Nadie respiró durante un buen rato en el corral de Remedios.
Don Ernesto Alcázar seguía con la linterna a medio alzar, el sombrero en la otra mano y una expresión en la que se mezclaban la ternura y el espanto de quien acaba de pronunciar, sin querer, una frase que llevaba veinte años guardada bajo llave. Kaspian, a tres pasos, no se había movido. Tenía los brazos caídos, los puños abiertos y la mirada fija en el hombre mayor con una quietud tan absoluta que Meriem pensó, por un momento, que se había quedado dormido de pie.
—Mi padre murió en un accidente de tráfico —dijo por fin, con una voz hueca—. Yo tenía catorce años.
—Eso fue lo que le dijeron a tu madre.
—Lo vi en el ataúd.
—Viste un ataúd.
—Señor Alcázar.
—Kaspian. —Don Ernesto dio un paso hacia él, despacio, con las manos a la vista—. Matías Rivas era el mejor de nosotros. El más callado, el más recto, el que nunca dijo una palabra de más. Se parecía a ti hasta en la forma de fruncir el ceño cuando algo le dolía. Cuando te vi en la oscuridad hace un momento, con las manos así, a punto de saltar, creí que era él.
—No me ha contestado.
—No puedo contestarte aquí.
—¿Por qué?
—Porque no estamos solos.
Meriem sintió un escalofrío. Su padre había bajado la voz hasta un hilo, y sus ojos, tras los cristales finos, se movían con una rapidez extraña hacia la valla, el cobertizo, la oscuridad del campamento dormido. Era un gesto que ella no le había visto nunca, el de un hombre que ha pasado semanas mirando por encima del hombro.
—Hay alguien siguiéndome —murmuró—. Desde hace dos días. Un muchacho. Lo vi a las cuatro de la madrugada junto al pozo. Y otra vez ayer, al caer la tarde, mientras esperaba a Ruiz.
—¿Cómo era? —preguntó Kaspian, recuperando de golpe la voz de mando.
—Alto. Joven. Con el pelo muy claro.
—Dios mío —susurró Meriem.
—¿Lo conoces?
—Quizá.
—Entonces con más razón.
Se miraron los tres, y en ese instante la cabra Remedios, que había presenciado la escena desde el montón de paja con la solemnidad de una abadesa en un funeral, se levantó, trotó hasta don Ernesto, le olisqueó el sombrero con interés profesional y, antes de que nadie pudiera impedirlo, se lo arrancó de la mano de un mordisco.
—¡Eh!
—Bee.
—¡Es mi sombrero!
—Bee.
—Es de Madrid. Costó doscientos euros.
—Bee, bee.
—Papá, suéltalo.
—¡Me lo está comiendo!
—Es el precio de la hospitalidad.
Don Ernesto tiró del ala con las dos manos, en un forcejeo absurdo y digno, hasta que la cabra, en un gesto de magnanimidad, soltó la presa con un trozo de fieltro entre los dientes y se retiró con aire de haber cumplido su deber. El hombre contempló el sombrero deshilachado, la cabra masticando, el cartel de Inspectora y, finalmente, la media charretera dorada que Remedios llevaba prendida al collar con un alfiler, y alzó una ceja con una expresión de infinita perplejidad.
—Hija —dijo—. ¿Por qué hay una cabra condecorada?
—Es la inspectora.
—Ya.
—Tiene rango.
—Entiendo.
—No la mires a los ojos.
—Tengo la sensación de que ya lo he hecho.
Kaspian soltó una risa corta, nerviosa, y se pasó una mano por el pelo. Fue como si hubiera aflojado una cuerda tensa. Dio un paso adelante, otro, hasta quedar a un metro de don Ernesto, y le tendió la mano con una formalidad torpe.
—Encantado, señor.
—El gusto es mío, hijo.
—Disculpe mi reacción.
—No hay nada que disculpar. —Le estrechó la mano con las dos suyas, con una fuerza inesperada—. Si yo hubiera oído lo que acabas de oír, me habría desmayado.
—Estuve a punto.
—Se nota.
—Ya hablaremos de mi padre. Pero antes, ¿podemos salir de aquí?
—Te lo iba a proponer.
Se refugiaron en el cobertizo, una construcción de tablas con un tejado de chapa y un suelo cubierto de paja seca que olía a heno y a cabra. Meriem encendió una lámpara de petróleo y la colgó de un clavo, y la luz amarilla pintó el interior de un color dorado y cálido, casi acogedor. Se sentaron los tres sobre fardos, formando un triángulo, con la caja de madera de los herrajes de bronce entre ellos, sobre una tabla. Remedios se coló detrás, se tumbó a los pies de Meriem con un suspiro y se quedó contemplando a los reunidos con una paciencia de testigo.
—Bueno —dijo don Ernesto, quitándose las gafas para frotarse los ojos—. Por dónde empiezo.
—Por el principio —sugirió Meriem.
—No es una historia con principio.
—Todas lo tienen.
—Esta empieza hace cuarenta años, en un cuartel de provincias, con cinco muchachos que no sabían nada de nada.
Hizo una pausa. Se puso las gafas de nuevo. Pasó los dedos sobre la tapa de la caja con una caricia casi religiosa.
—Eran cinco. Aurelio Alcázar, mi padre. Gaspar Ibarra. Matías Rivas. Ilse, que entonces llevaba una trenza hasta la cintura. Y Víctor.
—Víctor —repitió Kaspian.
—Víctor Brandt.
El silencio que siguió fue breve, pero lo bastante largo para que Meriem sintiera que algo se le deslizaba por la espalda. Brandt. Lo había oído miles de veces en el último mes, en la formación, en el comedor, en voz de sargentos que pasaban lista. Soldado Brandt, soldado Brandt, soldado Brandt.
—Tomás —murmuró.
—¿Cómo?
—Hay un soldado en el campamento. Tomás Brandt.
Don Ernesto se puso muy serio.
—¿Rubio?
—Muy.
—¿Alto?
—Casi dos metros.
—¿Con una sonrisa que desarma a la gente?
—Sí.
—Entonces es él. —Cerró los ojos un instante—. Es el hijo de Víctor. Se parece tanto que me dio un vuelco el corazón cuando lo vi junto al pozo.
—No lo entiendo —dijo Kaspian—. Ayer le oí hablar con Peña. Dijo que su padre murió en un naufragio.
—Eso es lo que le contaron.
—¿Y no es cierto?
—Víctor Brandt murió. Pero no en el mar. —Don Ernesto bajó la vista a sus manos—. Murió hace seis años, en una montaña, con una nevada que cayó dos días antes de lo previsto.