Si yo hubiera contado la Historia

Capítulo 51 — La flor que no se marchitó

Esa noche, Yuki corrió hacia la frontera buscando consuelo.

Esa noche, Yuki salió sola hacia la frontera. Caminó hasta el lugar donde habían plantado la flor dorada, en el límite entre ambos mundos. Y allí estaba: de pie, firme, brillando con luz propia entre la escarcha y el rocío. No se había marchitado. No se había roto. Seguía viva, hermosa, desafiando todo lo que decían que era imposible.

Yuki se arrodilló junto a ella y lloró en silencio.

—Tú puedes hacerlo —le susurró—. Tú vives donde dicen que no puedes. Tú floreces donde todo debería morir. ¿Por qué él no puede? ¿Por qué lo que amamos debe destruirnos?

Acabó de tocar sus pétalos y sintió algo extraño. La flor brilló con más fuerza bajo sus dedos. Una luz cálida y fresca a la vez se extendió desde ella hasta la mano de Yuki, y luego hasta su pecho, donde latía su corazón. Y comprendió entonces lo que la flor representaba: la prueba de que los mundos no eran enemigos. Que podían unirse. Que podían florecer. Que la vida siempre encuentra un camino, incluso donde todo parece imposible.

Regresó junto a su padre con el corazón más tranquilo. Aquella flor era su señal. Si ella podía vivir entre dos mundos… ellos también podrían encontrar una forma. Y mientras la flor siguiera floreciendo… su esperanza no moriría.

Se sentó junto a él, tomó su mano entre las suyas, y prometió en voz baja:

—No te perderé. No permitiré que te alejen de lo que amas. Lucharemos. Y ganaremos. Porque hay algo más grande que cualquier ley: la verdad. Y la verdad… siempre florece.

Y encontró esperanza en aquella flor que desafiaba al invierno.




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