Si, señor Hayes

#1 | LLEGADA A LA RIVIERA FRANCESA

Sienna

Hay momentos en los que estoy convencida de que mi papá piensa que sigo siendo una niña de diez años a la que puede entretener con un helado de tutti frutti y un par de revistas infantiles para colorear.

Veintiún años.

Tengo veintiún años, estoy a punto de entrar a mi último año de universidad y, aun así, aquí estoy: atrapada en el asiento trasero de un auto ejecutivo de cristales tintados que rueda por las carreteras sinuosas del sur de Francia, rumbo a lo que estoy segura de que serán las dos semanas más aburridas de toda mi existencia.

Miro por la ventanilla hacia el mar Mediterráneo, que brilla bajo el sol abrasador de la tarde como un manto de zafiros, cualquiera en mi lugar estaría saltando de la emoción. Estamos en la Riviera Francesa, el patio de recreo de los millonarios, los yates de lujo y las fiestas exclusivas. Pero claro, mi realidad es muy diferente: no vine con un grupo de amigos a beber champán hasta el amanecer, vine sola con Richard, mi padre.

—Sienna, quita esa cara —dice él desde el asiento del copiloto, girándose ligeramente para mirarme por encima del marco de sus gafas de sol—. Es Saint-Tropez. La gente paga fortunas por estar aquí diez minutos. Podrías intentar, aunque sea por educación, fingir que no estás en camino a tu propia ejecución.

Respiro hondo y me acomodo el mechón de cabello que el aire acondicionado despeina.

—No estoy en camino a mi ejecución, papá —respondo con tono sarcástico, cruzándome de brazos—. Solo estoy digiriendo el hecho de que voy a pasar la mitad de mis vacaciones de verano encerrada en una mansión viendo cómo dos viejos amigos recuerdan los «buenos tiempos» de la universidad mientras toman whisky sin hielo.

—No somos viejos —protesta, aunque una pequeña sonrisa delata que le divierte mi drama—. Y Kaelen no es ningún aburrido. Hace muchísimos años que no coincidimos para vacacionar porque su agenda es de locos, así que le agradezco infinitamente que haya preparado todo en su villa. Compórtate. Es un gran detalle de su parte hacernos espacio.

Ni siquiera conozco la cara del famoso Kaelen Hayes.

En la mente de mi padre, es poco menos que un dios del mundo corporativo: el socio astuto, el hombre de negocios brillante con el que compartió aulas en sus años mozos, que luego construyó un imperio financiero por su cuenta. En mi mente, es simplemente un señor cincuentón, estirado, obsesionado con las acciones de la bolsa y probablemente sin el menor sentido del humor, que nos obligará a cenar a las ocho en punto y a mantener el volumen de la música al mínimo.

A veces entiendo por qué mi papá intenta sobreprotegerme o mantenerme cerca en estos viajes.

Somos solo él y yo, siempre hemos sido solo él y yo.

Mi madre murió el mismo día en que yo vine al mundo, debido a complicaciones en el parto. No tengo un solo recuerdo de su voz, ni de su abrazo, ni del olor de su perfume. Todo lo que sé de ella son las fotos enmarcadas que mi progenitor conserva en la biblioteca de la casa y los relatos nostálgicos que me contaba cuando yo era pequeña para dormirme. Crecí con el peso invisible de ser la única herencia que le quedó de la mujer que amaba, lo que lo convirtió en un padre devoto, amoroso, profundamente controlador.

Crecí mimada, es verdad, aunque también rodeada de un muro de cristal que a veces me asfixia. Mi rebeldía no es más que mi forma de gritarle al mundo que ya soy una mujer adulta, capaz de tomar mis propias decisiones y de cometer mis propios errores.

El auto reduce la velocidad, toma un desvío hacia un camino privado flanqueado por altos cipreses y muros de piedra blanca. Las puertas de hierro forjado se abren automáticamente ante nosotros, revelando una propiedad impresionante.

Tengo que admitirlo: el tipo tiene buen gusto. La mansión es una joya de arquitectura moderna de varios niveles, encaramada justo sobre el acantilado, con enormes ventanales de cristal que reflejan el azul del mar y una terraza con piscina infinita que parece fundirse con el horizonte.

—Llegamos —anuncia mi padre con entusiasmo a la vez que el chofer se apura a abrir las puertas.

Bajo del auto ajustándome el top blanco y los pantalones de lino fresco. El calor de la Costa Azul me golpea la piel de inmediato, cargado con el aroma de la sal marina y las lavandas del jardín. Respiro hondo, mentalizándome para aguantar las dos semanas de amabilidad fingida y conversaciones sobre economía.

Caminamos hacia la zona de la piscina, donde el sonido del agua cayendo crea un ambiente relajante. Mi padre se adelanta unos pasos, llamando a su amigo.

—¡Kaelen! ¿Dónde estás?

Y entonces, ocurre.

Alguien emerge del agua en el extremo más profundo de la piscina. Rompe la superficie con un movimiento fluido, echándose el cabello mojado hacia atrás al mismo tiempo que las gotas de agua resbalan por unos hombros anchos, una espalda cincelada y un torso perfectamente definido que desafía cualquier lógica.

No es un anciano.

El sujeto que se apoya en el borde de la piscina y sale del agua con una agilidad impresionante es la definición peligrosa de la masculinidad en su punto más alto. Debe tener poco más de cuarenta años, posee una presencia tan imponente y una musculatura tan bien trabajada que roba el aire de los pulmones a cualquiera.



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En el texto hay: romance, amor, diferenciadeedad

Editado: 14.10.2026

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