¡ Si, Mi General!

Capítulo 23: Las papas del señor Ruiz

El cabo Ruiz tardó tres minutos en pronunciar la frase siguiente, y Meriem, que se había prometido ser paciente, descubrió que la paciencia era un músculo que se cansaba mucho antes que los de las piernas.

—Un s-s-señor —dijo él, con los ojos muy abiertos y la brizna de paja temblándole entre los dientes—. Me lo d-dio... un s-señor.

—¿Qué señor?

—M-mayor.

—¿Cuánto de mayor?

—C-como de... se-se-sesenta.

—¿Y cómo era?

El cabo se quedó callado, con la boca entreabierta, haciendo un esfuerzo visible por organizar las palabras en un orden que no lo traicionara. Se pasó la mano libre por el pelo, que, bajo el sol de la mañana, parecía casi blanco, y por fin, con la determinación de un nadador que se lanza a un río helado, respondió de un tirón.

—Traje gris. Gafas finas. Una caja de madera.

Era lo más largo que le había oído decir en toda su vida, y lo había dicho sin una sola vacilación. Meriem se quedó mirándolo con la boca abierta. Ruiz se dio cuenta, se sonrojó hasta las orejas y bajó la vista a sus botas.

—Es q-que cuando me sé la f-frase de antemano, me sale.

—Qué interesante.

—Lo e-ensayé toda la n-noche.

—Pues le ha salido perfecta.

—G-gracias.

Le tendió el papel. Era una hoja doblada en cuatro, de un papel grueso, color crema, que Meriem reconoció al instante por la textura. Lo había visto en la enfermería, en un sobre cuadrado, bajo la mano de una doctora con anillo de plata. Lo tomó con los dedos temblando y miró a Ruiz con una pregunta en los ojos.

—¿Dónde lo vio?

—A las c-cinco. Hacía g-guardia en el p-pozo.

—¿Y qué le dijo?

—Que se lo e-entregara a u-usted. Sola. Y que d-dijera que e-es de Contrato.

Meriem sintió que se le encogía el estómago. Echó un vistazo a su alrededor. El patio estaba lleno de soldados, de ruido, de gritos de instrucción, pero nadie los miraba. Ruiz, con la brizna de paja quieta y los hombros encogidos, parecía un enorme pájaro asustado.

—Una cosa más, cabo. ¿Escribió usted una nota con una cabra?

—¿Y-yo?

—Una que decía que el que me vigila tiene el pelo del color del trigo.

El cabo Ruiz se puso blanco. Después, muy despacio, empezó a reírse. Primero un temblor en los hombros. Luego una especie de hipo. Por fin una carcajada ronca, sorprendente, que le salió como un trueno de aquel cuerpo flaco.

—¡Ese c-cocinero! —logró articular—. ¡Cree q-que no p-puedo escribir con t-t! ¡Yo e-escribo t-todo! ¡Es solo h-hablando que m-me atasco!

—¿Entonces fue usted?

—N-no. Yo n-no escribí esa n-nota.

—¿Sabe quién fue?

—Sí. P-pero no se lo d-digo.

—¿Por qué?

—P-porque me pidió que n-no.

—¿Quién?

—Un a-amigo.

Se quedó callado, con una sonrisa tímida y obstinada, y a Meriem le bastó mirarlo para comprender que de aquel hombre no iba a sacar un nombre ni con tenazas. Tenía el aire de los que han guardado secretos toda la vida. Le puso una mano en el brazo, y él, sorprendido, dio un respingo.

—Gracias, cabo.

—D-de nada, s-soldado.

—Ha sido muy valiente.

—Es q-que con usted s-se me desatan las p-palabras.

—Será la guindilla.

—Será el a-arroz.

Se alejó con pasos largos, sin mirar atrás, y Meriem se quedó junto a la pared, con el papel entre los dedos, sin atreverse a abrirlo. Lo olió. Olía a menta. A papel viejo. A tinta fresca. Y a algo más, apenas perceptible, que ella reconoció con un vuelco en el pecho. Colonia de madera, la de su padre, la misma que se echaba en las muñecas cada mañana.

Lo abrió.

Hija. Si lees esto es que Ruiz es tan fiel como me aseguraron. Ibarra no debe saber que sigo aquí. Esta noche, a las doce y media, en el corral de la cabra, bajo el abrevadero viejo. Trae la ficha. Todo lo demás lo explicaré allí. Tu padre.

La te de Tu estaba escrita con una mayúscula inconfundible. Meriem pasó el dedo por ella, despacio, con una especie de ternura incrédula. Sintió que los ojos se le llenaban de agua, y se obligó a parpadear. No era el momento de llorar en mitad del patio, delante de setenta soldados y una cabra. Pero había una sensación nueva, cálida y asustada, que le subía por la garganta y le decía que tal vez, después de todo, su padre seguía vivo, y que no se había ido a ninguna parte sin pensar en ella.

—No te lo creas todavía —se dijo en voz baja.

La cabra Remedios, que había aparecido a su lado sin hacer ruido, soltó un balido suave.

—No me mires así.

—Bee.

—Es una trampa. Probablemente.

—Bee.

—O no.

La cocina de Olmos, a las diez de la mañana, parecía un cuartel general de conspiradores a punto de jubilarse.

Estaban todos otra vez, con la puerta cerrada, el cartel de Inventario en curso colgado fuera y una cacerola de gachas humeando en el centro de la mesa. Olmos servía con la solemnidad de un sacerdote. Dalia, con la sartén apoyada junto a la silla, mojaba pan en el cuenco con aire meditabundo. Peña, que se había quitado el embudo por fin, aunque conservaba una marca roja en el cuello, escuchaba con la boca llena de pan. Kaspian, de pie junto a la lumbre, leía la carta de la mano de Meriem con la atención de un perito en caligrafía.

—Es su letra —dijo por fin.

—Lo sé.

—La te es la misma. La inclinación. El trazo de la ge.

—Lo sé.

—Y el papel es el de la doctora.

—También.

—Y huele a su colonia.

—Eso no sabía que lo había notado.

—Lo noté en el pasillo, ayer. Estuvo aquí. Se sentó dos horas en la enfermería. —Kaspian dobló la hoja con dedos cuidadosos—. Es auténtica.

—Entonces es mi padre.

—O lo es la nota. Eso no es lo mismo.

—¿Qué quiere decir?

—Que alguien puede conseguir una nota verdadera, robarla, o hacerla escribir bajo coacción, y utilizarla como cebo. Lo hemos hecho nosotros con una ficha de hojalata.

—Entonces ¿qué hacemos?

—Vamos. Pero no solos.




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