Ante el Consejo, las palabras cayeron pesadas como plomo.
El Consejo se reunía en un recinto amplio y solemne, rodeado de columnas blancas y luz suave que caía desde lo alto. Alrededor de una mesa larga se sentaban las hadas más ancianas y sabias de ambas estaciones. En el centro, un lugar vacío esperaba. Yuki caminó hasta él y se detuvo. De pie, sola, frente a todas aquellas miradas que la recorrían de arriba abajo como si buscaran en ella algo que no debía existir.
—Dinos tu nombre —dijo la voz de la presidenta, lenta y pesada.
—Yuki.
—Dinos de dónde vienes. Quiénes son tus padres.
Yuki sintió el corazón golpearle con fuerza.
—Mi madre es la Reina Clarion.
Hubo un murmullo suave entre las presentes.
—¿Y tu padre? —insistió la voz—. ¿Por qué no lo nombras? ¿Acaso no existe? ¿O es alguien que no debe estar ahí?
—Mi padre… —empezó Yuki, y sintió que las palabras se le atoraban en la garganta—. Mi padre es alguien que vive lejos. Alguien que ama la paz. Y que no debe ser nombrado.
—¿Por qué no debe ser nombrado? —preguntó otra voz, más áspera—. ¿Acaso rompió las leyes? ¿Acaso se unió a quien no debía? Dinos su nombre. Y acabaremos con esto.
Yuki bajó la mirada un instante, luego la levantó de nuevo y miró a cada una de las presentes con firmeza.
—No lo diré. No porque me avergüence de él. Sino porque lo que hay entre mis padres no es algo que debáis juzgar. Es amor. Y el amor no debería ser prohibido.
Las palabras cayeron en silencio denso. Yuki supo entonces que acababa de encender la chispa. Que no la perdonarían por hablar así. Pero no se arrepintió. Había dicho la verdad. Y la verdad, aunque doliera, debía ser dicha.
Y se negó a dar su nombre, porque su nombre era amor.