¡ Si, Mi General!

Capítulo 27: Desayuno con el coronel

Durante dos segundos, nadie en la cocina hizo absolutamente nada.

Después todos hicieron algo a la vez, y la mayor parte de lo que hicieron fue un error.

Olmos agarró el mantel blanco con las dos manos y lo lanzó sobre la caja de madera, lo que habría sido una buena idea si no hubiera arrastrado con él dos velas, un frasco de aceite y la cucharita de café, que cayeron al suelo con un estrépito de orquesta. Peña, bajo la mesa, intentó retroceder, golpeó el tablero con la nuca, soltó un quejido y se llevó las dos manos a la cabeza. Dalia metió la sartén detrás de la espalda con tanta rapidez que se dio en el trasero. Soler, que estaba sentado en su taburete con una galleta a medio comer y un camisón de franela azul, se puso de pie de un salto y miró a su alrededor con una expresión de pánico mudo, como un conejo que descubre que la madriguera tiene una sola salida y es precisamente la puerta que están llamando.

—Mi querido Rivas —repitió la voz, al otro lado de la madera, con una paciencia exquisita—. ¿Se encuentran bien? Me ha parecido oír un estrépito.

—Es la vajilla —dijo Olmos, en un susurro furioso, mientras recogía el aceite del suelo—. Se cae sola.

—Qué vajilla tan inquieta.

—Es una tradición de la casa.

Fue Kaspian quien tomó el mando. Con una serenidad de ajedrecista, se llevó un dedo a los labios, señaló con la barbilla los objetos que había sobre la mesa y fue distribuyendo órdenes con gestos mínimos. El cuaderno de tapas de cuero fue a parar al interior del horno apagado, bajo una bandeja de pan, por orden de Olmos, que juró que a esas horas nadie lo abría. La caja de madera, con sus herrajes de bronce, desapareció dentro de la olla más grande de la cocina, la de las gachas, que Dalia cubrió con la tapa y con un cucharón encima para dar sensación de uso. Las cartas amarillentas, atadas con su goma vieja, fueron a parar a las manos de Soler, que las miró sin comprender hasta que Meriem, con un movimiento rápido y desesperado, se las metió bajo el camisón.

—¡Eh!

—Silencio.

—Me hacen cosquillas.

—Aguante.

—Es que están frías.

—Es una orden.

—Sí, soldado.

Las llaves, la de plata abierta y la del reloj, desaparecieron en los bolsillos de Kaspian. Las fichas, la de hojalata incluida, quedaron bajo la bandeja de las galletas. Y el capitán Soler fue empujado hacia la despensa sin ceremonias, entre sacos de lentejas y cajas de latas, con las cartas aún crujiéndole bajo la franela y una última galleta apretada en el puño, como un soldado que lleva en la mano su única arma.

—No salga hasta que le avisemos.

—¿Y si me da la tos?

—Piense en cosas tristes.

—No tengo ninguna a mano.

—Cuente papas.

—Qué idea más cruel.

Cerraron la puerta de la despensa. Quedaba don Ernesto, sentado en su taburete, que no se había movido. Tenía la taza de tila entre las manos y una expresión extraña, serena y vieja, la de quien ha tomado una decisión que los demás todavía no han comprendido.

—Papá —susurró Meriem—. Métete en el armario.

—No.

—Es una orden del general.

—No es mi general.

—Es mi general.

—Pues entonces que me lo ordene él.

—No pienso hacerlo —dijo Kaspian, desde la puerta.

—¿Cómo?

—Si Ibarra lo ha buscado durante semanas y ya está al otro lado de la madera, esconderse es lo peor que puede hacer. Lo olería. —Se volvió hacia el hombre mayor—. Señor Alcázar. Si prefiere quedarse, quédese. Pero no diga nada que no quiera que oiga.

Don Ernesto asintió despacio. Se ajustó las gafas, se alisó el abrigo arrugado y recobró, por un instante, el aire de quien había presidido consejos de administración durante treinta años. Olmos se secó las manos en el delantal, caminó hasta la puerta y, con una dignidad impecable, la abrió de par en par.

—Mi coronel. Qué honor.

—Cocinero. Buenos días.

El coronel Ibarra entró en la cocina como entraba siempre en los sitios, con una sonrisa tranquila y la espalda recta, vestido de gala, impecable, con una charretera nueva en cada hombro y la gorra bajo el brazo. Olía a colonia cara y a madrugada. Llevaba en la otra mano una bandeja de plata cubierta con una servilleta, que depositó sobre la mesa con una delicadeza ceremonial.

—He traído el desayuno —dijo—. Los cocineros no desayunan nunca, y eso es una crueldad.

—Muy amable.

—Pastelitos de crema, de la panadería del pueblo. Los encargué ayer.

—Qué previsión.

—Hay que tener previsión con la gente a la que se quiere.

Recorrió la cocina con la mirada, despacio. Los platos revueltos. El suelo manchado de aceite. Las velas caídas. Dalia, de pie junto a la lumbre, con una sonrisa congelada y un brazo extraño a la espalda. Peña, que había salido de debajo de la mesa y se había sentado en una silla con aire de profunda indiferencia, con la servilleta todavía atada a la cabeza. Meriem, apoyada contra el aparador con las manos entrelazadas. Kaspian, rígido, junto a la ventana. Y, en un taburete, sentado como en su casa, con la taza de tila entre las manos, el único hombre que no había intentado ocultarse.

El coronel se detuvo. Sus ojos azules se posaron en don Ernesto. Hubo un instante, un solo instante, en que la sonrisa se le quedó fija, y algo se movió en su rostro, no sorpresa, sino una especie de ternura cansada, casi dolorosa.

—Ernesto.

—Gaspar.

—Por fin.

—Veinte años.

—Veintidós.

—Qué precisión.

—Siempre fui mejor que tú con los números.

Don Ernesto se puso en pie. Fue un gesto lento, pausado, de dos hombres que se miran desde lados opuestos de un río muy ancho. Se midieron en silencio. Ninguno de los dos hizo el menor ademán de acercarse. Después, para asombro de los presentes, Ibarra sonrió de una forma nueva, más pequeña, más sincera, y extendió la mano. Don Ernesto la estrechó. Fue un apretón corto, seco, cargado de años.

—Estás más viejo —dijo Ibarra.




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