¡ Si, Mi General!

Capítulo 30: Sí, mi general

Los pasos de las dos figuras tardaron veinte minutos en cubrir los últimos doscientos metros del sendero, y esos veinte minutos fueron los más largos que se recordarían en la cabaña de la puerta de roble.

Dentro, nadie sabía qué hacer con las manos. Aurelio había cerrado la puerta, echado el cerrojo y recorrido la estancia con paso lento y la espalda recta, dando instrucciones en voz baja con la serenidad de quien ha ensayado mil veces una escena que esperaba no tener que representar nunca. El cuaderno de tapas de cuero fue a parar bajo una tabla suelta del suelo, junto a la chimenea. Las cartas, atadas con su goma vieja, desaparecieron en el forro del abrigo de la doctora Ilse. La caja de herrajes de bronce quedó sobre la mesa, abierta y vacía, con una manta encima, como un mueble cualquiera. Y Elías Navarro, sentado de nuevo en su sillón de mimbre con las piernas estiradas y la lata de melocotones sobre las rodillas, recobró con un esfuerzo visible la expresión impasible de quien lleva seis años sabiendo esperar.

—Yo no me muevo de aquí —dijo.

—Naturalmente —respondió Aurelio.

—Me gustaría poder levantarme.

—No hace falta.

—Pero sería más digno.

—Tú has estado digno durante seis años. Un cuarto de hora más no te hará daño.

Peña, apretado contra la pared del fondo, con el embudo apretado al pecho como un amuleto, levantó la mano con timidez.

—Perdone. ¿Puedo esconderme en la mula?

—La mula está fuera.

—Ya lo sé. Por eso lo pregunto.

—Quédese aquí, sargento.

—Es que si viene el coronel y me ve, tengo la sensación de que voy a confesarlo todo.

—¿Todo qué?

—No lo sé. Pero tengo muchas ganas.

Dalia le puso una mano en el hombro con una compasión burlona. Olmos, de pie junto a la mesa, había descargado por fin la mochila gigantesca y contemplaba el jamón, ya mutilado hasta la mitad, con un aire de profunda reflexión. Kaspian se había colocado junto a la ventana, a dos pasos del sillón, con las manos a la espalda y la vista clavada en la puerta. Tenía los ojos todavía enrojecidos y el rostro desencajado de quien ha llorado sin permiso, pero en la postura, en la inclinación leve de los hombros, había algo nuevo, una especie de ligereza, la de un hombre que ha dejado en el suelo una carga que no recordaba haber elegido.

Meriem, junto a su padre, buscaba con la mirada alguna señal en el rostro de Aurelio. El anciano había vuelto a sentarse a la mesa. Parecía tranquilo. Pero la mano que apoyaba sobre el tablero, la derecha, la que llevaba un anillo gastado con un ave grabada, no dejaba de tamborilear muy despacio, con un ritmo regular y casi imperceptible.

—Abuelo —susurró—. ¿Quién es el que viene con Ibarra?

—Lo sabes.

—Es mi madre.

—Entonces ya lo sabes.

—No entiendo qué hace aquí.

—Lo entenderás. —Levantó los ojos, tan parecidos a los suyos—. Pero escucha. Hay una cosa que debes tener presente. Pase lo que pase en los próximos minutos, tu madre ha hecho todo lo que ha hecho por una sola razón.

—¿Cuál?

—Porque te quiere.

La respuesta no la tranquilizó. Quiso replicar, pero en ese momento se oyeron en el umbral dos golpes secos, educados, regulares, y una voz de mujer, suave, un poco aguda, con un deje de impaciencia perfectamente controlado, preguntó desde el otro lado de la madera.

—¿Se puede? Estoy helada.

Aurelio asintió. Dalia descorrió el cerrojo. La puerta se abrió con un chirrido largo, y en el umbral, recortada contra la luz rosada del amanecer, apareció una mujer de unos cincuenta años, pequeña y elegante, con un abrigo largo de color crema, un pañuelo de seda al cuello y unos pendientes de perlas que brillaban como dos gotas de rocío. Llevaba el pelo recogido en un moño impecable, las mejillas coloradas por el frío y, en una mano, un bolso de piel de cocodrilo que parecía haber atravesado una montaña con la misma dignidad con que habría cruzado un salón de baile.

Doña Leonora Alcázar paseó la mirada por la estancia. Se detuvo un segundo en la cabra, que se había colado detrás de ella y que la contemplaba con respeto. Se detuvo otro en la mula, a través de la ventana. Se detuvo un tercero, más largo, en el hombre del sillón de mimbre. Y por fin sus ojos, grandes, oscuros, de pestañas tupidas, se posaron en su hija.

—Hija —dijo—. Llevas el abrigo que te mandé.

Meriem tardó tres segundos en poder hablar.

—Mamá.

—Te queda enorme.

—Mamá. ¿Qué haces aquí?

—Subir una montaña. Es evidente.

—¿Cómo has...?

—En coche hasta el pie del paso. Después a pie, con el coronel. Cuarenta kilómetros de carretera y tres horas de senda. Y ni una ampolla. —Levantó un pie, con la bota de cuero fino llena de barro—. Hay que saber elegir el calzado.

—Mamá.

—Te he echado de menos.

Se abrazaron con tal fuerza que el bolso de cocodrilo cayó al suelo con un golpe sordo. Doña Leonora olía a jazmín y a lluvia, y a ese polvo de arroz que se echaba en las mejillas desde que Meriem tenía memoria. Le acarició el pelo con las dos manos, muy deprisa, como si temiera que se le escapara, y le susurró al oído, con una voz entrecortada que no se parecía en nada a la de los domingos en el comedor.

—Estás flaca. Lo sabía. Lo dije.

—Como siempre.

—Te mandaré más bombones.

—Por favor, no.

—Y salmón ahumado.

—Mamá, estoy en el ejército.

—Los soldados también comen salmón.

Detrás de ella, en el umbral, el coronel Ibarra contemplaba la escena con una sonrisa serena y las manos a la espalda. Había perdido su gorra en algún punto de la subida, llevaba el uniforme de gala cubierto de polvo, y entre las dos charreteras relucientes, la nueva y la vieja, se le había enredado una hoja de pino. Parecía agotado. Parecía, por primera vez desde que Meriem lo conocía, un hombre de verdad, sudoroso, cansado, con una brizna de verdad bajo la elegancia.

—Buenos días a todos —dijo.




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