“Su madre le habló con lágrimas en los ojos y palabras llenas de temor.”
Al día siguiente, la Reina Clarion llamó a Yuki a su lado. Su semblante era serio y triste, como quien carga con un peso demasiado grande. Hizo señas a todos para que se alejaran, y cuando quedaron solas, tomó las manos de su hija entre las suyas.
—Han venido a mí —le dijo con voz suave pero firme—. Han exigido que te interrogue. Que te pida que confieses. Dicen que rompes las leyes antiguas. Que te reúnes con alguien del otro mundo. Dicen que si no hablas pronto… llevarán el asunto ante el Consejo de las Estaciones. Y entonces… ya no podré protegerte.
Yuki sintió que el aire se le hacía difícil de respirar.
—¿Y qué les has dicho?
—Les he pedido tiempo —respondió Clarion mirándola a los ojos—. Les he dicho que hablaré contigo. Pero no podré retrasarlos mucho. Si descubren la verdad… si saben quién es tu padre… lo llamarán traidor. Y a ti… te apartarán de ambos. Nos separarán para siempre.
Apretó las manos de Yuki con fuerza y añadió con voz quebrada:
—Hija mía… te pido que por ahora sigas callada. No digas su nombre. No reveles quién eres. Porque tu verdad es hermosa, pero para ellos… es un pecado. Y no permitiré que lo destruyan.
Yuki asintió con lágrimas en los ojos. Comprendió que su madre luchaba por protegerlos a todos. Que callar era también un acto de amor. Pero callar dolía. Ocultarse dolía. Y llegó a temer que aquel silencio terminara por romperla por dentro.
—Callaré —prometió ella—. Por ti. Por él. Por nosotros. Pero madre… dime: ¿algún día tendré derecho a decir quién soy? ¿O viviré siempre escondiendo lo que llevo en el alma?
Clarion la abrazó y guardó silencio largo rato. Luego respondió con un suspiro lleno de esperanza y de dolor:
—Ese día llegará. Quizás no pronto. Quizás no lo veamos nosotras. Pero llegará. Y mientras tanto… sé fuerte. Tu silencio nos mantiene vivos.
"Y prometió callar, aunque callar le partiera el alma. "