¡ Si, Mi General!

Epílogo: Las cuatro y veintinueve

El gato maulló a las cuatro y veintinueve, cinco años después, y esta vez la que se incorporó de un salto en la cama no fue Meriem.

Fue una niña. Una niña pequeña, de cuatro años, con el pelo oscuro revuelto, un pijama de seda azul que le quedaba un poco grande y unos ojos grises, serios y redondos, que miraban a su alrededor con la gravedad de un oficial a punto de pasar revista. Había aparecido en la puerta del dormitorio sin hacer ruido, descalza, con el despertador de plástico apretado contra el pecho como si fuera un bebé, y lo sostenía con las dos manos a la altura de la barbilla.

—Mamá —susurró.

—Mmm.

—Mamá, el gato ha dicho que ya es la hora.

—Todavía no.

—Es la hora, mamá. Lo ha dicho él.

—Dile que se calle.

—No me hace caso. Es un gato.

Meriem abrió un ojo. La habitación estaba a oscuras, con la ventana entreabierta y el aire fresco de la madrugada filtrándose por las cortinas de cretona. A su lado, bajo la manta, un cuerpo grande y cálido se removió con un gruñido de protesta. Kaspian, que llevaba cinco años jurando que dormía como un soldado, con un ojo abierto y una mano sobre el arma, tenía en realidad el sueño más profundo de toda la familia, y solo se despertaba cuando alguien pronunciaba la palabra café.

—Elena —dijo ella, con la voz pastosa—. Ven aquí.

—No puedo. Me ha dicho que tengo que apagarlo.

—¿Quién?

—El gato.

—El gato no habla.

—Habla bajito.

—¿Y qué dice?

La niña se acercó a la cama con pasos solemnes, trepó por el borde con una pericia de montañera, se sentó sobre las rodillas de su madre y puso el aparato sobre la manta, con los ojos fosforescentes parpadeando en la penumbra. Después, con un gesto de infinita seriedad, apretó el botón que había bajo la cola. El maullido cesó. La habitación quedó en silencio.

—Dice que te da un minuto de ventaja —anunció.

—Muy amable.

—Y que papá también.

—Papá está dormido.

—Papá no está dormido. Está fingiendo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque le tiembla la oreja.

Kaspian soltó un suspiro largo, profundo, derrotado. Abrió un ojo gris, miró a la niña, que lo contemplaba con la ceja arqueada, y se llevó la mano a la frente en un saludo perezoso.

—A sus órdenes, mi general.

—Buenos días, soldado —respondió Elena, con una dignidad impecable.

—¿Qué hora es?

—Las cuatro y treinta.

—¿Y quién dijo que me levantara?

—El gato.

—Es un traidor.

—Es un gato muy puntual.

Meriem se tapó la cara con la almohada para que no se oyera la carcajada. Elena, ofendida por la falta de seriedad, le dio un golpecito con el despertador en el hombro, bajó de un salto de la cama y salió corriendo al pasillo con los pies descalzos golpeando el suelo, gritando con voz aguda y feliz que ya era el día, que ya era el día, que ya era el día de la montaña.

Era el día de la montaña.

Hacía cinco años que ninguno de ellos olvidaba esa fecha. Cada otoño, el último domingo de octubre, la familia entera, y con ella un séquito creciente de amigos, parientes, cabras y conocidos, subía hasta la cabaña de la puerta de roble para celebrar un aniversario que ya no necesitaba explicación. Lo llamaban el Día del Águila. Había empezado como una cena modesta, casi clandestina, entre los supervivientes del pacto, y se había convertido, año tras año, en una fiesta de proporciones desmesuradas que ocupaba medio valle durante tres días. Se cocinaba, se cantaba, se contaban las mismas historias, se llevaban flores a la placa de Víctor Brandt. Y por la noche, en la explanada, alguien encendía una hoguera.

Meriem se sentó en el borde de la cama y se frotó la cara. Cinco años. Parecía imposible. Le había cambiado el pelo, que ahora llevaba más corto, a la altura de los hombros. Le habían cambiado las manos, endurecidas por el trabajo de archivo, esas largas jornadas entre cajas de documentos que había pasado catalogando los desmanes de un ministro caído. Le había cambiado el rango, por una ironía del destino que Kaspian todavía no había terminado de perdonar, porque a los dos años de su traslado al cuartel central había sido ascendida a capitana y puesta al frente de la Sección de Memoria, una oficina que ella misma había propuesto y que se encargaba de reabrir expedientes cerrados en falso.

Y le había cambiado, sobre todo, la vida.

—¿En qué piensas? —murmuró Kaspian, con la voz ronca de sueño, incorporándose a su lado.

—En el gato.

—No me hables del gato.

—Va a cumplir trece años.

—Es de plástico.

—Es el único que ha sobrevivido a tres mudanzas.

—Es un testigo.

—Es un tirano.

Se rieron los dos, bajito, con la complicidad de quienes llevan mucho tiempo compartiendo desayunos. Él le pasó un brazo por los hombros, la atrajo hacia sí y le besó el pelo, y por un momento los dos se quedaron así, inmóviles, escuchando los pasos de la niña por el pasillo y el rumor de la casa que empezaba a despertarse.

—Mi general —dijo ella.

—Dime.

—Hoy cumple ochenta y seis.

—Lo sé.

—Y quiere subir andando.

—Lo sé.

—Hay que impedírselo.

—No se puede.

—¿Y si se cansa?

—Lo llevaré a hombros.

—No te dejará.

—Entonces lo llevará la cabra.

—Remedios es muy vieja.

—Contrato no.

—Contrato es un delincuente.

—Es el único que lo soportaría.

Salieron de casa a las seis, con el cielo todavía azul oscuro y una niebla fina flotando sobre el jardín. La casa del cuartel central, una construcción modesta de ladrillo claro con un pequeño huerto trasero y un rosal grande en la entrada, que Meriem había hecho trasplantar con sus propias manos desde la casa de sus padres, tenía en aquella hora gris un aire soñoliento y entrañable. En el porche, esperaban dos maletas, un cesto de provisiones, una bolsa de manzanas, tres mantas y una cabra.

No era Remedios. Remedios, que había cumplido catorce años y que se había retirado con honores y una medalla de oro a la casa de doña Ágata, donde pasaba los días mordisqueando geranios y recibiendo visitas ilustres, había entregado el relevo hacía tiempo a su descendencia. La que se alzaba en el porche, con las orejas erguidas y una pequeña corbata de lana atada al cuello, era una cabrita de dos años, de pelaje negro con una mancha blanca en la frente, y una expresión de picardía imposible de describir.




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