Los cuatro soldados del Estado Mayor llegaron a las seis en punto, tal como había anunciado el coronel, y se encontraron con un desayuno.
Era un desayuno enorme. Olmos lo había improvisado en veinte minutos con una eficacia de general en retirada, y para cuando el cabo que mandaba la patrulla empujó la puerta de la cocina con la mano en la funda de la pistola, la mesa larga estaba cubierta de tazones de arroz con canela, tostadas con miel, huevos revueltos con cebolla frita y una cesta de bollos humeantes que olían a gloria. Detrás de la mesa, con las mangas arremangadas y una sonrisa de bondad imperturbable, esperaba el cocinero, flanqueado por Dalia, que servía café con la sartén colgada del cinturón como un adorno de mal gusto, y por Peña, que había recuperado la servilleta de la cabeza y se la había atado al cuello a modo de babero, con aire de comensal ilustre.
—Pasen, pasen —dijo Olmos—. Siéntense. Hay para todos.
—Venimos a registrar —respondió el cabo, un hombre de mandíbula cuadrada y ojos fríos que no parecía acostumbrado a que lo recibieran con huevos.
—Pues registrarán con el estómago lleno.
—Es una orden del coronel.
—El coronel desayuna a las siete. Ustedes llevan despiertos desde las cuatro. Es una crueldad.
—No tenemos hambre.
—Eso lo dicen todos al principio.
Los cuatro soldados se quedaron plantados en el umbral, rígidos como postes, con las miradas fijas en el vapor que subía de los tazones. Olmos sirvió el primero. Nadie lo recogió. Sirvió el segundo. Una mano, la del más joven, se movió apenas. Al tercero, el cabo carraspeó, miró de reojo a sus compañeros y, con la expresión de quien traiciona a su patria por una buena causa, tomó una tostada.
El registro duró cuarenta y cinco minutos y fue, según el parte oficial que redactó el capitán Soler esa misma tarde, exhaustivo, minucioso y absolutamente infructuoso. Revisaron la despensa, donde no encontraron más que lentejas y una gallina dormida. Revisaron los armarios, donde no encontraron más que ollas. Revisaron el horno, donde encontraron una bandeja de pan, y la olla grande de las gachas, donde encontraron gachas. El más joven de los soldados, un muchacho pecoso que había repetido de huevos tres veces, levantó incluso las tablas del suelo con un destornillador, mientras Remedios, desde la puerta, vigilaba el proceso con la mirada severa de una supervisora de obras.
—Bee.
—Perdone, ¿puede apartarse? —preguntó el soldado.
—Bee.
—Es que necesito pasar.
—Bee, bee.
—Cabo, la cabra no me deja.
—No se meta con la cabra —dijo el cabo, sin volverse—. Es la inspectora.
—Ya, pero...
—Tiene más rango que usted.
Dalia se tapó la boca. Peña, con la nariz metida en su taza, se atragantó. A las siete menos cuarto, tras una última ojeada al techo, el cabo dio la orden de retirada, devolvió una tostada que no había terminado y, ya en el umbral, se volvió hacia Olmos con una expresión que, por un segundo, dejó de ser la de un militar.
—Los huevos estaban muy buenos —dijo, en voz baja.
—Gracias.
—No se lo diga a nadie.
—Seré una tumba.
—Y hay una cosa más.
—Dígame.
—Mi superior me ha pedido que le recuerde que a las doce, el jeep estará reparado. Si alguien quiere subir al Paso Norte antes, lo tendrá fácil. Nadie lo detendrá.
—Qué amable.
—Es un mensaje del coronel.
—Lo transmitiré.
—Y no de nosotros.
—Entendido.
Salieron de la cocina en fila, con el paso rígido de quien ha pasado una prueba de lealtad sin saber si ha sido aprobado. Cuando el último eco de sus botas se desvaneció, Dalia dejó escapar un suspiro tan largo que le hizo temblar el delantal, y Peña se bajó el babero hasta el cuello con una expresión de victoria.
—Nos han dejado pasar.
—Nos han dejado ir —corrigió Olmos.
—¿Cuál es la diferencia?
—Que cuando te dejan ir, es porque quieren que vayas.
Se reunieron a las once en la bodega de las papas, sin cartel de Inventario ni nada, porque a esas alturas el secreto de la bodega era el más pobremente guardado del campamento. Estaban todos los que habían estado en la cocina, y además el capitán Soler, que había recuperado su uniforme, su carpeta y una dignidad casi intacta, aunque conservaba en la solapa una miga de galleta que nadie se atrevió a señalarle. Sobre el cajón que hacía de mesa habían extendido el mapa dibujado por Aurelio Alcázar, el del valle, el río y los dos picos, y a su lado, desplegado con cuidado, el mapa oficial de la región, que Kaspian había sacado de su oficina.
—Catorce kilómetros —dijo Kaspian, pasando un dedo por la línea de un sendero—. Hasta el pie del Paso Norte. Después, tres horas de ascenso por una cresta, y una cabaña en el último repecho.
—Una cabaña de pizarra —leyó Meriem.
—Con una puerta de roble.
—Lo dice el cuaderno.
—Lo recuerdo. Pasé a su lado dos veces, hace seis años, y nunca la vi.
—Estaba escondida.
—Estaba a la vista. Eso es lo peor.
Se hizo un silencio breve. Kaspian apoyó las manos sobre el mapa, con los hombros ligeramente caídos y la mirada perdida en una zona del papel donde alguien, hace mucho tiempo, había dibujado una cruz a lápiz. Meriem observaba su perfil con una atención que no sabía cómo disimular. Había algo distinto en él desde que había leído el último párrafo del cuaderno, algo contenido y vibrante, como una cuerda tensa a punto de sonar.
—Saldremos esta tarde, a las cuatro —continuó—. Caminaremos toda la noche. Llegaremos al pie del paso antes del amanecer.
—¿Y los demás? —preguntó don Ernesto.
—Hay que dejar el campamento cubierto. Si falta demasiada gente, el coronel lo notará.
—Ya lo sabe.
—Pero conviene que le cueste justificarlo.
—Yo me quedo —dijo Soler.
Todos se volvieron hacia él. El capitán se ajustó las gafas, tragó saliva y se enderezó, con la carpeta pegada al pecho.