Las ancianas deliberaron y pronunciaron palabras duras y frías.
Las voces estallaron al unísono, llenando el recinto de confusión y reproches. Algunos miembros del Consejo se pusieron de pie, señalando con indignación. Otros guardaron silencio, mirando a los tres con asombro y duda. Al fin, la voz más anciana se impuso, grave y lenta:
—Habéis roto la ley más antigua. La frontera existe para separar los mundos, no para unirlos. Lo que habéis hecho es prohibido. Y lo que habéis creado… no debería existir.
Milori dio un paso adelante, sin apartar la vista de ella.
—¿Debería no existir? —preguntó con voz firme—. ¿Esta hija que es bondad y valentía? ¿Que lleva en sí lo mejor de ambos pueblos? Decidme: ¿qué mal ha hecho? ¿A quién ha dañado? Vive respetando su tiempo en cada lugar. No rompe nada. Solo existe. ¿Es eso un crimen tan grande?
La anciana guardó silencio un instante, conmovida a pesar de sí misma. Luego pronunció la sentencia:
—Por haber cruzado la frontera y confesado lo que hicisteis… se prohíbe a Milori regresar al bosque de invierno. Se le confina a este lado, lejos de su pueblo. Y a ti, Yuki… vivirás bajo vigilancia. Si tus alas se vuelven demasiado extrañas, si tu naturaleza altera el orden… serás apartada de todos. Separada de ambos.
Yuki sintió que el corazón se le partía. Habíanlo condenado. Habíanlo alejado de su hogar. Pero Milori la miró y le susurró suavemente:
—No importa dónde esté. Estoy contigo. Y eso… es todo lo que necesito.
Y aceptaron el castigo, porque estar juntos valía cualquier pena.