Milori se alejó de su bosque para estar cerca de ella.
Los días siguientes fueron duros. Milori se instaló en una pequeña casa al borde del prado, cerca de la frontera, donde el aire aún era fresco y podía ver a lo lejos los pinos de su bosque. Cada tarde, Yuki iba a su lado. Se sentaban juntos mirando hacia la línea que él ya no podía cruzar.
—¿No te duele estar lejos de tu hogar? —le preguntó ella una tarde, viéndolo mirar hacia el norte con ojos llenos de melancolía.
Milori sonrió y le acarició el cabello.
—Mi hogar no está entre árboles cubiertos de nieve. Mi hogar está donde estés tú. Donde esté tu madre. Teneros a los dos… es más que suficiente para mí.
Pero Yuki veía cómo sus fuerzas menguaban poco a poco. El calor, aunque soportable para Yuki, pesaba sobre él. Su piel, acostumbrada al frío, se sentía agotada. Sus alas, que brillaban con luz invernal, perdían brillo con cada día que pasaba lejos de su ambiente. Yuki comprendió entonces lo que nadie había dicho al pronunciar la sentencia: alejarlo de su mundo era también condenarlo a debilitarse poco a poco.
—Te estás apagando —susurró ella con lágrimas en los ojos—. Estás perdiendo fuerzas aquí. Y es mi culpa.
Milori la abrazó con suavidad.
—No digas eso. Vivir lejos del frío duele, es cierto. Pero vivir sin conocerte… habría dolido mucho más.
Y comprendió que su verdadero hogar estaba donde estuvieran ellas.