Entonces los tres se pusieron de pie, juntos, frente a todos.
El silencio fue absoluto. Nadie se atrevía a hablar. Nadie se atrevía a moverse. Milori permanecía de pie junto a su hija, sin bajar la mirada, sin arrepentirse. Yuki sentía la mano de su padre sobre su hombro y comprendió que él estaba dispuesto a perderlo todo por ella. Que lo que más temía había ocurrido: su secreto estaba al descubierto. Y sin embargo… no se sentía avergonzada. Se sentía protegida. Amada. Valiente.
Entonces la Reina Clarion avanzó desde un lado del salón. Caminó hasta colocarse junto a ellos, del otro lado de Yuki. Miró al Consejo y habló con voz firme y serena:
—Lo que él dice es verdad. Nos amamos a pesar de todo. Y no nos arrepentimos. Nuestro único crimen fue amar a quien las leyes nos prohibían. Y nuestra única alegría… fue esta hija.
Ahora los tres estaban juntos. De pie, frente a todos. Padre, madre e hija. Unidos por la verdad que tanto tiempo habían ocultado.
—Miradla —dijo Milori señalando a Yuki con voz llena de orgullo—. ¿Veis algo malo en ella? ¿Veis algo que rompa el mundo? Ella lleva ambos mundos en el alma. Y no los destruye. Los une. No es un peligro. Es un milagro. Y si castigáis lo que ella es… estaréis castigando la vida misma.
Yuki miró a sus padres. A ambos lados. Y comprendió que ya no había vuelta atrás. Que habían dicho la verdad. Que habían dado la cara por ella. Y que lo que viniera después… lo enfrentarían juntos.
—Soy Yuki —dijo ella alzando la voz para que todos la escucharan—. Soy hija de ambos. Y no me avergüenzo de ello. Si mi existencia rompe vuestras leyes… entonces quizás sean vuestras leyes las que están equivocadas.
Y dijeron la verdad, aunque nadie estuviera preparado para escucharla.