Al verlo debilitarse lejos de su mundo, hasta las más duras dudaron.
Pasaron las semanas y la salud de Milori empeoraba. Cada día costaba más moverse. Sus alas, antes firmes y blancas, ahora parecían marchitas. Yuki no se apartaba de su lado. Lo cuidaba. Le daba agua fresca. Le hablaba del bosque que él amaba, como si las palabras pudieran traerle el alivio que su cuerpo necesitaba.
Una tarde, mientras descansaba con los ojos cerrados, llegaron tres hadas del Consejo. Se detuvieron en silencio junto a la puerta. Habían venido a ver con sus propios ojos lo que su sentencia había causado.
—Está muriendo —dijo una de ellas, con voz llena de asombro y remordimiento—. Lejos de su mundo… se está apagando.
Yuki las miró con ojos llenos de lágrimas y firmeza.
—¿Es eso lo que queríais? —les preguntó sin alzar la voz—. ¿Castigar su amor quitándole la vida? Miradlo. No hizo nada malo. Solo amó a quien no debía amar. Y ahora… paga con su existencia por ello. ¿Dónde está la justicia en esto?
Las tres hadas guardaron silencio. Miraron a Milori, que descansaba pálido y débil. Miraron a Yuki, que lo sostenía con devoción. Y por primera vez… dudaron. Quizás las leyes antiguas no eran perfectas. Quizás algo que causaba tanto dolor no podía ser enteramente justo.
—Volveremos a reunirnos —dijo la mayor de ellas al fin, con voz suave y seria—. Y reconsideraremos la sentencia. No prometemos nada. Pero veremos si hay otro camino.
Y la crueldad de la sentencia empezó a quedar al descubierto.