¡ Si, Mi General!

Capítulo 22: La ficha de hojalata

El papel olía a cabra.

Meriem lo sostuvo con dos dedos bajo la luz de la lámpara, a una distancia prudente, mientras Remedios, plantada en medio de la alfombra con el cartel de Inspectora ladeado, la contemplaba con una expresión de infinita dignidad y un resto de baba colgándole de la barbilla. Kaspian seguía de rodillas frente a la silla, con las manos de ella todavía entre las suyas, y se dio cuenta de ello al mismo tiempo que Meriem. Se levantó con una rapidez algo exagerada, carraspeó, se alisó la camisa y dio dos pasos hacia la ventana.

—Léalo otra vez —dijo, de espaldas.

—Ya lo he leído tres veces.

—Pues una cuarta.

—El que te vigila no está arriba. Está abajo. Y tiene el pelo del color del trigo.

—Qué prosa más seca.

—Es una nota. No una novela.

—La letra.

Meriem acercó el papel a la luz. Era una caligrafía pequeña, apretada, con las letras muy juntas y una inclinación hacia la derecha tan pronunciada que parecía a punto de caerse. No tenía las colitas largas de las ges de Navarro. No tenía la redondez de la de su padre. Tampoco era la del tendedero, que había sido más angulosa, más firme, escrita con prisa.

—Es la tercera letra distinta que veo en dos semanas —murmuró—. Me estoy convirtiendo en una experta.

—En un campamento donde todos escriben a escondidas.

—¿Y la cabra?

Los dos miraron a Remedios. La cabra les devolvió la mirada con la serenidad de una testigo que se acoge a su derecho a no declarar.

—Bee —dijo, con cierta condescendencia.

—Alguien se lo dio —razonó Kaspian.

—O lo robó.

—O lo encontró.

—Una cabra no encuentra notas. Las come.

—Entonces alguien se lo puso en la boca y le dijo que me lo trajera.

—Es una cabra, no un perro.

—Es una cabra con ascenso.

La puerta se abrió sin llamar. Por el hueco asomaron, apretujados, Dalia con su sartén, Olmos con una bandeja de infusiones y Peña con la gorra torcida y los ojos como platos. Los tres se detuvieron al ver el panorama, el general de pie junto a la ventana, la soldado con un papel pringoso entre los dedos, la cabra en el centro de la sala como una jueza de paz.

—Veníamos a ver cómo iba la llamada —dijo Dalia.

—Y a traer tila —añadió Olmos.

—Y a decir que Soler se ha ido a dormir y el coronel se ha encerrado en su cuarto —completó Peña—. Sin hacer ruido. Muy sospechoso.

—Cierren la puerta —ordenó Kaspian.

Cerraron. Meriem les tendió la nota. Peña la leyó moviendo los labios, Dalia por encima de su hombro, Olmos con los ojos entornados y la bandeja equilibrada sobre una mano. Cuando terminaron, se hizo un silencio denso.

—El pelo del color del trigo —repitió Dalia.

—Rubio —tradujo Peña.

—Hay cuatro rubios en el campamento —dijo Meriem—. Lo dijiste tú, Dalia. Dos ingenieros que están de permiso, el cabo Ruiz y Tomás.

—Los ingenieros no pueden ser.

—Están a doscientos kilómetros.

—Entonces quedan dos.

—Ruiz —dijo Peña, con una convicción repentina.

—¿Ruiz?

—Es el más sospechoso. Nadie tartamudea tanto sin ocultar algo.

—Sargento, por favor.

—Es lógica.

—Es injusto.

—Es una pista.

—Ruiz no puede haber escrito esta nota —intervino Olmos, con su calma habitual.

—¿Por qué?

—Porque tiene quince palabras. Y Ruiz no ha dicho una frase de quince palabras en los seis años que lleva aquí.

—Podría escribirlo.

—No. Mire los verbos. Vigila, está, tiene. Ninguno empieza por p ni por t. Ruiz evita esas letras hasta cuando escribe. Lo he visto en los pedidos de la cocina.

Hubo un silencio admirado. Dalia asintió despacio, con las cejas arqueadas.

—Eso es observación de nivel pericial.

—Cocinero y detective —dijo Olmos, con modestia—. Cosas de la edad.

—Entonces —murmuró Meriem.

—Entonces —dijo Kaspian.

Nadie pronunció el nombre. Pero todos pensaban en un hombre alto de sonrisa fácil que había regalado su pan seco, bromeado en una trinchera de barro y prometido que, por ella, haría cualquier cosa. Meriem notó que se le formaba un nudo en la garganta. Recordó la silueta en el patio, bajo el candil, fumando junto a alguien más pequeño. Pero también recordó la forma en que había tirado de ella sobre el muro de la pista de obstáculos, y los caramelos que repartía a los reclutas, y las carcajadas en el comedor.

—No quiero que sea él —dijo.

—Nadie quiere —respondió Dalia.

—Es la única persona de este campamento que me ha tratado como si yo no fuera la hija de nadie.

—Eso lo hacen los mejores agentes.

—No me ayudas.

—Perdona. Me crié entre gallinas y sé cómo funcionan los zorros.

La noche se alargó con una infusión de tila, un plato de galletas y una conversación en voz baja que se prolongó hasta las tres. La primera idea fue la de Peña, que propuso arrestar a Tomás y encerrarlo en el almacén de municiones hasta que confesara. Se la descartó por unanimidad cuando alguien recordó que el sargento había olvidado la llave del almacén en la última guardia y que la cabra se había comido el candado. La segunda, de Dalia, fue interrogarlo con la sartén sobre la mesa como argumento disuasorio. Se descartó también, aunque con cierto pesar.

La tercera idea fue de Meriem.

—No le preguntaremos nada —dijo, despacio—. Le daremos algo.

—¿Algo?

—Información. Falsa.

—El anzuelo del limonero —dijo Kaspian.

—Con otro pez.

—Tiene que ser algo que Ibarra quiera —observó Olmos—. Algo que no pueda resistir.

—La ficha.

—Pero si le damos la ficha de verdad...

—No se la daremos. —Meriem sacó la ficha de plata del bolsillo, la sostuvo bajo la luz y la contempló con ternura—. Haremos otra.

—¿Otra?

—Una falsa. Idéntica por fuera. Y la dejaremos en un sitio concreto. Y le diremos a Tomás, solo a Tomás, que ese es el sitio donde la hemos escondido.

—Si Ibarra aparece a buscarla...




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