Milori le dijo entonces que estaba dispuesto a arriesgarlo todo por ella.
Los días siguientes fueron de espera tensa. Cada mañana Yuki despertaba sabiendo que el peligro estaba más cerca. Cada noche miraba hacia el norte buscando una señal, preguntándose si aquel sería el último día en que podrían verse en paz.
Una tarde, mientras descansaban bajo los pinos, Milori le habló con voz solemne y serena.
—He tomado una decisión —le dijo tomándole la mano—. Si el Consejo llega a buscarte… si te obligan a declarar… yo iré. Cruzaré la frontera. Me presentaré ante ellos. Y diré la verdad.
Yuki lo miró con los ojos muy abiertos, sintiendo que el corazón se le detenía.
—No. Te lo prohibiré. Si vas… te castigarán. Te apartarán de tu pueblo. Te perderán para siempre.
—Prefiero perderlo todo a perderte a ti —respondió él con firmeza—. Prefiero que me juzguen a mí a que te juzguen a ti, siendo tan joven, tan sola, sin nadie que te defienda. Si debo perder mi título, mi hogar, mi lugar… lo haré. Con tal de que sepas quién eres. Con tal de que ya no tengas que esconderte.
Yuki se acercó a él y lo abrazó con todas sus fuerzas, llorando en silencio contra su pecho.
—No quiero que pierdas nada por mí. No quiero ser la causa de tu ruina.
—Tú no eres ruina, hija mía —le dijo él besándole la cabeza—. Tú eres lo mejor que tengo. Si debo elegir entre mi vida tal como era… o mi vida contigo… te elijo a ti. Sin dudarlo. Sin pensarlo dos veces.
La miró a los ojos y le prometió con voz que no admitía negativa:
—No dejaré que cargues tú sola con este peso. Si cae sobre nosotros… caerá sobre los dos. Y si hemos de ser separados… que sea después de haber dicho la verdad. Que sea después de demostrar que nuestro amor no rompe el orden… sino que lo mejora.
Yuki comprendió entonces que no podría detenerlo. Que su padre estaba dispuesto a sacrificarlo todo por ella. Y en aquel instante tomó también su propia decisión: si él hablaba, ella hablaría también. Si él daba la cara, ella no se escondería tras él. Si él debía perderlo todo… ella caminaría a su lado, sin importar a dónde los llevaran.
—Entonces hablaremos juntos —dijo ella levantando la mirada y secándose las lágrimas—. Y si nos separan… nos buscarán. Porque donde estés tú… allí estaré yo. Y donde estés tú… allí será mi hogar.
Milori la miró con orgullo inmenso, y una lágrima solitaria se le deslizó por el rostro mientras la abrazaba. Y bajo la sombra de los pinos, junto a la flor dorada que desafiaba al invierno, padre e hija sellaron su pacto final: cuando llegara el momento, no se esconderían más. Dirían quiénes eran. Y aceptarían lo que viniera… juntos.
Y juntos decidieron que ya no se esconderían más.