¡ Si, Mi General!

Capítulo Extra: La mañana de las seis maletas

El gato maulló a las cuatro y veintinueve, como todas las mañanas, y por primera vez en cuarenta días Meriem no tuvo que apagarlo de un manotazo, porque alguien lo había apagado antes.

Abrió un ojo. La habitación estaba a oscuras y olía a madera, a café y a una colonia de jabón y tierra que ya reconocía con los ojos cerrados. Era un cuarto pequeño, contiguo a la oficina del comandante, con una cama de hierro, una cómoda sin espejo, una ventana con barrotes y un mapa de la región clavado con chinchetas sobre el cabecero. Hasta hacía seis meses había servido de trastero. Ahora tenía una manta de cuadros sobre el colchón, un cojín de plumas con las iniciales M.A. y, sobre la mesilla, un gato de plástico blanco con los ojos fosforescentes apagados y una nota pegada a la barriga.

La alcanzó con dos dedos. Había una letra firme y angulosa que conocía de memoria.

Buenos días, señora. Un minuto de ventaja. K.

Se quedó un momento mirando el techo con una sonrisa tonta que no sabía cómo disimular, aunque no había nadie delante. Tenía el pelo revuelto, el cuerpo caliente bajo la manta y una sensación nueva, ligera y extraña, la de quien ha dormido siete horas seguidas sin que nadie la persiguiera en sueños. Fuera, el campamento empezaba a despertarse con sus ruidos de siempre, botas, puertas, un cubo arrastrado por la grava. A través de la rendija de la puerta entraba un hilo de luz amarilla y un olor inconfundible a neumático quemado.

—Se me ha olvidado cómo se hace café —dijo una voz grave, desde el otro lado.

—Nunca lo supiste.

—Es una mentira piadosa.

—Es una calumnia contra el café.

Se levantó descalza, se echó sobre los hombros la chaqueta del uniforme que colgaba del respaldo de la silla y empujó la puerta. En la oficina, junto al escritorio, de espaldas, con una camisa arremangada hasta los codos y un hornillo de campaña humeando sobre la mesa, el general Kaspian Rivas removía una cacerola con una concentración que habría merecido mejor causa. Se volvió. Tenía el pelo todavía húmedo, la barba recién afeitada y, por primera vez desde que ella lo conocía, la cara de un hombre que no ha dormido bien por pura felicidad.

—Buenos días, esposa —dijo, con una rigidez de manual.

—Buenos días, mi general.

—No me llames así.

—Eres el general.

—Lo soy en la oficina. En esta habitación soy otra cosa.

—¿Qué cosa?

Kaspian se quedó pensando. Dejó la cuchara sobre el borde de la cacerola, se frotó la nuca con la mano libre y miró al techo, como si allí estuviera escrita la respuesta.

—No lo sé. Aún no me han dado el reglamento.

—Qué lástima.

—Pediré una copia.

—Mi madre tiene una.

—No lo dudo.

—La escribió anoche. Son cuarenta páginas.

—Dios mío.

—Con apéndices.

Se rieron los dos, en voz baja, con ese temblor tibio de los que se están conociendo por primera vez a la luz de una mañana corriente. Meriem se acercó, se puso de puntillas, le dio un beso rápido en la mejilla recién afeitada y alcanzó la taza de metal que humeaba sobre el escritorio. Olía a hollín. Bebió un sorbo. Le supo a todas las decisiones equivocadas de una vida entera.

—Interesante —dijo.

—Es la palabra que se usa cuando no se quiere mentir.

—Es la palabra que se usa cuando se quiere vivir.

—Lo he notado.

—Y hay que acabarse el café.

—Hasta la última gota.

—Qué esposa tan obediente.

—Soy una soldado. Es mi especialidad.

Bebió el resto de un trago, con los ojos cerrados y una dignidad heroica, mientras Kaspian la contemplaba con una expresión que habría derretido una piedra. Después se miraron un momento en silencio, sin decir nada, y ella se dio cuenta de que ninguno de los dos sabía qué hacer a continuación. Habían atravesado una montaña, una conspiración y una boda con cabra, y sin embargo la cosa más difícil de aquella mañana era decidir quién abría primero la puerta.

—Hay una cosa de la que tenemos que hablar —dijo él, al fin.

—Dime.

—Tu rango.

—¿Mi rango?

—Sigues siendo soldado. No hay manera de ascenderte sin que parezca nepotismo.

—Me parece perfecto.

—Y a las cuatro y media tienes que formar con los demás.

—Por supuesto.

—Y yo tendré que gritarte.

—Como siempre.

—Y castigarte, si llegas tarde.

—Faltaría más.

—Y no podré hacer excepciones.

—No quiero ninguna.

—¿Seguro?

—Seguro, mi general. —Lo miró con una ternura burlona—. Aquí no vale el dinero, ¿recuerdas? Ni los apellidos. Ni los maridos.

—Es una norma que debería escribirse en piedra.

—Y fíjate qué casualidad. Yo ya la cumplía.

Salieron a la explanada a las cuatro y veintiocho, cada uno por una puerta distinta, como habían acordado. Ella con paso ligero, abrochándose la chaqueta y recogiéndose el pelo en una coleta que, tras seis meses de práctica, había dejado de ser un desastre. Él con la gorra calada y las manos a la espalda, dos minutos después, con la expresión pétrea de un comandante que jamás ha besado a nadie en el sótano de una bodega.

El campamento ya estaba formado.

Había setenta soldados en cuatro filas impecables, con los uniformes planchados, las botas relucientes y los ojos clavados al frente con esa expresión de inocencia fingida de quienes saben perfectamente lo que ocurre y han decidido no mencionarlo. A la derecha, junto al mástil, el teniente Peña, ahora con una estrella nueva en la hombrera y un embudo de latón colgado del cuello, a modo de condecoración, se mantenía rígido como un poste. A su lado, con las hojas del guion bien sujetas, el sargento Ruiz, orgulloso y pálido, esperaba la orden de empezar. Más allá, en la tercera fila, Dalia, con la sartén colgada a la espalda, intercambiaba con Tomás una mirada fugaz que ninguno de los dos creía que nadie había notado.

—Soldado Alcázar —dijo Kaspian, deteniéndose frente a ella.




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