¡ Si, Mi General!

Capítulo 26: El cuaderno de tapas de cuero

Los pasos se quedaron quietos al otro lado de la puerta, y en la cocina de Olmos nadie se atrevió a respirar.

Dalia fue la primera en reaccionar. Levantó la sartén con las dos manos y se colocó junto al marco, pegada a la pared, con los ojos entornados y la mandíbula apretada. Peña, que no tenía ninguna intención de participar en un combate cuerpo a cuerpo, se metió debajo de la mesa con tanta rapidez que se golpeó la cabeza contra el tablero y soltó un gemido que se oyó hasta en el pasillo. Olmos agarró con la mano derecha un cucharón de madera de medio metro y, con la izquierda, cubrió la caja abierta con el mantel blanco, con un gesto tan suave y tan rápido que parecía de prestidigitador. Kaspian se colocó delante de Meriem sin que nadie se lo pidiera. Don Ernesto, sentado en su taburete, tomó su taza de tila y bebió un sorbo con una serenidad absolutamente fingida.

Pasaron diez segundos. Veinte. En algún lugar de la cocina, una gota cayó del grifo con un tintineo que sonó a campanada.

—¿Quién va? —preguntó Kaspian, con una voz baja y plana.

—Soy yo.

Era una voz de hombre, cansada, aguda, con un temblor en las vocales. Meriem la reconoció antes de que el dueño volviera a hablar.

—Dé la contraseña —ordenó el general.

—No la tengo.

—Entonces no entra.

—Es que... —Se oyó un carraspeo—. Me han dicho que existe una, pero no me la han dicho a mí.

—Papa —susurró Peña, desde debajo de la mesa, con una voz de ultratumba.

—¿Cómo?

—Papa. Es la contraseña. Digan papa.

—Papa —repitió la voz, con una cortesía desconcertada.

—Pase —dijo Kaspian, con un suspiro.

La puerta se abrió despacio. Por el hueco apareció, iluminado desde abajo por la llama de una vela, un hombre menudo de unos cuarenta años, con la cara larga, unas gafas redondas empañadas por el sudor y un camisón de dormir de franela azul que le llegaba hasta los tobillos. Llevaba el pelo aplastado por un lado y erizado por el otro, y sostenía con ambas manos un plato de galletas, que ofreció a la cocina entera con una inclinación de cabeza.

—Buenas noches. Traigo galletas.

El silencio fue total. Dalia, con la sartén todavía en alto, bajó el brazo muy despacio. Olmos contempló el plato con el interés profesional de quien detecta un producto de calidad. Peña asomó la cabeza por debajo del mantel, con la servilleta torcida sobre la frente, y murmuró con un hilo de voz:

—Capitán Soler.

—Sargento.

—Va en camisón.

—Me han sacado de la cama.

—¿Quién?

—Mi conciencia.

Entró, cerró la puerta tras de sí con un cuidado infinito y dejó el plato sobre la mesa, junto a la caja cubierta. Se quitó las gafas, las limpió con el borde del camisón, volvió a ponérselas, y miró a los presentes con una expresión de agotamiento tan sincera que Meriem, a pesar de todo, sintió una punzada de compasión. Era el rostro de alguien que lleva años cargando con algo pesado y que acaba de decidir, en mitad de la noche, que ya no puede más.

—Vengo a decirles que el coronel sospecha —dijo.

—Eso ya lo sabemos —respondió Kaspian.

—No saben cuánto. —Soler se pasó una mano por la cara—. Hace dos horas, mientras todos dormían, reunió a cuatro soldados del Estado Mayor en el cuarto de invitados. Les ordenó registrar a las seis la bodega de las papas, la enfermería, el corral de la cabra y esta cocina.

—¿Esta cocina?

—Con prioridad.

Olmos dejó el cucharón sobre la mesa, despacio, con una dignidad herida.

—Pues que registren —dijo—. No hay nada que ocultar. Salvo esa caja. Y mi receta del flan.

—Cocinero, por favor.

—Es una receta muy valiosa.

—Lo sé, lo sé. —Soler levantó las manos—. Pero no he venido por eso. He venido porque no puedo seguir callando.

—¿Callando qué? —preguntó Meriem.

El capitán la miró. Tenía los ojos pequeños y húmedos tras los cristales empañados, y por primera vez desde que lo conocía, ella tuvo la sensación de ver a un hombre entero, y no a un funcionario con carpeta. Respiró hondo, dio un paso hacia la mesa y, con una voz que le salió ronca, casi inaudible, dijo:

—Que fui yo quien escribió la nota de la cabra.

Dalia soltó un jadeo. Peña, bajo la mesa, dio un respingo que hizo tintinear la vajilla.

—¿Usted? —exclamó Kaspian.

—Yo.

—El que me vigila no está arriba. Está abajo. Y tiene el pelo del color del trigo.

—Esa frase la escribí yo. Con mi mano izquierda, para disimular la letra. Se la di a la cabra con un trozo de zanahoria.

—¿Por qué con una cabra?

—Porque es la única criatura de este campamento a la que nadie vigila.

—Tiene sentido —admitió Olmos.

—Es un animal de gran discreción —añadió Don Ernesto, con mucha seriedad.

—Bee —dijo la cabra, desde su rincón, con modestia.

Kaspian se había quedado quieto, con los brazos cruzados y la mirada fija en el capitán. No había enfado en su rostro, sino una atención glacial.

—¿Y por qué lo hizo?

—Porque llevo doce años siendo el ayudante de Gaspar Ibarra. —Soler tragó saliva—. Y llevo once sabiendo que lo que hace no es legal.

—¿Qué sabe exactamente?

—Poco. Mucho menos de lo que querría. Solo que cada cierto tiempo, cuando un expediente se acerca demasiado a Cumbre Fría, el expediente desaparece. Que hay una caja en su despacho a la que nadie tiene acceso. Y que hace seis años, la noche anterior a la operación, vi una orden firmada por él que decía una cosa y, a la mañana siguiente, otra distinta.

—El parte cambiado —murmuró Meriem.

—Exacto.

—Peña lo dijo en sueños.

—Lo sé. Lo oí.

—¿Cómo?

—Porque estaba en la lavandería.

Todos se volvieron hacia el sargento, que había salido de debajo de la mesa y se había puesto de pie con las mejillas encendidas. Soler le dedicó una sonrisa cansada.

—Esa noche vigilaba a la soldado Alcázar desde el tendedero. Vi entrar a Peña con su camiseta y sus patitos. Y le oí decir lo que dijo.




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