“Las preguntas volvieron, más directas y más duras que antes.”
Los primeros días en el prado transcurrieron con calma aparente, pero Yuki no olvidó la advertencia de su padre. Caminaba con prudencia, respondía con brevedad y nunca se alejaba sin que alguien supiera a dónde iba. Sin embargo, las palabras de Milori se cumplieron pronto.
Una tarde, mientras ayudaba a ordenar las flores del jardín, dos hadas mayores se acercaron y se detuvieron justo frente a ella. La miraron de arriba abajo con expresión seria, sin saludar, sin sonreír.
—Eres tú, ¿verdad? —dijo una con voz grave—. La que desaparece y regresa sin que nadie sepa a dónde va. La que siempre vuelve con brillo de escarcha en el cabello.
Yuki enderezó la espalda y las miró con calma, sin bajar la vista.
—Voy a caminar. A veces lejos. No hay secreto en ello.
—No hay lugar en este prado donde caiga escarcha —respondió la otra dando un paso adelante—. Ese brillo no es de aquí. Ese frío… es de allá. Del bosque prohibido. Dinos la verdad: ¿con quién te reúnes al otro lado?
El corazón de Yuki latió con fuerza, pero no dejó que se le notara en el rostro.
—No me reúno con nadie. Camino sola. Y no cruzo ninguna frontera.
—Mientes —dijo la primera con dureza—. Algo llevas dentro que no es nuestro. Y pronto lo averiguaremos. No creas que podrás ocultarlo siempre.
Se alejaron sin añadir nada más. Yuki permaneció inmóvil un instante, sintiendo el peso de aquellas palabras. Ya no era sospecha. Era certeza, creciendo en las voces de quienes deseaban encontrar la verdad. Comprendió entonces que el tiempo de silencio se agotaba. Que pronto tendría que elegir: seguir callada o arriesgarlo todo.
Esa noche, antes de dormir, apretó el cristal contra su pecho y susurró en voz baja:
—Papá… tienen preguntas. Y quieren respuestas. Ayúdame a saber qué hacer.
Y comprendió que el momento de callar estaba por terminar.