¡ Si, Mi General!

Capítulo 25: La pregunta sin respuesta

Durante tres segundos nadie en el corral supo qué cara poner.

Don Ernesto retrocedía con la caja apretada contra el pecho y los ojos desorbitados tras las gafas torcidas. Meriem, con la boca abierta y los brazos a medio levantar, parecía una estatua a la que alguien hubiera quitado de golpe el pedestal. Dalia, con la sartén en alto, miraba al uno y a la otra sin decidir a quién convenía golpear primero. Peña se había agarrado a una tabla de la valla con los ojos cerrados, murmurando que él no estaba, que no había oído nada, que lo suyo eran las papas. Y Remedios, que había aprovechado el desconcierto para terminarse el sombrero de don Ernesto, soltó un eructo largo y satisfecho.

—Bee —dijo.

—¿Cómo que yo tampoco soy tu hija? —logró articular Meriem, con una voz que subió una octava a mitad de la frase.

—Tú has dicho que no sabes el nombre del rosal.

—¡Porque no lo tiene!

—Eso sería lo que diría una impostora.

—¡Eso sería lo que diría una persona que lleva veintiséis años mirando ese rosal y jamás ha oído que tuviera nombre!

—Muy convincente.

—¡Papá!

—¡No me llames así!

—¡Es lo único que sé llamarte!

—¡Eso es lo que me preocupa!

—¡Eres un irresponsable!

—¡Y tú una embustera!

—¡Y tú no sabes ni cuál es mi postre favorito!

—¡Claro que lo sé!

—¿Cuál?

—¡El flan!

—¡Es el de Andrés!

—¡Es el de los dos!

—¡Yo odio el flan!

—¡Desde cuándo!

—¡Desde los nueve años!

—¡Pues nunca me lo dijiste!

—¡Te lo dije mil veces, papá! ¡Lo dije en la boda de la tía Beatriz, con la cuchara en alto, delante de cuarenta invitados!

—¡Estaba hablando por teléfono!

—¡Siempre estás hablando por teléfono!

El grito se oyó hasta en la cocina de Olmos, a doscientos metros. En el cobertizo, una gallina dormida bajo el tejado dio un salto y cayó de espaldas. Kaspian, que había contemplado el intercambio con una expresión de profunda estupefacción creciente, dio por fin un paso adelante y se interpuso entre los dos con los brazos extendidos como un árbitro.

—Silencio.

—Pero él...

—Silencio, he dicho.

—Ella ha empezado.

—Silencio los dos. —La voz de general cayó sobre el corral como una losa—. Se están gritando como una familia de verdad. Si alguno de los dos fuera un impostor, le habría salido mucho mejor la discusión.

Hubo un silencio asombrado. Meriem se quedó con la boca entreabierta. Don Ernesto bajó poco a poco la caja unos centímetros y miró al general con la cabeza ladeada.

—Es una observación interesante.

—Es lógica pura.

—Nadie finge tan mal una pelea doméstica.

—Y nadie sabe tanto de reproches ajenos —añadió Dalia, bajando por fin la sartén— si no ha escuchado los suyos propios durante años.

—Yo escribí el flan en mi agenda —dijo don Ernesto, con un hilo de voz.

—Qué detalle.

—No me acordaba de que lo odiabas.

—Ya lo veo.

—Perdona.

—Está bien.

Se miraron. Entre los dos, a cuatro pasos de distancia, parecía haberse abierto una grieta enorme, llena de años y de silencios, y por un instante ninguno supo cómo cruzarla. Fue Meriem la que dio el paso. Avanzó despacio, con las manos a la vista, como se avanza hacia un animal asustado, y se detuvo frente a él.

—Papá.

—Meri.

—No sé cómo se llama el rosal.

—Lo sé.

—Porque no tiene nombre.

—Lo sé, hija.

—¿Lo sabes?

—Claro que lo sé. —Una sonrisa temblorosa le fue asomando entre las arrugas—. Lo planté yo. No le puse nombre jamás. La pregunta era una trampa.

—¿Una trampa?

—La única que no tiene respuesta correcta. Una impostora, si hubiera estudiado a fondo el jardín, habría inventado un nombre. Rosalinda, o Margarita, o cualquier cosa que sonara verosímil. Solo la verdadera Meriem Alcázar, con su orgullo y su mala memoria para los jardines, habría contestado que no lo sabía.

—Y que no lo tiene.

—Y que no lo tiene. —La voz se le quebró—. Perdóname. He pasado dos semanas escondido, dudando de todo. De Ibarra, de la doctora, de mi sombra. Cuando Tomás Brandt me dijo que mi hija me llamaría papá, por un momento creí que era verdad que alguien podía haberte sustituido.

—Papá. Siempre te he llamado papá.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué...?

—Porque tenía miedo. —Le tomó la cara entre las manos con una ternura que le temblaba en los dedos—. Y cuando se tiene miedo, uno se vuelve estúpido.

Meriem se echó a reír entre sollozos. Se lanzó a sus brazos otra vez, con la fuerza de una embestida, y el hombre la estrechó contra el pecho con la caja de madera entre los dos, golpeándoles las costillas. Era un abrazo torpe, doloroso, lleno de ángulos y de herrajes de bronce, y sin embargo les pareció a ambos el más perfecto de sus vidas.

—Eres un tonto —le dijo ella, contra su abrigo.

—Y tú una tozuda.

—Es de familia.

—Eso lo sé muy bien.

Peña, junto a la valla, sorbió por la nariz con tanto ruido que Dalia le tendió un pañuelo sin mirarlo. El sargento se sonó con un trompeteo ceremonioso y murmuró algo sobre las papas, que se le habían metido en el ojo. Remedios se acercó a los dos abrazados, olisqueó el abrigo de don Ernesto con aire de tasador y, tras una breve deliberación, le dio un golpecito con la frente en la rodilla, a modo de absolución.

—Bee.

—Gracias, inspectora —dijo don Ernesto, sin soltar a su hija.

—Bee.

—No se lo digas a mi sombrero.

Kaspian se quedó un paso atrás, observando la escena con las manos a la espalda. No había en su rostro ni burla ni impaciencia. Solo una especie de quietud honda, la de quien contempla una cosa que ha perdido hace tiempo y que de pronto se le muestra, intacta, en manos ajenas. Fue Dalia la que lo notó. Se acercó a él sin hacer ruido y le habló en un susurro.

—¿Está bien, mi general?

—Perfectamente.

—Tiene los ojos rojos.




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