Nadie respondió de inmediato a las palabras de Tomás Brandt, porque en el claro del Paso Norte, a las dos de la madrugada, con el viento silbando entre las rocas y una luz diminuta temblando en lo alto de la montaña, cualquier respuesta parecía demasiado pequeña.
Dalia fue la primera en moverse. Descolgó la sartén de la espalda con una lentitud deliberada, la sostuvo frente a sí con las dos manos y dio un paso hacia el muchacho rubio, que se había quedado quieto entre los dos peñascos, con las manos fuera de los bolsillos y la cara pálida bajo la luz del farol.
—Habla —dijo.
—Ya he hablado.
—Has dicho que alguien nos vigila.
—Y que Meriem lo conoce muy bien.
—Eso no es hablar. Eso es dar vueltas.
—Lo sé.
—Pues dime un nombre.
—No puedo.
—Por qué no.
—Porque si me equivoco, rompo algo que no se arregla. —Tomás tragó saliva—. Y porque prefiero que lo vean ellos con sus ojos.
Dalia entornó los párpados. La sartén no se movió ni un milímetro. Detrás de ella, Peña, que había acabado sentado sobre una roca con la lengua fuera y el embudo colgándole del cinturón, soltó un gemido apenas audible, y Olmos, que seguía de pie con la mochila gigantesca a cuestas, dejó escapar un suspiro largo y profundo, el de quien lleva demasiado tiempo cargando un jamón en una noche que se ha puesto seria.
—Tomás —dijo Meriem.
Era la primera vez que hablaba desde su llegada. Había dado dos pasos hacia delante, con el abrigo de piel de oveja arrastrándole por la grava y el gorro de lana calado hasta las cejas, y se había detenido a un metro de él. A la luz del farol, la cara del muchacho parecía distinta, más afilada, sin esa sonrisa que le había dado sombra y calor durante tantas semanas.
—Dime la verdad. Una sola. ¿Fuiste tú quien se llevó mi sobre?
—Sí.
El silencio que siguió fue tan seco que se oyó crujir una piedra bajo la bota de alguien.
—¿Sí?
—Sí. Fui yo. La noche que Rivas te llamó a su oficina. —Tomás no apartó la vista—. Estuve rondando la puerta del barracón hasta tarde, como te dijo Dalia. Entré cuando salió la cabo Ferrer. Lo encontré debajo de tu almohada.
—Me lo robaste.
—Lo tomé prestado.
—Eso es robar.
—Lo sé. No tengo excusa. —Respiró hondo—. Me lo había pedido Ibarra.
Dalia levantó la sartén un palmo. Don Ernesto, que había permanecido callado detrás de los demás, con el sombrero nuevo en la mano, dio un paso al frente. Kaspian no se movió. Tenía los brazos cruzados y la mirada fija en el muchacho, con una calma helada que a Meriem le dio más miedo que cualquier grito.
—Explícate —dijo el general.
—Hace dos meses, antes de que Meriem llegara, el coronel me citó en su despacho del cuartel central. Yo estaba allí por un asunto de traslado. Me dijo que sabía quién era mi padre. Que había sido su amigo. Y que alguien iba a llegar a Sierra Negra, una muchacha con un sobre, y que yo debía mantenerla a salvo.
—¿A salvo?
—Esas fueron sus palabras. Y que para hacerlo, tenía que informarle de todo lo que hiciera.
—Eso es espiar.
—Es lo que pensé yo también. Pero él me dijo algo más. —Tomás bajó la voz—. Me dijo que tu madre le había escrito.
El claro entero quedó en suspenso. Meriem sintió que el aire se le cortaba en la garganta. Don Ernesto soltó una exclamación ahogada y se llevó la mano al pecho.
—¿Leonora?
—Sí, señor Alcázar.
—Imposible.
—Fue ella quien le pidió que protegiera a su hija.
—Ella no conoce a Gaspar.
—Se escriben desde hace tiempo.
—No es posible. Yo lo sabría.
—Le escribía por mediación del chófer.
—¿De Joaquín?
—Sí.
El hombre mayor se quedó mudo. Se pasó las manos por la cara, con una expresión de desconcierto tan profundo que Meriem tuvo que apartar la vista. Había visto a su padre enfadado, orgulloso, solemne y hasta asustado. Pero nunca derrotado por algo tan sencillo como el nombre de su propia esposa.
—Yo robé el sobre porque Ibarra necesitaba comprobar que lo que contenía era auténtico —continuó Tomás, con la voz cada vez más baja—. Lo abrió, lo copió, lo selló de nuevo y me ordenó devolvértelo. Pero antes de que pudiera hacerlo, se lo quedó él. Me dijo que era más seguro así.
—Y tú lo creíste.
—Quise creerlo.
—¿Y la nota? ¿La del tendedero? ¿La del tanque?
—Esas no fueron mías.
—¿Entonces de quién?
—De la doctora, supongo.
—Fue ella —confirmó una voz tranquila, desde un lado del claro.
Todos se volvieron. La doctora Ilse, envuelta en su abrigo de lana oscura, había dejado el farol en el suelo y se acercaba despacio, con el bastón de montaña golpeando la grava a cada paso. Detrás de ella, la mula resopló y sacudió la cabeza, y a la luz amarillenta Meriem le vio la cara, más arrugada y más cansada que nunca, y los ojos brillantes de una ternura sin defensa.
—Lo siento, hija —dijo—. Os he tenido en vilo mucho tiempo.
—Doctora.
—No digas nada. Escucha primero. —Levantó una mano—. Tomás miente muy bien. Me engañó a mí durante semanas. Pero esta noche, cuando llegó antes que vosotros para comprobar la senda, vino a decirme la verdad. Y me la dijo toda.
—¿Toda?
—Que Ibarra le pidió que cuidara de ti. Que se lo pidió con una sinceridad que le heló la sangre. Y que él, un muchacho de veintitrés años, no supo qué hacer más que obedecer.
—¿Por qué lo obedeció? —preguntó Dalia, con la sartén aún en alto.
—Porque su padre se lo pidió desde la tumba.
Tomás cerró los ojos. Un temblor casi imperceptible le recorrió la mandíbula. Fue entonces cuando Meriem, mirándolo con una atención nueva, entendió que aquel muchacho rubio y simpático, que llevaba semanas bromeando con ella en las trincheras y en los comedores, llevaba una carga mucho más grande que la suya.
—Mi padre dejó una carta —dijo él—. Para cuando yo cumpliera los veintiuno. Me la dio mi madre. Decía que había hecho cosas de las que se arrepentía y que, si alguna vez cruzaba mi camino la nieta de Aurelio Alcázar, la protegiera con la vida. Aunque eso significara parecer un traidor.