Al llegar al refugio, le contó todo lo que ocurría.
Cuando llegó el momento de volver al bosque invernal, Yuki caminó con el corazón pesado. Llevaba consigo las palabras de las hadas, las advertencias de su madre, el miedo que crecía como sombra. Al llegar al refugio, lo primero que buscó fue la flor dorada. Y allí estaba, en pie, firme, brillando con luz propia entre la nieve.
Milori la esperaba junto a ella. Al ver el rostro de su hija, supo de inmediato que algo grave había ocurrido. Se acercó y le tomó ambas manos entre las suyas.
—Han hablado —dijo él sin preguntar—. Lo veo en tus ojos.
Yuki asintió y le contó todo. Las preguntas, las sospechas, la amenaza del Consejo. Cuando terminó, el silencio cayó sobre ellos denso y pesado. Milori permaneció callado, mirando hacia la frontera, y en su semblante se dibujó una expresión que Yuki jamás le había visto: dolor mezclado con firmeza absoluta.
—Entonces se acerca el momento —dijo él al fin, con voz grave y pausada— en que tendremos que decidir. Ocultarnos para siempre… o arriesgarlo todo.
Miró la flor dorada que crecía entre la nieve y añadió con suavidad:
—Mira ella. Nadie creía que podría florecer aquí. Nadie creía que algo nacido del calor podría vivir en el frío. Y sin embargo… aquí está. Hermosa. Fuerte. Viva. Porque no se ha avergonzado de lo que es.
Luego volvió a mirar a su hija y le acarició el rostro con infinita ternura.
—Tú eres igual que ella. No tienes por qué avergonzarte de llevar dos mundos en el pecho. No tienes por qué pedir perdón por existir. Si algún día te obligan a elegir… recuerda esta flor. Recuerda que lo que es verdad y hermoso… no puede ser malo. No puede ser prohibido.
Yuki miró la flor y luego miró a su padre. Sintió que algo en su interior cambiaba. Ya no era solo miedo lo que sentía. Era también orgullo. Orgullo de ser quien era. Orgullo de ser hija de ambos mundos.
—No me avergonzaré —susurró ella—. Y si me obligan a hablar… diré la verdad. Aunque me cueste todo.
Milori la abrazó con fuerza, como si quisiera protegerla de la tormenta que ya se acercaba.
—Estaré contigo. Pase lo que pase. No hablarás sola.
Y mirando la flor, comprendió que no debía avergonzarse de sí misma.