todos los testimonios, una de las operaciones más lamentables de la historia militar reciente.

Se reunieron a las ocho en el pie de la torre, uno por uno, a intervalos prudentes, como contrabandistas. Dalia llegó con la sartén y un termo de caldo. Olmos, con un delantal limpio y una expresión de resignación monástica. Peña fue el último, con la cara de un hombre que acude a su propia ejecución, y se detuvo a tres metros de la escalera con la vista clavada en la cima.

-No -dijo.

-Sargento -empezó Kaspian.

-No, mi general. Con todo respeto. No.

-Es una orden.

-Tengo vértigo.

-Nunca me lo había dicho.

-Es información clasificada.

-Son doce metros.

-Son doce metros de mala idea.

-Peña.

-Una vez me subí a una silla para colgar una bandera y me mareé.

-Era una silla.

-Era una silla alta.

Dalia se acercó con paso decidido, le puso las dos manos en los hombros y lo miró a los ojos con esa seriedad práctica que era su marca de fábrica.

-Escúchame, sargento. No mires abajo. No mires arriba. Mira mi espalda y sube detrás de mí. Un peldaño cada vez. Si te mareas, cuentas hasta diez.

-¿Hasta diez?

-Hasta cien, si hace falta.

-¿Y si me caigo?

-Te recojo.

-¿Con la sartén?

-Con la sartén.

Peña asintió, pálido como la leche, y se santiguó con una devoción que nadie le conocía.

Subieron en fila. Primero Kaspian, con paso firme y una linterna apagada entre los dientes. Detrás, Meriem, que ya conocía cada chirrido de aquella escalera como el de un viejo enemigo. Después Dalia, con el termo atado a la espalda y Peña pegado a sus talones, murmurando números en voz baja con una concentración desesperada. Y cerrando la fila, Olmos, que empezó el ascenso con una calma imperturbable y que a la altura del cuarto peldaño produjo, bajo su peso, un crujido tan largo y tan quejumbroso que los cuatro de arriba se quedaron inmóviles.

-Cocinero -dijo Kaspian, con mucha delicadeza.

-Dígame, mi general.

-¿Cuánto pesa usted exactamente?

-Lo suficiente para ser feliz.

-Eso no es un número.

-Es el único que me interesa.

La escalera gimió. Un tornillo cayó desde arriba, rebotó contra una barra de hierro y se perdió en la oscuridad con un tintineo musical. Peña soltó un sollozo. Dalia, sin volverse, le apretó el tobillo para tranquilizarlo. Y Olmos, con una paciencia de santo, retrocedió un peldaño, luego dos, luego tres, hasta quedar de nuevo en el suelo, donde se sacudió las manos con dignidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.